martes, 25 de agosto de 2026

La leyenda de la luna llena

Imagen: Binette Schroeder
Texto: Michael Ende
 
 
 
Hace ya muchos años, cuando la gente aún sabía que los ángeles y los demonios existen, vivía en un bosque lejano, rodeado de montañas, un piadoso ermitaño. En su juventud había estado perdidamente enamorado de una dama a la que todos consideraban un dechado de virtudes y de belleza. Ambos se había jurado fidelidad y amor eternos, pero un día antes de la boda su prometida rompió su juramento y huyó con otro hombre.   
 
Es posible que la huida de la dama tuviera algo que ver con el hecho de que el padre del joven, un rico mercader, había perdido todos sus barcos en una tempestad y se había convertido en un mendigo de la noche a la mañana. Sea como fuere, ambos infortunios convencieron al muchacho de que las cosas terrenales no son más que apariencia y vanidad, de manera que decidió retirarse del mundo y dedicarse por entero al estudio de libros edificantes. Así pasó muchos años, consagrado a la lectura de los escritos de san Agustín y de san Jerónimo, de san Dionisio y de aquel san Alberto al que se conoce como Magno. Ya había estudiado casi todas las obras de santo Tomás de Aquino (y quien las conozca no podrá por menos que admirar el afán del joven), cuando llegó a la descripción de la muerte del santo y leyó sus últimas palabras, en las que él mismo manifestaba que todos sus libros no contenían más que paja y nada de grano.
 
El joven sintió un escalofrío. Le pareció que la tierra se abría bajo sus pies y que una ráfaga de viento surgida del abismo le helaba la sangre en las venas. Aquella misma noche abandonó para siempre su casa y sus libros.
 
Durante mucho tiempo vagó por el mundo, hasta que llego a cierto valle apartado, donde hallé una cueva excavada en la roca y oculta en medio de un bosque. Se echó a dormir en el suelo y soñó con un torbellino de fuego del que surgía una voz que le decía: «Quédate ahí, yo iré a tu encuentro».
 
Así pues, se quedó y esperó.
 
Ni él mismo sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, porque ahora su espíritu se había consagrado a la eternidad. Su cuerpo mortal, ya viejo y consumido, apenas si advertía los días y las noches, que se sucedían como un juego inacabable de luz y oscuridad. Sus cabellos y su barba se habían  vuelto completamente blancos, y habían crecido tanto que le cubrían el cuerpo como un manto. De vez en cuando se adentraba en el bosque para recoger bayas, frutos, tallos y raíces, de los que se alimentaba; pero pasaba la mayor parte del tiempo sentado a la entrada de la cueva con los ojos cerrados, absorto e inmóvil. Iban los osos y se echaban a su lado, las serpientes venenosas se le enroscaban en el regazo, los pájaros anidaban entre sus cabellos y las arañas tejían sus redes entre sus piernas, pero él ni tan sólo se daba cuenta. Su espíritu vagaba por otros mundos, unos mundos tan elevados y sublimes que no pueden compararse con los que nosotros conocemos, ni siquiera con los de nuestros sueños. La lluvia lo empapaba, el sol lo abrasaba y el viento lo azotaba, pero nada había que fuera capaz de apartarlo de su diálogo con la eternidad. La paz de su alma era tan profunda que en las proximidades de la cueva incluso las fieras del bosque dejaban de atacarse; al contrario, jugueteaban unas con otras como antaño en el Paraíso.
 
Pero el ermitaño no había olvidado la promesa que recibiera en sueños aquella primera noche y guardaba su cumplimiento.
 
Un día, el destino quiso que llegara a aquel lejano valle otro ser humano cuya vida no era menos solitaria que la del piadoso anciano, si bien por razones completamente distintas. Era un hombre que había sido expulsado de la sociedad, un hombretón fiero, de hirsuto pelo rojo, fuerte como un toro y tozudo como un mulo. No temía nada, pero tampoco había nada que fuera capaz de inspirarle respeto.
 
De muy joven, y en un arranque de ira, había matado a otro joven que había deshonrado a su amada. Su víctima pertenecía a una familia noble. Como él y su amada eran de origen humilde, los jueces no consideraron que tuviera derecho a defender su orgullo ni honor y lo condenaron a morir mediante el suplicio de la rueda. Sin embargo, él logró huir la víspera de la ejecución. Encontró refugio en el bosque, donde se unió a una partida de salteadores de caminos que eran todos proscritos como él. 
 
Con ellos robaba cálices de oro e incensarios de plata de las iglesias, desvalijaba a los comerciantes que iban de viaje, incendiaba monasterios y tomaba a cualquier mujer que le apeteciera, sin que le importara que fuera dama de alcurnia o campesina, monja o gitana. En poco tiempo se convirtió en un blasfemo y un borracho, y aprendió a olvidarse de Dios.
 
Cada vez que conseguían un botín, él y sus compañeros se lo jugaban a los dados. Nuestro héroe perdía siempre porque, como no era tramposo, no advertía las trampas que hacían los demás. Hasta que un día se dio cuenta, y entonces propinó tal bofetón al compinche que se reía de él en sus barbas que éste oyó cantar a los ángeles para el resto de sus días.
 
Ahora bien, para su desgracia, el que había tratado de engañarlo era nada menos que el cabecilla de la banda, quien, por otra parte, no estaba para músicas celestiales. Así que ordenó que su agresor fuera colgado de un árbol sin dilación, por aquello de que es necesario mantener la disciplina incluso en una banda de facinerosos. Todos se le arrojaron encima, pero él logró escapar una vez más, no sin antes haberle roto un brazo a un compañero y dislocado el pescuezo a otro.
 
A partir de ese momento empezó a actuar en solitario y a evitar la compañía de otros hombres, ya que ahora lo perseguían todos, tanto los que estaban del lado de la ley y el orden, como los que estaban en contra. Robaba por su cuenta, pero como no pretendía amasar una fortuna, que de bien poco le hubiera servido en el bosque, sólo tomaba lo necesario para vivir. Así, obligó a un artesano ambulante a entregarle las botas; a un carretero le quitó los pantalones, y a un cura, el sombrero. De vez en cuando irrumpía en una taberna para agenciarse una botella de aguardiente o una jarra de cerveza. Después de esto se guarecía entre la raíces de un árbol arrancado por el viento y pasaba el día entero tan satisfecho, cantando y riendo a sus anchas. Porque, aunque casi se había olvidado de cómo hablar; en cambio había aprendido a identificar los sonidos de los pájaros y de otros animales y sabía imitarlos a la perfección. Sus únicas armas eran un cuchillo, un arco de madera de fresno y un par de flechas que había tallado él mismo y que le bastaban para cazar lo que necesitaba para comer. Bebía el agua de los riachuelos a cuatro patas, como los animales, y comía la carne cruda. Muy pocas veces se tomaba la molestia de encender un fuego frotando dos trozos de madera seca, pues los restos de una hoguera hubieran delatado su presencia, y no sabía si todavía lo buscaban o no. Una profunda inquietud lo impulsaba a cambiar constantemente de escondrijo.
 
Nadie le había dicho jamás que también él poseía un alma inmortal, de la que algún día el Creador le pediría cuentas, y a él mismo nunca se le había ocurrido semejante idea. Sin embargo, el destino ya había decidido que esto u podía seguir así, de manera que se hizo inevitable que el bandido fuera a parar al lejano valle donde habitaba el ermitaño.
 
Fue un día al atardecer, la hora en que los animales del bosque salen de la espesura para pacer. El salteador de caminos había descubierto un joven ciervo y empezó a perseguirlo. Era un corredor rápido e infatigable, por lo que cada vez se iba acercando más a su presa. De pronto, el animal se detuvo y lo miró de frente. El puso una flecha en el arco y avanzó lentamente para asegurar la diana. Con cierto asombro, advirtió que el ciervo no temblaba, ni siquiera resoplaba. No parecía asustado ni cansado, sólo lo miraba atentamente con sus grandes ojos, y no tuvo valor para disparar la flecha.
 
Se incorporó, se rascó la hirsuta cabellera pelirroja y rezongo una maldición. Empuñando el cuchillo, se acerco más al ciervo. Pero éste no hizo ningún intento de huir, ni siquiera cuando él levantó la mano. El animal permaneció inmóvil y se dejó tocar el cuello. De pronto el bandido se dio cuenta de que hacía tiempo que no acariciaba el cuello a nadie, y mucho menos a un animal. Confuso, miró a su alrededor. Entonces descubrió la entrada de la cueva y, sentado en el umbral, al ermitaño, todo piel y huesos, cubierto de pelo blanco. Tenía los ojos cerrados, y en los labios, una sonrisa que no era de este mundo.
 
El bandido se acercó al anciano y lo observó durante un buen rato, incapaz de adivinar qué o quién demonios era aquel ser que tenía delante. Se inclinó sobre la extraña figura y exclamó con voz ronca: 
- ¡Eh, amigo! ¿Eres un hombre o qué?
 
El ermitaño siguió sonriendo sin hacerle caso. 
El bandido le pegó un puntapié y, levantando la voz, lo conmino de nuevo:
- ¡Vamos, esqueleto ambulante, habla de una vez!
 
El anciano seguía inmóvil, pero su respiración era tranquila y profunda, lo que demostraba que no estaba muerto. El bandido alzó el puño para despertarlo de un buen golpe, pero al cabo de un rato volvió a bajarlo. De pronto ya no sentía deseos de andar pegando puñetazos, y no entendía nada.
 
Aún no se había recobrado de su sorpresa cuando sintió que la espina que tenía clavada en su interior y que lo había impulsado a ir de un lado a otro sin descanso, se disolvía súbitamente; tan súbitamente que lo invadió un sueño irresistible. Al cabo de unas horas, cuando el ermitaño volvió desde el reino de lo sublime a su pobre y frágil cuerpo terrenal y abrió los ojos, descubrió, a la luz de la luna, que a sus pies yacía un hombre pelirrojo de aspecto fiero que dormía como un niño.
 
El anciano miró con afecto paternal a aquel extraño que Dios le enviaba y decidió convertirlo en su discípulo para instruirlo en los asuntos de la eternidad.
 
Aunque parezca raro, al bandido le gustó el ermitaño y lo escuchaba con placer. A veces pasaban algunos días, a veces algunas semanas, pero nunca transcurría mucho tiempo sin que fuera a visitarlo. Entonces, el ermitaño le hablaba de los nuevos coros de los ejércitos celestiales, del triplemente enrevesado misterio de Dios, del origen del mundo, de su evolución y de su final glorioso y terrible o del Verbo que se hizo hombre, que murió y resucitó y que rompió para siempre las puertas del infierno. También le hablaba del demonio, de sus huestes y del fuego del abismo, donde las almas de los pecadores que no se arrepentían habían de sufrir torturas eternas. Y al final el maestro nunca olvidaba exhortar a su discípulo a arrepentirse de la vida pecadora que llevaba y a rogar a Dios que se apiadara de él.
 
El bandido lo escuchaba atentamente y de ven en cuando asentía con la cabeza como si comprendiera. En realidad, no entendía nada, pero admiraba profundamente a su maestro, que era capaz de pensar y recordar todas aquellas cosas. No ponía en duda que todo aquello era cierto, mas para él era demasiado sublime y elevado. Estaba admirado de que un hombre tan sabio e inteligente se tomara tantas molestias con él, y le estaba agradecido porque era la primera vez en su vida que le sucedía algo semejante. Por este motivo, respetaba la paz que reinaba en los alrededores de la cueva como la respetaban los animales. También él se sentía extrañamente seguro en aquel valle. Nunca antes había conocido lo que es un hogar; ahora creía haberlo encontrado. A su manera, trataba de demostrar la gratitud que sentía por su maestro trayéndole presentes. Así, en una ocasión le llevó un par de botellas de vino de misa que había robado; otra vez fue el libro de oraciones de un fraile y, más adelante, un pastel de bodas. Pero, invariablemente, el ermitaño rechazaba sus regalos y lo aleccionaba pacientemente
 
- No es eso, hijo mío. No debes tratar de cambiar mi vida. Eres tú quien debe cambiar de vida si no quieres ser presa de Satanás. Si de verdad quieres hacerme feliz, conviértete a la doctrina de la salvación y arrepiéntete de tus pecados. Entrégate a la oración, modifica tu carne y ejercítate en la vida del espíritu. Entonces, tal vez algún día pueda llevarte conmigo a los mundos sublimes de los que te he hablado. Pero antes tienes que hacer penitencia.
 
El bandido callaba entristecido, porque le resultaba imposible cumplir el deseo del ermitaño. Aunque ponía el mayor empeño en ello, no podía arrepentirse, y de ninguna manera quería mentir a su amigo, por el que sentía un profundo respeto. Lo hecho, hecho estaba, y si por ello merecía un castigo de Dios, no sería él quien protestara. La bondad y la paciencia del eremita eran tan grandes como la tenacidad y la oposición de su discípulo. En sus oraciones, el anciano rogaba a Dios  fervientemente que obrara un milagro que quebrara la obstinación de aquel pobre pecador y que iluminara la noche de su espíritu. Mas o bien ésta era una tarea demasiado difícil incluso para Dios, o bien Dios había borrado desde hacía tiempo el nombre de aquel hijo pródigo del libro de los que habían sido llamados a la vida eterna, y ambas posibilidades apenaban por igual el corazón del piadoso ermitaño. Pero entonces sucedió algo que lo llenó de consuelo y que hizo cambiar la situación, aunque ese algo nada tenía que ver con el discípulo díscolo, sino con el sueño que había tenido años atrás y con la promesa que le había sido hecha en aquel sueño.
 
En la siguiente visita del bandido, el ermitaño le advirtió:
 
- Hijo mío, a partir de ahora nunca deberás visitarme en una noche de luna llena. Prométeme que me obedecerás.
- Está bien -respondió éste-, pero ¿por qué?
- Me ha sido concedida una gracia -contestó el ermitaño-, pero tu entendimiento está demasiado obstinado como para que pueda confiarte mi secreto; por lo tanto, no me preguntes más.
- De acuerdo -dijo el bandido, asintiendo con la cabeza.
 
Se pusieron a hablar de otras cosas; como de costumbre, el eremita hablaba y el salteador escuchaba. Al despedirse, el maestro volvió a recordar a su discípulo la promesa de que no volvería a visitarlo en una noche de luna llena, y añadió:
 
- Espero que cumplas tu palabra. De lo contrario, causarías un gran mal, y a fe mía que ya has causado bastante desgracia, hijo mío.
- No te preocupes -repuso el bandido, y se marchó.
 
Durante mucho tiempo, la vida de ambos siguió como antes. Sin embargo, si bien el bandido era ciertamente inútil como discípulo de la sagrada doctrina, poseía una capacidad imprescindible para el género de vida que llevaba: nada, ni siquiera el detalle más insignificante, escapaba a sus dotes de observador. Así, se dio cuenta de que el ermitaño empezaba a cambiar poco a poco. Al principio no fue un cambio visible: su aspecto y su comportamiento eran los de siempre; pero, no obstante, advirtió que el espíritu de su venerado maestro se alejaba cada vez más de él. Sus exhortaciones para que se arrepintiera de su vida pasada eran cada vez menos frecuentes y menos insistentes. A menudo permanecía en silencio y en sus ojos había un brillo distinto, como una pequeña llama inquieta.
 
A cada visita aumentaba la confusión del bandido, ya que no sabía cómo interpretar la actitud de su maestro. Por eso se devanaba los sesos pensando en que podía haberlo molestado, o si era que por su tozudez había agotado del todo la paciencia del anciano. Pero al cabo de un momento se decía que forzosamente debía de tratarse de algo más importante que su persona, algo que tenía que estar relacionado con aquella prohibición que él no podía comprender. Estos pensamientos lo llenaban de inquietud, pero no se atrevía a hacer preguntas. Esperaba que el ermitaño hablara cuando lo creyera oportuno, y a éste, ciertamente, no le pasaba inadvertido el interrogante que se dibujaba en el rostro de su discípulo. Con todo, transcurrieron siete meses antes de que el maestro se decidiera a revelarle su secreto.
 
- Hijo mío -le dijo-, no creas que te hice prometer que no vendrías en las noches de luna llena para castigarte. La razón es que me sucedió algo maravilloso, algo que me sucede todavía. Has de saber, hijo, que en el reino de los espíritus celestiales el arcángel Gabriel es el señor de la luna. Pues bien, en las noches de plenilunio, el arcángel Gabriel en persona desciende del cielo y me visita.
- Que me lleve... -balbuceé el bandido, abriendo unos ojos como platos, y se interrumpió justo a tiempo-. ¿Cómo es? -preguntó.
- Más bello y noble de lo que puedo describir con palabras. Viaja en un carro tirado por grifos; en la mano lleva un lirio, símbolo del amor sin mácula y de la pureza, y viene por el aire desde aquel extremo del bosque, porque pasa su carro la luz de la luna es como un camino sobre tierra firme. 
- ¿Y qué hace aquí? -inquirió el salteador.
- La primera vez pasó de largo sin yerme porque yo no osaba levantar la cabeza. Pero a la siguiente noche de plenilunio, después de mi prohibición, me vio, se detuvo y me dijo que me había estado buscando. ¡Imagínate, me buscaba a mí, el más humilde servidor de Dios! Tuve el privilegio de escuchar la voz que por primera vez dijo: «Ave María» a la madre de Nuestro Señor.
 
El bandido permaneció un momento en silencio, pensativo, y le respondió:
- Si hay alguien que merezca algo así, ése eres tú. ¿Qué más te dijo?
 
El anciano tragó saliva un par de veces, bajó los ojos y le contestó con voz apenas audible:
- Me anunció que muy pronto será el Señor en persona quien vendrá a visitarme.
 
Al decir estas palabras, el anciano enrojeció de forma visible y enseguida se puso intensamente pálido. El bandido lo miró con admiración y masculló:
- Pues vaya con la noticia, ¡que Dios me confunda! 
 
El ermitaño le lanzó una mirada apesadumbrada y exclamó:
- ¡Ah, hijo mío! Si por lo menos pudieras dejar de maldecir. Pero ya ves tú mismo por qué tuve que prohibirte que vinieras en las noches de luna llena. ¡Imagina qué podría suceder!
 
El bandido asintió una vez más.
- Claro, claro, no puede ser.
 
En las siguientes visitas, el ermitaño no se refirió al maravilloso acontecimiento y el bandido respetó el silencio de su maestro durante un tiempo. Pero al final no pudo contenerse más y con voz vacilante preguntó:
- Aquella visita..., ya sabes..., ¿ha venido alguna otra vez?
- Viene a menudo- respondió el ermitaño evasivamente. 
- Escucha -le dijo el bandido bajando la voz sin darse cuenta, como si tuviera miedo de que alguien pudiese oír sus palabras-, ¿qué te parece si me escondiera? ¿No podría verlo yo también? Te aseguro que soy capaz de pasar completamente inadvertido.
 
El rostro del ermitaño adoptó una expresión severa.
- ¿Acaso crees que estoy dispuesto a engañar al arcángel? ¡Si él quisiera manifestarse a ti, ya te hubiera encontrado! Pero te diré que tengo mis dudas de que pudieras llegar a verlo, ofuscado como estás. Sí, estoy seguro de que tus ojos serían ciegos ante esta visión celestial. Olvida tu deseo, hijo mío. No vuelvas a hablarme de ello.
 
Estas palabras impresionaron profundamente al bandido; su maestro no se había mostrado nunca tan severo con él. Sin embargo, no fue la dureza de su tono lo que logró convencerlo de que tenía razón, sino la verdad que descubrió en aquel momento: sólo los santos pueden ver las cosas santas. Estaba claro como la luz del día.
 
El bandido hubiera podido darse por satisfecho con este descubrimiento, de no haber sido porque había una cosa que lo tenía preocupado. Desde hacía un tiempo, los animales ya no se acercaban a la cueva de ermitaño. Si alguno se extraviaba por aquellos parajes, huía tan pronto como él se acercaba. Incluso, un día sucedió que un azor se apoderó de una cría conejo junto a la entrada de la cueva, justo al lado del anciano, que estaba sumido en una profunda meditación. 
 
El bandido comunicó su preocupación a su maestro, pero advirtió que éste no se había dado cuenta de rada. Entonces empezó a preocuparse por él. Intuía oscuramente que algo malo se fraguaba alrededor de aquel buen hombre, y él no estaba dispuesto a permitirlo. Por primera vez en su vida había encontrado un amigo, y estaba decidido a defenderlo de quien fuera, incluso de un arcángel si hiciera falta.
 
Cuando llegó la siguiente noche de luna llena, ya había tomado su decisión. Tan pronto como oscureció, cogió el arco y las flechas y, haciendo caso omiso de su promesa, se dirigió sigilosamente a la cueva. Esta vez se acercó desde otra dirección, se ocultó entre unos matorrales y se dispuso a esperar.
 
En aquel momento la luna llena empezó a elevarse majestuosamente por encima de las ramas de los árboles e inundó el mundo con su luz plateada. Una brisa suave agitaba levemente las hojas y traía consigo un extraño y embriagador aroma. Los grillos cantaban por doquier. En alguna parte del bosque ululó una lechuza, y otra respondió. De pronto se hizo la calma, incluso la brisa dejó de soplar y, en el profundo silencio que lo invadía todo, apareció a lo lejos, más allá de las copas de los árboles, un fuerte resplandor. Era como una nube de luz plateada, al principio muy pequeña, que fue creciendo rápidamente. Pero no parecía que se acercara a través del espacio, sino como si se reflejara desde otro mundo.
 
La aparición fue creciendo y creciendo, y al fin se detuvo delante de la cueva, a unos cuantos palmos del suelo. La luz de la nube fluctuaba sin cesar y formaba figuras. Primero surgieron los dos grifos, unos grandes seres alados con cabeza de águila y cuerpo de león. Su ojos y sus garras lanzaban destellos de rubí, y sus alas eran de un color azul profundo. Después se vio el carro del que tiraban. Parecía hecho de zafiro. En el carro iba un personaje rodeado de un halo de luz suave y poderosa a la vez. Llevaba una túnica blanca como la nieve recién caída, y sus alas extendidas brillaban con todos los colores, desde el violeta de la amatista hasta el frío azul del aguamarina. El lirio que llevaba en la mano irradiaba tal resplandor que oscurecía la luz de la luna.
 
El ermitaño se había inclinado profundamente y permanecía con la frente en el suelo. El bandido, que se había quedado boquiabierto contemplando aquella aparición, hizo un esfuerzo por salir de su asombro. Ahora estaba seguro de que allí había algo raro. Oía que el personaje hablaba con el ermitaño y que éste respondía, pero no podía entender sus palabras. Muy despacio puso una flecha en el arco, apuntó cuidadosamente y disparó.
 
La flecha silbó en el aire y se clavó en el cuello de la figura luminosa.
 
El personaje se tambaleó y se llevó ambas manos a la garganta. Los grifos se encabritaron, batieron sus poderosas alas y, profiriendo pavorosos rugidos, se levaron rápidamente, arrastrando el carro tras de sí.  Al cabo de unos instantes se oyó el crujir de unas ramas y el estrépito de una caída, y de algún lugar del bosque surgió un destello de luz roja que se apagó inmediatamente.
 
El ermitaño, que se había incorporado al oír el silbido de la flecha, había contemplado la escena horrorizado. Cuando se dio la vuelta y advirtió la presencia del bandido lo increpó duramente:
- ¡Hijo de Satanás! -exclamó el hombre fuera de sí, mientras las lágrimas rodaban por sus hundidas mejillas-. ¿Qué has hecho, desgraciado perjuro? ¿Acaso no has cometido ya suficientes pecados? ¿Te faltaba esta fechoría para asegurarte la condenación eterna?
- Calma, calma, amigo mío -lo atajó el bandido-, éste no era el arcángel Gabriel.
- ¡Cuánto orgullo, cuánta presunción! -gritó nuevamente el ermitaño-. ¡Tú, un hijo de las tinieblas y de la ceguera, qué sabes tú de las cosas santas! ¿Es así corno agradeces todos los esfuerzos que he hecho para salvar tu alma? La ingratitud y la soberbia arrojaron a Lucifer al infierno, y tú eres como él. ¡Vete! ¡Apártate de mí, Satanás, y no vuelvas nunca más!
- Escucha -repuso el bandido-, antes de enviarme al infierno directamente y para siempre, ven conmigo a ver qué ha pasado.
 
El anciano gimió y se cubrió el rostro con las manos, pero no opuso resistencia cuando el bandido lo cogió en brazos como a un niño y se adentró en el bosque. 
 
A la luz de la luna le era muy fácil seguir el rastro de sangre. No tuvo que buscar mucho: debajo de un arbusto de espino encontró un tejón muerto con una flecha clavada en el cuello. Allí no había nada más; ni rastro del carro de zafiro, ni rastro de los grifos, ni rastro del lirio.
- ¿Lo ves? -dijo el bandido con una sonrisa bonachona-. Tu mismo me habías advertido que hay espíritus malignos que se introducen el cuerpo de un animal y causan toda clase de daños. Ese era uno de ellos. Vete a saber adónde habrá ido.
 
El ermitaño miraba absorto el cadáver del tejón. Por fin susurro:
- ¿Cómo gas podido adivinar la verdad, hijo mío, si ni yo mismo he sido capaz de descubrir el engaño?
- Muy sencillo -explicó el bandido-, tú me habías dicho que sólo los santos pueden ver las cosas santas. Así pues, no tiene nada de extraño que tú, un hombre sabio que lleva una vida de santidad, pueda ver al arcángel Gabriel. Pero yo, que soy un pecador y un ignorante, lo he visto igual que tú. Entonces me he dicho que aquí había gato encerrado. Por eso he disparado.
 
El ermitaño se quedo silencioso durante un buen rato. Estaba en la oscuridad, de manera que el bandido no podía verle el rostro, pero al cabo de un rato lo oyó sollozar quedamente.
 
- ¿Qué te pasa? -preguntó el bandido, solícito.
- Estoy avergonzado -contestó él ermitaño, con voz entrecortada.
- ¿Por qué? -preguntó el bandido, sorprendido. 
- Porque, en mi presunción, pensaba que tenía que salvar tu alma -respondió el ermitaño-, pero has sido tú quien ha salvado la mía. Se ha cumplido la  promesa que recibí en sueños, pero de una manera muy distinta de como yo esperaba. Se ha cumplido a través de ti, ¿no te das cuenta?
- No-dijo el bandido con toda franqueza-, no entiendo ni una palabra.
- No importa-dijo el ermitaño secándose las lágrimas y sonriendo-. En cualquier caso, me he dado cuenta de que tengo que volver a empezar por el principio y quisiera que tú me ayudaras. Vamos. 



lunes, 24 de agosto de 2026

Los mejores cuentos

2000 Los mejores cuentos de Michael Ende
ISBN: 978-84-441-1120-9

2000 Everest

 

"Cuando el saber humano se olvida de que tiene un mundo interior se olvida también de sus propios valores. Valores que debemos añadir al mundo que nos rodea; debemos crear, inventar. Si de vez en cuando no emprendemos un viaje por nuestra vida interior con el fin de encontrarlos allí, estos valores acabarán por perderse." 

Michael Ende 

 

Sobre todos esos asuntos que, desde pequeños, hay que afrontar: los deseos posibles o imposibles, el afán de tener cosas, la necesidad de preguntar, la urgencia por obtener respuestas, los miedos nocturnos, la tendencia a defendernos… Cada uno de los cuentos de este libro es una historia y algo más. El conjunto es imaginativo y divertido; excelente, por la calidad de los escritos, y por lo que ofrece a niños y adultos. Les divierte y nos divierte, a la vez que conduce con ingenio y lucidez por historias sobre la convivencia, el aprendizaje, la curiosidad, o el sentido de la existencia.

En homenaje a uno de los más grandes autores de la literatura infantil y juvenil, este libro es un placer muy especial para leer uno mismo y para leer en voz alta. Todos los cuentos e historias de Michael Ende, algunos publicados por primera vez, están aquí reunidos en un solo volumen.

 


En lugar de prólogo: para ser más exactos

La escuela de magia

Tranquila Tragaleguas, la tortuga tenaz

El muñequito de trapo

El secreto de Lena

La historia del deseo de todos los deseos

Norberto Nucagorda o El rinoceronte desnudo

No importa

Tontolico y Tontiloco

Una historia de trabalenguas

Liri Loré Willi Porqué

Moni pinta una obra de arte

La historia de la sopera y el cazo

El osito de peluche y los animales

El largo camino hacia Santa Cruz

El dragón y la mariposa o El extraño cambio

Filemón el Arrugado

Una mala noche

Tragasueños

El teatro de sombras de Ofelia

 

 

OTRAS HISTORIAS 

Jojo. Historia de un saltimbanqui

El Goggolori

El ponche de los deseos 

La leyenda de la luna llena

Rodrigo Bandido y Chiquillo, su escudero

 

 

miércoles, 15 de julio de 2026

11. El reloj de los deseos

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Daniel Ormsbee



… cuyo abuelo había comprado a un dudoso relojero un reloj de pared que mediante un misterioso mecanismo era capaz de marcar la hora especial de la vida de su propietario en la que todo deseo suyo, ya fuese modesto o blasfemo, se cumplía. La hora del deseo –eso me explicaron– existe en la vida de cada persona, pero pasa inadvertida a casi todo el mundo, quedando por tanto desaprovechado. Ahora bien, el abuelo se había pasado la vida observando aquel reloj de extrañas agujas para no dejar pasar la hora irrepetible. Todos sus deseos los había tenido presentes, día y noche, por orden de urgencia. Naturalmente, el reloj no marcó nunca una hora especial, cosa que tampoco puede esperar ninguna persona sensata, la vida del abuelo se había ido consumiendo en constante espera, y puede afirmarse con cierta razón que el pobre hombre había caído en manos de un estafador, pero ahora viene lo más extraño: aunque el abuelo, como ya se ha dicho, no había hecho prácticamente otra cosa que esperar pacientemente, se le habían ido cumpliendo un deseo tras otro, y además –y esto es el colmo de lo asombroso- por el mismo orden que él había asignado desde un principio a sus deseos.


10. La búsqueda

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Andrew Ferez



El Laberinto es el cuerpo del Minotauro, cuando Teseo va de aposento en aposento en busca del monstruo, se convierte poco a poco en el Minotauro. Éste se lo ha incorporado. Por eso es imposible que Teseo le mate al final, a no ser que se mate a sí mismo. 


Cada uno se transforma en aquello que busca

9. Anrula

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Alexandra

 

Ese ser llamado Anrula vive en un país tan lejano que todos los intentos de describirlo (el país) tienen que fracasar pues la descripción de una región, incluida la mas exótica, solo esta bien conseguida cuando se toma como referencia algo comparable y conocido, yo, por ejemplo, quiero hablar de árboles: pues entonces, será cuestión de árboles que, como cabellos de mujer, ondean lentamente, de acá para allá, en torrentes de agua, pero no horizontalmente, sino vertical, hacia arriba, como llamas pero tampoco exactamente.

Hasta para una descripción tan vaga como la que acabo de intentar hacer recurro a todo género de imágenes conocidas: árboles, cabellos de mujer, agua, llamas.

¿Qué sucede, sin embargo, si me voy alejando más y más del mundo, por nosotros conocido, de los símiles? ¿Si por ejemplo tuviese que recurrir a esos seres arbóreos que acabo de nombrar, pero ponerlos en comparación con formas de un género aún más extraño, con Cogales, digamos, y si solamente mediante la comparación con tales Cogales pudiese explicar de qué naturaleza es el ser arriba nombrado, el ser llamado Anrula? Con lo que resulta obvio que el nombre de Anrula es ya una aproximación casi inadmisible al mundo de nosotros conocido, por componerse de sonidos que el hombre puede pronunciar. Imaginemos más bien que una piedra que cae en lo hondo de un pozo produjese un sonido semejante: por más que eso, por otra parte, tampoco sea muy exacto, pues la palabra “sonido” no es la adecuada, como tampoco lo es el concepto de “nombre”, tal y como lo entendemos ese ser no tiene nombre de ningún género, y por supuesto ningún nombre que pueda ser designado mediante sonidos. Ni tan siquiera es, en definitiva, un ser tal y como lo entendemos nosotros, no se asemeja ni a una piedra, ni una planta, ni a un animal ni a un hombre, tampoco es un espíritu. ¿Qué es, pues?


martes, 28 de abril de 2026

La isla de la Nada

Texto: Mariana Enríquez en Archipiélago
Imagen: La historia interminable


Un libro gris sobre la mesa blanca del comedor. La casa de mi infancia en Lanús no tenía living, solo dos habitaciones además de la cocina. Era amplia pero incómoda. Si recibíamos gente, siempre era alrededor de esa mesa redonda de fórmica.

La biblioteca, en mi casa natal, quedaba en un espacio de transición. Mi abuela vivía en la casa de atrás, cruzando un patio al que se abrían dos habitaciones. Un puente. No era de esas casas que se conocen como “chorizo” ni una típica propiedad horizontal, sino una de esas viviendas “estilo acumulado” del conurbano: un terreno grande donde la familia iba construyendo, como en capas, durante años, a medida que podía. En esas habitaciones estaban todos los libros.

El recuerdo de mi primer libro es sobre la mesa de fórmica, con un televisor Zenith colorado enfrente y mi tía Chela, que me lo dio de regalo. Era del Círculo de Lectores al que estaba suscripta: nunca supe bien de qué se trataba ese Círculo, porque ella no era una gran lectora, pero, de la misma manera que mis padres, aprovechaba las oportunidades económicas de acceso a la cultura, proyecciones de películas en sociedades de fomento colecciones de libros que se vendían en kioscos, fascículos de enciclopedias. Este libro, me dijo, no era de su estilo pero estaba segura de que a mí si iba a gustarme. El rumor en la familia era que yo tenía mucha imaginación y que me gustaban los cuentos de hadas y las mitologías: tenía varios libros ilustrados de mitos griegos, nórdicos y latinoamericanos, los cuentos de los hermanos Grimm, versiones adaptadas para la infancia de la Odisea y la Biblia para Niños, que me parecía divertidísima. Además, sabía leer desde los tres años y mi madre solía pedirme que exhibiese la habilidad en el kiosco del barrio, espectáculo que, según ella, me encantaba dar.

El libro que me regaló la tía Chela era La historia interminable de Michael Ende. Todavía conservo el mismo ejemplar y está impecable: es una edición impresa en Barcelona en 1983, tapa dura, ilustrada y a dos tintas. El libro es largo, cuatrocientas páginas, pero no tengo un solo recuerdo de sentirme intimidada ante su tamaño. La tapa me parecía hermosa: unicornios rojos corriendo hacia una torre blanca, el dibujo enmarcado en dos serpientes que se muerden la cola. Las primeras palabras estaban escritas en espejo, porque así las veía Bastián, el protagonista-lector, que las miraba desde adentro de una tienda: una librería de viejo donde consigue –se roba– La historia interminable. Es complejo explicar la obra maestra de Ende, pero leerla es muy fácil y es como un par de grilletes. No te deja soltarla, no te deja dormir. El libro usa tinta de dos colores porque tiene dos planos, el rosa oscuro es para el plano de Bastián, el lector, y el verde es para el plano de la ficción, la novela. La trama es inquietante: la Nada, una especie de niebla borradora, una amnesia que se lleva consigo ciudades, personajes, historia, lenguaje, amenaza Fantasía y a su soberana, la Emperatriz Infantil. Los dos planos están separados hasta que Bastian se da cuenta de que los personajes rompen la cuarta pared de verdad, le hablan, le piden ayuda. Entonces él ingresa en la ficción como protagonista. La historia interminable es una novela sobre la posibilidad de perderse en la lectura y sobre la memoria. Es la entrega absoluta a la narración, sin distancia y con candor. Ende escribe que le resultará imposible entender la pasión de Bastián a “quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a los personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido”.

Cada vez que lo releo o lo repaso, me doy cuenta de cuánto influyó en mi educación estética, y me sorprende que lo leído en la infancia deje semejante cicatriz. Los títulos de los capítulos me siguen gustando muchísimo hoy: “La voz del silencio”, “La ciudad de los espectros”, “La mano vidente”, “El monasterio de las estrellas”. La Nada se parecía a la soledad de las calles del conurbano de noche, a la mirada en los ojos de mi papá cuando se anunció el desembarco en Malvinas, a la depresión e inmovilidad de mi madre en la habitación de cortinas anaranjadas. La Nada era una devastación íntima, era lo irrecuperable. No pensé esto entonces, pero me queda muy claro años después.

La historia interminable es, en mi vida, la explosión de las posibilidades y una especie de texto sagrado.

martes, 21 de abril de 2026

El relato heroico en La historia interminable de Michael Ende

Texto: Maria del Mar Gallardo Samper e Isabel Romero Tabares en Crear el hábito de leer

Imagen: Alex F



Publicada en 1979, La historia interminable tuvo un éxito inmediato y se tradujo a numerosas lenguas, hoy en día constituye un clásico de la literatura juvenil, aunque el profundo simbolismo de la obra hace posible su lectura en todas las edades, ya que tiene varios niveles de comprensión. Su autor, Michael Ende, sigue el rastro de autores como Tolkien o Lewis en la construcción de un mundo imaginario en el que el joven protagonista puede desplegar totalmente su personalidad, algo que le está negado en el mundo real. Por otra parte, Ende se enmarca en la larga tradición del cuento romántico alemán, de Hoffmann o Novalis, aunque él decía que en su mundo de fantasía se encontraban Cervantes o Borges apuntando a los enigmas que acompañan al ser humano en su peregrinaje vital.

Michael Ende sostuvo siempre que no escribía pensando en los niños, sino siguiendo el juego libre de la imaginación, para aquellos que no han caído aún en el prosaísmo o la falta de creatividad, pues él juzgaba asfixiante el predominio de lo racional en la cultura occidental y consideraba más la poesía y el arte que la ciencia. Para él la fantasía y la imaginación son capacidades sanadoras y liberadoras del ser humano, como se pone de relieve en La historia interminable.

En esta novela se plantea el camino de ida y vuelta que emprende el protagonista, Bastián Baltasar Bux, al territorio imaginario de Fantasia, amenazado por la Nada. Si bien es importante y sugerente la fantasía creadora por la que el niño Bastián se introduce en el libro que está leyendo, no lo es menos el recorrido que ha de hacer de vuelta al mundo real. De este modo, en el relato se plantea una doble aventura: Bastián debe salvar Fantasia y también salvarse a sí mismo.

La historia interminable se estructura sobre el esquema del relato heroico tradicional en el que el héroe, debe superar determinadas pruebas y realizar una misión. En la obra, la misión que se le solicita, salvar Fantasia, es paradójicamente, lo primero que realiza, no lo último, sin embargo, la aventura que requerirá todos sus esfuerzos, se le propone a partir del éxito inicial: descubrir cuál es su Verdadera Voluntad, la raíz última de sus deseos. De este modo, el relato se convierte en un recorrido iniciático que narra simbólicamente el proceso de maduración y elevación del ser humano.

Proponemos a los profesores y profesoras que acompañen a sus jóvenes lectores en el viaje por La historia interminable y les ofrecemos esta guía de lectura que no puede ser más que un instrumento. Lo verdaderamente valioso se dará en el diálogo con los alumnos y alumnas.

 

GUÍA DE LECTURA PARA LA HISTORIA INTERMINABLE
 

El héroe se encuentra en el mundo ordinario.
Bastián vive con su padre. Tras la muerte de su madre, su padre queda muy afectado y apenas presta atención al niño. Bastián tiene 10 u 11 años y sus compañeros se ríen de él por su aspecto físico. Es un niño retraído y miedoso. Un día roba un libro en la librería del señor Koreander, titulado La historia interminable. Como se considera un ladrón, decide no volver a su casa y se esconde en el desván del colegio. Allí comienza a leer.

Llamada a la aventura y rechazo o duda.
Caps. I-XII 

En La historia interminable se cuenta lo que ocurre en un reino imaginario llamado Fantasia que está a punto de desaparecer por el extraño fenómeno de la Nada. Para salvarlo, la Emperatriz Infantil (reina de Fantasia) convoca a un joven de aquel reino, llamado Atreyu, que, a su vez, debe encontrar a alguien capaz de dar un nombre nuevo a la Emperatriz. Solo así, Fantasia se salvará. A medida que lee las aventuras de Atreyu, Bastián descubre que él puede dar ese nombre a la Emperatriz Infantil, y se siente llamado a implicarse en la aventura que está leyendo, aunque no se atreve a dar el paso. 

Aparición del sabio anciano.
Cap. XII

Se trata de la Emperatriz Infantil, que no es una anciana, pero si tiene sabiduría y dones especiales. Es tan antigua como la imaginación. Obliga a Bastián a introducirse en La historia interminable haciendo que el Viejo de la Montaña Errante repita la narración una y otra vez. Esta repetición hace que la historia no avance y Bastián se decide a intervenir llamando a la Emperatriz “Hija de la Luna”.

Entrada en el mundo especial. Cruce del primer umbral
Cap. XII

Al  introducirse en La historia interminable, Bastián pasa del mundo real al mundo imaginario de la narración. Fantasia se salva, pero para él comienza ahora su recorrido: encontrar su Verdadera Voluntad y regresar a su mundo. 

Instrucción del candidato
Caps. XIV-XV

La Emperatriz Infantil otorga a Bastián el ÁURYN, el signo del máximo poder en Fantasia. Con él, Bastián debe empezar su propia aventura, protegido y acompañado por su mentora. Además, Bastián recibe instrucción de Atreyu y Graógraman.

Pruebas
Caps. XIV-XV: Bastián sobrevive en Goab el desierto de colores y convive con Graógraman, león gigantesco llamado la Muerte Multicolor.
Cap. XVI: Desafío y victoria sobre Hynreck el Héroe. Bastián es aclamado como héroe de Fantasia.
Cap. XVII: Bastián se supera a sí mismo inventando la historia de la ciudad de Amarganz y dándole a esta una biblioteca con todas las historias imaginadas por él.
Cap. XVIII: Convierte a los ayayai en polillas-payaso para librarlos de la tristeza, aunque eso constituye, posteriormente, un fracaso.

Aliados y consejeros
Atreyu y el dragón Fújur. El león Graógraman. El monito Árgax (XXIII). Los tres caballeros Hykrion, Hysbald y Hydorn. Doña Aiuola (XXIV) Yor el Minero Ciego (XXV)

Enemigos
Su gran enemiga es la hechicera Xayide que lo impulsa a quedarse en sus deseos  de vanagloria, egoísmo y competitividad. Lo incita a coronarse como emperador de Fantasia y le hace desconfiar de su amigo Atreyu.

Primeras heridas (caídas y fracasos)
En realidad, Bastián no sufre las heridas que el héroe padece en el cumplimiento de su misión. Se trata más bien de fracasos debidos a ala mala elección de sus deseos  y de caídas morales provocadas por la falta de aceptación de sí mismo y su deseo de encumbramiento.
Bastián convierte a los ayayai en polillas-payaso porque no asume el dolor ni la tristeza. Más tarde, las polillas, hartas de vivir en una alegría sin sentido, reclaman de él volver a su antigua naturaleza (XVIII y XXV)
Por otra parte, Bastián se deja arrastrar por el deseo de ser emperador de Fantasia y llega a provocar una guerra y a luchar personalmente con su amigo Atreyu.

Visita al oráculo 
Consulta a Yor el Minero Ciego, en la Mina de las Imágenes, sobre cómo aprovechar sus deseos para salir de Fantasia.

Descenso a los infiernos. Cruce del segundo umbral 
Cap. XXIII
Bastián visita simbólicamente el reino de los muertos cuando llega a la Ciudad de los Antiguos Emperadores. Es una ciudad habitada por locos (“muertos para el mundo real), que son los que se coronaron de hecho como emperadores de Fantasia. Esto les impidió encontrar el camino de vuelta a su mundo.

Desaparicion de aliados, consejeros y mentores
La Emperatriz Infantil solo se revela una vez a cada uno; por lo tanto no está en la Torre de Marfil cuando Bastián va a buscarla (XXII). Después de la batalla de la Torre de Marfil, Atreyu y Fújur lo abandonan. Así mismo, sus compañeros y aliados en la guerra lo dejan marchar porque no pueden seguirle (XXIII)

Prueba suprema
Cap XXV

Sucede cuando Bastián debe permanecer un tiempo excavando en el pozo de la Mina de las Imágenes hasta encontrar una imagen que le ayude a desear encontrar el camino de regreso a su mundo. Cuando por fin la encuentra, las polillas-payaso se la rompen con sus volteretas. Después de esto, Bastián, que había perdido ya todos sus recuerdos, pierde su ultima posesión: su propio nombre. 

Sacrificio de la vida
Aunque no muere físicamente, Bastián se ve desposeído de todo lo que lo vinculaba a su mundo por un lado y, por otro, lo que le relacionaba con Fantasia. Lo pierde todo. En realidad, ha malgastado sus deseos y cree que no puede encontrar su Verdadera Voluntad. Él ve que ya es imposible conseguir el Agua de la Vida para llevarla a su padre y a su mundo.

Resurrección y recompensa. Triunfo de la misión y del héroe
Cap. XXVI

En la Casa del Cambio (XXIV), Bastián experimentó el deseo de ser capaz de amar. Gracias a este deseo se pone en marcha hacia la Fuente de la Vida. Atreyu y Fújur le conducen a ella y allí Bastián se siente transformado. Vuelve a ser el niño de antes, pero ya se acepta a sí mismo. En su resurrección, Bastián encuentra el camino de regreso a su mundo y lleva a su padre un poco del Agua de la Vida. Por tanto, Bastián triunfa como salvador de Fantasia y triunfa en su propia aventura, pues, gracias a su regreso, puede culminar su camino de maduración personal, y su experiencia permite que otros encuentren el camino a Fantasia. 


lunes, 20 de abril de 2026

La canción del otro mundo

Texto: Michael Ende en Trödelmarkt der Träume 
Imagen: Andy Kehoe  
 

Existe un lago en el Otro Mundo  
formado por todas las lágrimas  
que alguien debería haber vertido 
aunque nunca lloró. 
 

Hay un valle en el Otro Mundo,  
donde la risa con la que  
alguien debió haber reído  
permanece sin embargo en silencio. 
 

Hay una casa en el Otro Mundo,  
donde los niños viven 
los pensamientos que debimos pensar  
y nunca pensamos. 
 

Y las flores que se abren en el Otro Mundo,  
están hechas del amor  
conque debimos habernos amado 
aunque no nos amamos. 
 

Y una vez que llegamos al Otro Mundo,  
su total oscuridad se torna luz clara  
porque allí nos espera  
cuanto no aquí no fue posible. 

 

viernes, 17 de abril de 2026

36. La serpiente marina

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Yokai

 

Es probable que venga de aguas japonesas
y se llama según dicen,
Hija de la virtud;
¡Pero sed precavidos! Por más que no muerda,
pertenece a la especie de las que devoran hombres;
hay un estadista que ya se apuñaló,
y dos monjes que desvió del camino su atractivo,
tres psiquiatras perdieron la cabeza…
El resto de la lista más vale silenciarlo.

Por donde pasa ella siempre quedan ruinas,
pero nadie la inculpa ni da señal de alarma,
ni al médico de urgencia ni al gendarme llaman;
todos dicen, al contrario: “En el fondo
debemos protegerla contra el odio y el daño…”
Y quieren formar parte de su lista de manjares.

Michael Ende. Artículos en español sobre su vida y obra.

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