miércoles, 15 de julio de 2026

11. El reloj de los deseos

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Daniel Ormsbee



… cuyo abuelo había comprado a un dudoso relojero un reloj de pared que mediante un misterioso mecanismo era capaz de marcar la hora especial de la vida de su propietario en la que todo deseo suyo, ya fuese modesto o blasfemo, se cumplía. La hora del deseo –eso me explicaron– existe en la vida de cada persona, pero pasa inadvertida a casi todo el mundo, quedando por tanto desaprovechado. Ahora bien, el abuelo se había pasado la vida observando aquel reloj de extrañas agujas para no dejar pasar la hora irrepetible. Todos sus deseos los había tenido presentes, día y noche, por orden de urgencia. Naturalmente, el reloj no marcó nunca una hora especial, cosa que tampoco puede esperar ninguna persona sensata, la vida del abuelo se había ido consumiendo en constante espera, y puede afirmarse con cierta razón que el pobre hombre había caído en manos de un estafador, pero ahora viene lo más extraño: aunque el abuelo, como ya se ha dicho, no había hecho prácticamente otra cosa que esperar pacientemente, se le habían ido cumpliendo un deseo tras otro, y además –y esto es el colmo de lo asombroso- por el mismo orden que él había asignado desde un principio a sus deseos.


10. La búsqueda

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Andrew Ferez



El Laberinto es el cuerpo del Minotauro, cuando Teseo va de aposento en aposento en busca del monstruo, se convierte poco a poco en el Minotauro. Éste se lo ha incorporado. Por eso es imposible que Teseo le mate al final, a no ser que se mate a sí mismo. 


Cada uno se transforma en aquello que busca

9. Anrula

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Alexandra

 

Ese ser llamado Anrula vive en un país tan lejano que todos los intentos de describirlo (el país) tienen que fracasar pues la descripción de una región, incluida la mas exótica, solo esta bien conseguida cuando se toma como referencia algo comparable y conocido, yo, por ejemplo, quiero hablar de árboles: pues entonces, será cuestión de árboles que, como cabellos de mujer, ondean lentamente, de acá para allá, en torrentes de agua, pero no horizontalmente, sino vertical, hacia arriba, como llamas pero tampoco exactamente.

Hasta para una descripción tan vaga como la que acabo de intentar hacer recurro a todo género de imágenes conocidas: árboles, cabellos de mujer, agua, llamas.

¿Qué sucede, sin embargo, si me voy alejando más y más del mundo, por nosotros conocido, de los símiles? ¿Si por ejemplo tuviese que recurrir a esos seres arbóreos que acabo de nombrar, pero ponerlos en comparación con formas de un género aún más extraño, con Cogales, digamos, y si solamente mediante la comparación con tales Cogales pudiese explicar de qué naturaleza es el ser arriba nombrado, el ser llamado Anrula? Con lo que resulta obvio que el nombre de Anrula es ya una aproximación casi inadmisible al mundo de nosotros conocido, por componerse de sonidos que el hombre puede pronunciar. Imaginemos más bien que una piedra que cae en lo hondo de un pozo produjese un sonido semejante: por más que eso, por otra parte, tampoco sea muy exacto, pues la palabra “sonido” no es la adecuada, como tampoco lo es el concepto de “nombre”, tal y como lo entendemos ese ser no tiene nombre de ningún género, y por supuesto ningún nombre que pueda ser designado mediante sonidos. Ni tan siquiera es, en definitiva, un ser tal y como lo entendemos nosotros, no se asemeja ni a una piedra, ni una planta, ni a un animal ni a un hombre, tampoco es un espíritu. ¿Qué es, pues?


Michael Ende. Artículos en español sobre su vida y obra.

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