miércoles, 26 de agosto de 2026

Momo de Michael Ende o la evolución diacrónica de la traducción en la literatura infantil y juvenil

Texto: Cristina Victoria Paneque de la Torre en ORCID
Imagen: Michael Ende


Resumen:
Las traducciones de textos infantiles y juveniles requieren de un especial empeño en su adaptación al contexto sociocultural de la lengua meta, pues la experiencia vital de sus lectores no es  comparable a la adquirida por los receptores de la literatura adulta. Este condicionante ha marcado la utilización de diferentes estrategias de traducción en el campo de la literatura infantojuvenil, adaptándose a los avances producidos en el contexto social que rodea al lector y al traductor. El presente trabajo propone un estudio contrastivo entre las traducciones de Momo de Michael Ende realizadas por las traductoras Susana Constante y Begoña Llovet, teniendo en cuenta la vigencia de los preceptos trabajados por Klingberg y la flexibilidad aportada a los textos en lengua meta a través de marcas culturales, nuevas paráfrasis y conceptos. El análisis desarrollado observa y clarifica las estrategias de traducción utilizadas para adecuar el texto al contexto generacional, histórico y social de cada momento y permite concluir que las estrategias adoptadas por ambas traductoras no solo están marcadas por el contexto sociopolítico establecido en el momento de la traducción, sino que también disfrutan de una mayor flexibilidad y adaptabilidad a su momento de actualidad.

Palabras clave: Momo, Michael Ende, traducción infantil, adaptación, Neue Subjektivität
 

 

La esencia de una lengua es su adaptabilidad al tiempo y contexto que la rodean. Cada año los lingüistas asisten al nacimiento de nuevos términos que designan una realidad hasta el momento inexistente, pero que son imprescindibles en un determinado momento histórico. Asimismo, la traducción —como campo de trabajo ligado a la palabra— está estrechamente unida a la sociedad y, por lo tanto, también a su evolución. Los cambios en el lenguaje, los neologismos, las adaptaciones lingüísticas o los modismos nacen, crecen, se desarrollan y caen en desuso según el marco político, económico o social de cada momento. A esto debemos sumarle, también, aquellas nuevas incorporaciones a nuestro vocabulario provenientes de los extranjerismos, la inmigración, series de televisión, películas de cine o música, entre otras. Por lo tanto, es imprescindible, al realizar un análisis diacrónico de un texto traducido, tener en cuenta que estas variaciones dependerán del momento en que el traductor o traductora se enfrenta al texto original y debe trasladarlo a la lengua meta. De esta manera, observaremos que las estructuras del texto original fueron trasladadas de una determinada manera al texto meta en la traducción original, pero una revisión diacrónica del texto nos hará plantearnos nuevas opciones que en el momento de la primera traducción fueron desestimadas por razones objetivas, razonadas y justificadas o simplemente porque no existían en aquel momento.

Estos problemas también se producen y, cabe decir, son aún más sensibles cuando se trata de traducciones de textos literarios, pues aunque «the final product of the act of translation is the result of the relationship between a source system and a target system» (Zohar 2006: 25), este no es un acto mecánico, sino que permite, necesita y exige adaptaciones, adiciones, equivalencias y un sinfín de recursos que la figura del traductor o de la traductora emplea para conseguir un texto en lengua meta que transmita todos los elementos que el texto original contiene y permita al lector del texto traducido disfrutar de la obra al completo. 

Al mismo tiempo, el ejercicio de traducir un texto literario también supone poner de manifiesto la importancia de la forma junto con la del contenido. Como afirma Hirano (2006: 225), las diferencias estilísticas son las que suponen un verdadero reto para el traductor, pues no solo muestran la pericia lingüística a la hora de traducir, sino que también revelan los conocimientos que este tiene sobre la cultura, la sociedad y sus códigos en ambas lenguas. 

La imprescindible capacidad de adaptación y contextualización de las traducciones de textos literarios se torna difusa cuando abordamos la traducción del género de la literatura infantil y juvenil (LIJ) pues, aunque se trata de una rama literaria de larga tradición cultural, parece no haberse desprendido todavía de la etiqueta de subgénero o Durchgangsliteratur (Marcelo 2007). Esta peculiaridad en su valoración hace que el estudio y análisis de su traducción no haya despertado el interés de los académicos hasta tiempos recientes, en los que podemos encontrar numerosos estudios que nos aportan definiciones y tesis específicas sobre la LIJ y su traducción, pero que también dejan abierta la puerta a la necesidad de realizar un estudio diacrónico que observe y analice las diferentes traducciones realizadas de obras destinadas al público más joven. 

El objetivo de este trabajo es precisamente el de profundizar en la comparativa diacrónica dentro del análisis de la traducción de la literatura infantil y juvenil, para lo que se lleva a cabo un estudio contrastivo entre las traducciones realizadas por Susana Constante en 1978 para Ediciones Alfaguara y por Begoña Llovet en 2015 para la editorial Penguin Random House de Momo oder die seltsame Geschichte von den Zeit-Dieben und von dem Kind, das den Menschen die gestohlene Zeit zurückbrachte de Michael Ende (1973/2024) (1).

 

1. Contextualizando Momo: ¿literatura infantil o crítica social adulta para niños? 
Momo oder die seltsame Geschichte von den Zeit-Dieben und von dem Kind, das den Menschen die gestohlene Zeit zurückbrachte es la tercera obra publicada en 1973 por el autor alemán Michael Ende (Alemania, 1929–1995), quien se muestra como un autor prolífico dentro de la LIJ. En 1960 publicó su primera novela Jim Knopf und Lukas der Lokomotivführer, a la que siguió, trece años después, su secuela Jim Knopf und die Wilde 13 (Ende 1973). Tras esta, el autor alemán publicó Momo, de la que se han vendido más de doce millones de ejemplares en 53 lenguas diferentes y que fue galardonada en 1974 con el Deutscher Jugendbuchpreis. Seis años después, Ende publicó la que ha sido su obra más famosa, Die unendliche Geschichte, y continuó su trabajo dentro del ámbito de la LIJ con la publicación en 1989 de la novela Der satanarchäolügenialkohollische Wunschpunsch. En 2019 se publicó de forma póstuma su novela Rodrigo Raubein und Knirps, sein Knappe, trabajo iniciado por Ende y culminado por el periodista, crítico literario, escritor y traductor Wieland Freund (Alemania, 1969). 

1.1.    Neue Subjektivität: la literatura en la República Federal de Alemania de los años setenta 
Momo (2) fue publicada en 1973 en la República Federal de Alemania. La década de los años setenta supuso un cambio exponencial en la temática de la literatura alemana de la época: la literatura se alejaba del compromiso político que había adquirido durante la anterior etapa y buscaba mostrar y potenciar das ich, la importancia del individuo y sus sentimientos: «Die Welt, wie sie sich in der privaten Person des Autors spiegelt, war Gegenstand der Dichtung geworden: Mittelmäßigkeit wurde beschrieben, Enttäuschung über sich selbst» (Woesler 2002: 18). Esta muestra de individualidad, de conciencia del yo y de la importancia que se le da a los sentimientos respecto al individuo son muestra del importante cambio experimentado en la literatura alemana del último tercio del siglo XX, que actúa en consonancia a los cambios sufridos por la República Federal de Alemania como nación: «Buch zufolge ist eine solche “narzißtische Literatur” […] der “adäquate Ausdruck unserer Gegenwart”, in der die “Unfähigkeit zur Solidarität” eine in vielen westlichen Gesellschaften verbreitete “Zeitkrankheit” geworden sei» (Hoffmann 2006: 42). 

1.2.    Momo como ejemplo de LIJ 
La búsqueda del yo más profundo del individuo que demuestran los escritores de la República Federal de Alemania durante los años setenta está íntimamente relacionada con la conexión que establecen autores como Ende entre infancia y pureza, entendida esta última como actitud, comportamiento y toma de decisiones carentes de intereses. Como observa Ruzicka Kenfel (1993), Ende asimila la figura del niño a los conceptos de inocencia e ingenuidad, pero también encuentra esta misma figura como un medio de protesta contra las estructuras de la sociedad industrializada. Este hecho coincide con el presentado por Lozano (2019: 165): «[O]ne of the main features of children’s literature is its dual readership. The books are specially aimed at children, but at the same time, […] we have seen that there are often hidden messages meant for the adults who read them aloud to them». Los lectores más jóvenes experimentaron en la década de los años setenta «un cambio en los valores expresados hasta ese momento en los libros infantiles, para adaptarse a las nuevas preocupaciones sociales» (Marcelo 2007: 32). 

De esta manera, se produjo un cambio en la concepción de la LIJ que la acercaba a los parámetros sociales que se estaban experimentando, sacando a los niños de un mundo de fantasía que presentaba escenarios perfectos, pero cuya concepción estaba plagada de tabúes. Los protagonistas dejaban de ser figuras perfectas, ejemplos de buena conducta y ejecutores de los códigos sociales establecidos para transformarse en una nueva herramienta que permitía 

no excluir nada del conjunto de experiencias propias a cualquier ser humano o grupo social, ofreciéndolas con un lenguaje adaptado a las exigencias y necesidades de la edad a partir de la que el niño o niña pueden leer el libro, y adaptado también a las necesidades de un mundo en constante cambio (Gasol y Lissón 1989: 21). 

Ambas autoras establecieron en el mismo artículo de la revista Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil las características que atesoraban los textos narrativos dedicados al público más joven en la época de publicación de Momo y que permiten valorar si su inclusión en la LIJ es completa o si, al contrario, se debe establecer un criterio diferenciador que nos permita situarla en el límite entre la literatura dedicada al público infantil y los textos adaptados a ellos. 

Gasol y Lissón agrupan los rasgos que caracterizan esta tipología de textos en dos grandes bloques que se construyen en torno a la relación de los personajes con el contexto que los rodea. Las autoras dividen estas características en dos grupos en función de la edad de los personajes, infancia y adolescencia: realidad obsesiva como la vive un niño o un adolescente que no encuentra salida (Gasol y Lissón 1989: 22). Dado que el personaje de Momo se encuentra enmarcado en los límites de edad de la infancia, para el presente estudio se ha tenido en cuenta este primer bloque, cuyas propiedades se citan a continuación: 

a) Los protagonistas pertenecen, en su mayoría, a un mundo marginal o a una clase social baja. 
b) Personajes débiles, porque son viejos, niños o mujeres. 
c) La acción no transcurre, por lo general, en las grandes ciudades. 
d) Hay una identificación del autor con el protagonista. 
e) El protagonista muestra unas veces una gran desconexión con el adulto. En otras existe una palpable falta de comunicación entre ellos. El enfrentamiento con el mundo que les rodea es constante. Si el protagonista es niño, este se produce con los adultos que tiene más cerca: padres, maestros, abuelos… 
f) La realidad con la que el protagonista se ve enfrontado es siempre dura y, en la mayoría de ocasiones, carece de salida. 
g) El autor nos muestra la realidad, pero no la interpreta. Esta será decisión del lector. 
h) Desarraigo en cuanto a lugar, unas veces, y a personas, otras. O ambas cosas a la vez. 
i) Los enemigos son, en primer lugar, la familia (el padre o la madre) y, en segundo lugar, la droga, la escuela, los compañeros. 
j) La ayuda, cuando existe, suele venir a través de hermanos mayores o de los abuelos. 
k) En muchas ocasiones el autor pretende provocar sentimientos de angustia y de rechazo en el lector. 
l) La trama se presenta con un elemento de conflicto que convierte al protagonista en un ser totalmente desprotegido. A continuación, una acción desafortunada compromete su futuro. Se mantiene la constante de un final no feliz y abierto. (Gasol y Lissón 1989: 22–23)

Un análisis en profundidad de la obra de Ende podría generar dudas acerca de su pertenencia al género de la LIJ, pues la novela del autor alemán no parece cubrir todos estos puntos. Esto es consecuencia del uso de la imagen, la alegoría y el simbolismo que realiza Ende y que lleva a su relato a cruzar la línea entre el mundo infantil y el adulto:
 

Momo es algo más: crítica de la civilización, de las ciudades muertas, de la falta de amor entre los hombres, de la soledad, de la ideología del manager (=los hombres grises, dueños de la “caja del tiempo”), que poseen en sus manos todo el poder. Momo los vence con ayuda de una tortuga, símbolo de la utopía romántica. (Ruzicka Kenfel 1993: 13) 

Sin embargo, Momo ha sido tradicionalmente considerada como novela-cuento de hadas (Ruzicka Kenfel 1993), pues aunque no cuenta con todos los elementos que condicionarían su pertenencia a la LIJ —véase por ejemplo la ausencia de conflicto o ayuda de la familia o la falta de salida a unas condiciones de vida duras—, se trata de una narración en la que los ejes del bien y del mal están claramente representados y mantiene un uso del lenguaje bien recibido por el público más joven. Esto no significa que se trate de una obra destinada exclusivamente a un público infantil o leído para él, sino que es compatible con la lectura desde un punto de vista adulto, pues «el análisis del aislamiento y del abandono del niño en nuestra sociedad, […], va dirigido a los lectores adultos» (Ruzicka Kenfel 1993: 26)

Es decir, Momo supone la clara representación del segundo componente que marca a la LIJ más allá de los preceptos estilísticos, narrativos o culturales: la persona adulta. Esta figura cobra una especial importancia en la literatura infantil y juvenil si la comparamos con el resto de géneros literarios dedicados a un público experto pues, como hace notar Marcelo (2007), el adulto desempeña la función de mediador entre el autor y el lector; es decir, es un adulto quien decide qué escribir, qué publicar, qué comprar y qué leer para el público infantil e, incluso, cómo leer los relatos en el caso de que el público aún no tenga capacidad para leer por sí mismo. Por lo tanto, este factor también debería ser añadido en las definiciones realizadas sobre qué es literatura infantil y juvenil, pues no solo es aquella «literature written, published marketed and treated by specialists with children as its primary target» (Nikolajeva 1996: 7), sino también la supervisada y aceptada por los adultos que velan por la integridad, educación y valores que se transmiten a los más jóvenes. De esta manera, se puede comprobar que las apreciaciones realizadas por O’Connell (2006: 17) en su estudio sobre la traducción de la literatura infantojuvenil se cumplen con el mensaje intrínseco que deja Momo en sus lectores adultos: 


Firstly, books of this kind in fact address two audiences: children, who want to be entertained and possibly informed, and adults, who have quite different tastes and literary expectations. […] It is adults, after all, who wield power and influence and it is they who decide what is written and, ultimately more importantly, what is published, praised and purchased. Secondly, while it is true that some works of children’s literature appeal essentially only to the primary audience, […] many can be read by a child on a conventional, literal level or interpreted by an adult on a more sophisticated or satirical level as well. Thirdly, children’s literature is written by people who do not belong to the target group. (O’Connell 2006: 17) 

Con esta obra Ende exponía al público infantil y juvenil a un trasfondo filosófico de mayor complejidad, del que el niño no puede apreciar todos los matices por su falta de experiencia vital: el mundo de los niños acostumbra a ser reducido y su perspectiva de los hechos narrados está limitada a lo vivido por ellos. Por ello es complicado que el público más joven pueda apreciar el simbolismo de los personajes de los hombres grises, los adultos, la tortuga o ponerle valor al tiempo; sin embargo, el adulto probablemente realizará una lectura mucho más crítica y entrará en un segundo nivel de profundidad, al dejar de lado la literalidad de lo narrado. De este modo, es más posible que pueda participar de la exposición a la crítica social que el autor alemán dejaba fluir en su texto. 

La capacidad de presentarse y adaptarse a su lector es posiblemente uno de los rasgos más destacables y valorados de Momo por su público, pero también el que confiere al texto y a su traducción un carácter especial: el traductor se enfrenta aquí a un reto dual, pues debe traducir una novela concebida en su forma como un cuento para niños y niñas, pero que oculta en su narración una crítica universal al capitalismo y los ritmos de trabajo que impone en sus ciudadanos.

 

2.    Traducir Momo: la problemática del lector doble 
Una de las primeras tareas del traductor al trabajar con un texto enmarcado dentro de la LIJ es, de acuerdo con Klingberg (1978: 86), «that the author has in some ways considered the presumptive readers, their interests, ways of experiencing, knowledge, reading ability and so on». Este paso es primordial para poder ejecutar con éxito la traducción del texto en lengua meta, pues el perfil del lector marcará el lenguaje utilizado en la traducción, los recursos que el traductor utilice y la adaptación que este haga de la forma a la cultura meta. 

Esta adaptación se ve condicionada en gran medida por la ausencia de experiencias vitales del lector infantil por las que el traductor se ve obligado a lo que Klingberg denominó «context adaptation» (Klingberg 1978: 86), es decir, adaptar el contexto cultural del texto en la lengua fuente al contexto cultural en lengua meta y esto incluye desde objetos cotidianos como mobiliario, alimentos, plantas o animales hasta nombres geográficos, de juegos infantiles, homónimos, singularidades en la pronunciación de las palabras o neologismos. 

La dualidad presente en Momo supone un reto para el traductor en este aspecto. Por un lado, presenta las singularidades propias de la LIJ en cuanto a forma, estructura narrativa y recursos estilísticos. Por otro lado, la carga simbólica de sus elementos supone un importante estímulo para la figura del traductor, que debe adaptar contenidos a la cultura infantil en castellano. 

De los recursos del traductor presentados por Klingberg para acometer la adaptación contextual (Klingberg 1978: 89) destacaremos aquellos que cuentan con un mayor índice de presencia en la traducción de Momo
 

a) Adaptation: The consideration given by the author (reviser, editor, etc.) to the (supposed) interests, needs, ways of experiencing, knowledge, reading ability, etc. of the presumptive readers. 
b) Context Adaptation: Adaptation of the (cultural) context of the source language to the context of the target language in order to retain the degree of adaptation of the source text. 
c) Degree of Adaptation: The degree to which a text is adapted […] for the presumptive readers. 
d) Purification: Enlargements, polishing-up, modifications and abbreviations aimed at getting the target text in correspondence with the values of the presumptive readers, or —in case of children’s books— rather with the values or the supposed values of adults, for example, of parents. (Klingberg 1978: 89) 

Tras valorar el tipo de adaptación realizada, se someterán a un análisis cualitativo los recursos utilizados por parte de las traductoras Susana Constante, responsable de la traducción en 1978, y Begoña Llovet, en 2015, siguiendo la tabla de técnicas o estrategias de traducción recogidas por la Asociación Ibérica de Estudios de Traducción e Interpretación. 

La adopción por parte de las traductoras Constante y Llovet de estas estrategias traslativas responde a las distintas necesidades que presenta el texto fuente. Este estudio presenta a continuación una serie de ejemplos que recogen los tipos de estrategias utilizadas y analiza las diferentes razones que han llevado a su utilización. 

Al tratarse de un relato dividido en tres partes — primera parte: Momo y sus amigos; segunda parte: los hombres grises y tercera parte: las flores de horas— se han seleccionado ejemplos pertenecientes a cada una de ellas para establecer una correlación entre el tipo de estrategias de traducción escogidas y el nivel de desarrollo del texto. Además, se ha buscado analizar si las estrategias utilizadas o el resultado de las mismas dependen del contexto sociocultural que dominaba el momento en que la traducción fue llevada a cabo, tales como códigos de buen uso del lenguaje o lenguaje políticamente correcto. Es decir, el propósito es valorar las diferencias encontradas en los textos traducidos en función de la tendencia seguida en el campo de la traducción y si estas variaciones responden a necesidades del texto o si, por el contrario, vienen impuestas por las reglas sociales imperantes en cada momento.

Para facilitar el seguimiento de este análisis se ha utilizado una misma estructura en forma de tabla en la que figuran los fragmentos del texto original y las traducciones realizadas por Constante y Llovet en orden cronológico seguidas de los resultados obtenidos. Asimismo, los términos analizados se han clasificado según la función que desarrollan dentro del texto original, a excepción de los elementos parémicos, que no ejercen ninguna función literaria explícita en el texto. Dada la extensión de la narración y las numerosas diferencias detectadas por sinonimia o cambios en las estructuras oracionales entre ambas versiones traducidas, se presenta una selección representativa de las variaciones detectadas que contienen una complejidad que supera el nivel lingüístico y responden a los condicionantes presentados por Klingberg. 

La tabla diseñada muestra en primer lugar el texto original de Michael Ende, extraído de la decimonovena edición publicada en 2024. A continuación presenta la traducción realizada por Susana Constante en la tercera edición del libro en castellano y por último, la de Begoña Llovet de 2015. 

En un segundo subepígrafe se analizará la adaptación del texto contenido en una de las ilustraciones realizadas por Ende. Esta parte requiere especial atención porque nos muestra una nueva forma de adaptación del texto fuente a la lengua meta al trasladar las faltas ortográficas cometidas intencionadamente por el autor a la lengua castellana.
 

2.1    Análisis cualitativo de las estrategias de traducción en Momo
La primera parte de la novela sitúa al lector en el contexto de la novela mediante la descripción del lugar, de sus habitantes y de la propia Momo, tanto física como psicológicamente. Este es el punto en el que se pueden encontrar las primeras diferencias relevantes entre las dos traducciones que resultan reveladoras para nuestro estudio:

A) Descripción de Momo

Tabla A.1:
Momo
Texto fuente: Es sei ein Kind, ein kleines Mädchen vermutlich. (2024: 9)
Traducción de Susana Constante: Se trataba, al parecer, de una niña. (1981: 14)
Traducción de Isabel Llovet: Decían que era una personilla de poca edad, presumiblemente una niña. (2015: 14)

El sustantivo Kind en alemán tiene género neutro, por lo que Ende indica en primer término que la persona que vive en las ruinas no es un adulto. Sin embargo, la lengua española exige la atribución de un género al sustantivo niño o niña. Constante evita plasmar esta información, reduciendo la oración mientras que Llovet utiliza el término personilla para indicar que se trata de un menor, pero sin especificar su género.


Tabla A.2:
Momo
Texto fuente: […] wie jedes andere Kind (2024: 16)
Traducción de Susana Constante: […] como cualquier otro niño […]. (1981: 20)
Traducción de Isabel Llovet: Momo, como cualquier otra niña de su edad […]. (2015: 21)

Las soluciones de traducción propuestas aquí por Constante y Llovet permiten apreciar la evolución que la lengua experimenta en consonancia con la sociedad. Según la Real Academia de la Lengua se recurre cada vez más al uso de las formas del masculino y femenino, provocando desdoblamientos, «especialmente en los ámbitos político y educativo […]. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas» (Real Academia Española s.f.).

A pesar de que la norma contradice lo expuesto por Llovet, pues la recomendación de la Real Academia de la Lengua es la utilización del género no marcado —el masculino— para incluir a todos los individuos de una especie, la traductora opta, no ya por el desdoblamiento, sino por utilizar el femenino al tratarse de una protagonista de género femenino y ser este un texto cuyo lector objetivo es la infancia. 

A pesar de que no es el objeto de estudio de este trabajo, se puede afirmar que este debate responde, como apunta la Real Academia Española a razones extralingüísticas. Sin embargo, es importante indicar que la norma lingüística se desarrolla a partir de las innovaciones que los hablantes hacen al usar una lengua, por lo que fomentar el uso del femenino en aquellos casos en los que la intención sea utilizar el término genérico puede resultar de ayuda a su normalización e inclusión en la norma, superando los debates extralingüísticos. 

B) Descripción de personajes secundarios.

Tabla B.1:
Momo
Texto fuente: Auch Nino und dessen dicke Frau gehörten zu Momos Freunden […] (2024: 16)
Traducción de Susana Constante: También Nino y su gorda mujer estaban entre los amigos de Momo […] (1981: 21)
Traducción de Isabel Llovet: También Nino y su mujer, que estaba rellenita, se contaban entre los amigos de Momo […] (2015:21)

En este caso las dos opciones de traducción quedan claramente diferenciadas. Constante, en la edición de 1981, opta por utilizar la traducción literal del adjetivo dick en español. Llovet, por su parte, modula su traducción mediante el uso del adjetivo rellenita para referirse al exceso de peso del personaje. 

Esta variación supone una muestra de la estrecha relación entre la lengua y su contexto. En los más de treinta años transcurridos entre ambas traducciones, la sociedad se ha volcado en proteger y prevenir en la infancia los trastornos alimenticios derivados de la persecución de un ideal físico que se promueve desde el mundo de la moda, la publicidad, producciones fílmicas y, en los últimos tiempos, redes sociales. Al utilizar Llovet una aposición explicativa, en la que el adjetivo del texto original se traduce por el diminutivo rellenita, la traductora consigue reducir el impacto de la imagen del personaje y relegar la relevancia de su descripción a un segundo plano. 

Podemos encontrar una nueva variación en una descripción similar a la presentada. En este caso se trata de un compañero de juegos de Momo:

Tabla B.2:
Momo
Texto fuente: «Ich weiß was», sagte ein dicker Junge mit einer hohen Mädchenstimme […] (2024: 26)
Traducción de Susana Constante: —Yo sé una cosa— dijo un chico con una aguda voz de niña […] (1981: 21)
Traducción de Isabel Llovet: —A mí se me ocurre algo— dijo un chico gordito con una voz aguda como de niña […] (2015: 31)

Constante decide suprimir el calificativo dicker en su traducción del texto de Momo, pero Llovet opta por modularlo mediante el uso del diminutivo gordito. Esta modulación del adjetivo gordo busca, como en la anterior opción, mostrar una versión más amable de la descripción de este compañero de juegos de Momo.

Tabla B.3:
Momo
Texto fuente: […] und hätte ihn bald nicht mehr wiedererkannt, so verändert war er, nervös, mürrisch, freudlos (2024: 89).
Traducción de Susana Constante: […] y casi no le reconocí, de tan cambiado que estaba, nervioso, gruñón (1981: 81).
Traducción de Isabel Llovet: […] y casi no le pude reconocer, de lo cambiado que estaba, tan nervioso, malhumorado y amargado (2015: 98)

En esta descripción acerca de uno de los personajes secundarios, el peluquero Fusi, se puede observar cómo las dos traducciones optan por traducir el verbo haben en su forma de Konjunktiv II por el pretérito indefinido del verbo reconocer en el caso de Constante y por la combinación verbal «pude reconocer» en el de Llovet. Sin embargo, ninguna de ellas selecciona la forma de condicional, estableciendo así una creación discursiva que responde a un grado de adaptación independiente del lector meta, pero que se ajusta a las necesidades de la lengua española en materia de tiempos verbales.

Tabla B.4:
Momo
Texto fuente: Als Nächsten besuchte Momo den Wirt Nino und seine dicke Frau. […] Ihr dickes Gesicht glänzte von Schweiß (2024: 92)
Traducción de Susana Constante: A continuación, Momo fue a ver al tabernero Nino y a su gorda mujer. […] Su gorda cara relucía de sudor (1981: 83).
Traducción de Isabel Llovet: Al día siguiente al que visitó Momo fue a Nino, el tabernero, y a su regordeta mujer. […] Su cara regordeta estaba bañada de sudor (2015: 101 102).

Las diferencias en cuanto a técnicas de traducción utilizadas entre la traducción de Constante y la de Llovet se mantienen a lo largo de la narración. Constante recurre de nuevo a la literalidad al traducir los fragmentos descriptivos de la narración, mientras Llovet prefiere reemplazar el adjetivo gorda por regordeta, una versión que aporta matices más amables a la descripción del personaje.

Tabla B.5:
Momo
Texto fuente: Woher soll ich das Geld nehmen, wenn ich aus meinem Lokal ein Asyl für arme alte Tatterer mache? (2024: 93-94).
Traducción de Susana Constante: ¿De dónde quieres que saque el dinero si convierto mi taberna en un asilo para viejos chochos? (1981: 85).
Traducción de Isabel Llovet: ¿De dónde voy a sacar el dinero si convierto mi local en un asilo para viejos chochos? (2015: 103)

La traducción de «arme alte Tatterer» permite observar el alto grado de adaptación que requiere la narración de Momo. Tanto Constante como Llovet han optado por el sintagma «viejos chochos». El término chocho es una palabra polisémica que aúna significados de diferentes áreas: alimentario en su acepción de altramuz o peladilla, como adjetivo derivado del verbo chochear, en su expresión de asombro o alegría o biológico en su acepción más vulgar para designar la vulva o vagina (Real Academia Española s.f.). 

Ambas traductoras describen con este sintagma al grupo de clientes habituales que el personaje de Nino atiende habitualmente en su negocio. El uso de este término permite al lector, tanto infantil como adulto, comprender de forma más concreta el tipo de clientela que acude a la taberna de Nino, descartando la acepción que aporta la definición estricta del término chochear, definida por la Real Academia Española como «mostrar debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad» (Real Academia Española s.f.) y sustituyéndola por la imagen que la sociedad ha instaurado sobre este término, relacionándolo con el imaginario popular que refiere a una persona de edad avanzada y con poca vitalidad. En este caso, ambas traductoras han optado por modular el texto en lengua meta para favorecer la comprensión del texto y ayudar al lector infantil a generar el contexto que se vivía en la taberna del personaje. 
En cuanto a lo referido a traducciones de lugares y objetos, se puede afirmar que esta también ha sido motivo de diferentes adaptaciones que responden a términos culturales y no sociales: 

C) Descripción de lugares y objetos

Tabla C.1:
Momo
Texto fuente: Die Sitzreihen für die Zuschauer lagen stufenförmig übereinander wie in einem gewaltigen Trichter (2024: 7).
Traducción de Susana Constante: Las filas de asientos para los espectadores estaban escalonados como en un gran embudo (1981: 11).
Traducción de Isabel Llovet: Las filas de asientos para los espectadores estaban dispuestas de manera escalonada, una encima de la otra, como en un gigantesco embudo (2015: 11).

Llovet amplifica su traducción con paráfrasis explicativas, a diferencia de Constante, para facilitar la creación de una imagen del lugar en la mente del lector infantil. Llovet opta por este recurso de traducción en repetidas ocasiones a lo largo de la narración:

Tabla C.2:
Momo
Texto fuente: Einer von ihnen, […], baute sogar einen kleinen steinernen Herd. Ein rostiges Ofenrohr wurde auch aufgetrieben (2024: 13).
Traducción de Susana Constante: Uno de ellos, […], construyó incluso un pequeño hogar. También encontraron un tubo de chimenea oxidado (1981: 17).
Traducción de Isabel Llovet: Uno de ellos, […], incluso construyó un pequeño hogar de piedra donde cocinar. Alguien trajo un tubo oxidado de chimenea (2015: 18)

Llovet precisa qué uso se le va a dar al hogar para clarificar a qué objeto se refiere dando respuesta a dos necesidades: la primera es de tipo estilístico y la segunda es de contextualización del lenguaje. 
Por un lado, el término chimenea es utilizado en la siguiente oración, por lo que se evita su repetición empleando su sinónimo hogar, que se define como «sitio donde se hace la lumbre en las cocinas, chimeneas, hornos de fundición, etc.» (Real Academia Española s.f.). 
Por otro lado se puede observar que el uso de la acepción de hogar como lugar para cocinar está cayendo en desuso en el círculo de la infancia frente a su segunda acepción que la define como «casa o domicilio» (Real Academia Española s.f.) por lo que se hace necesaria una aposición que ayude al lector infantil a comprender el mensaje en su totalidad y evitar malentendidos o confusiones que dificulten la comprensión del texto. 

Tabla C.3.:  

Momo
Texto fuente: Ein alter Schreiner nagelte aus ein paar Kistenbrettern ein Tischchen und zwei Stühle zusammen. (2024: 13).
Traducción de Susana Constante: Un viejo carpintero construyó con unas cajas una mesa y dos sillas. (1981: 17).
Traducción de Isabel Llovet: Un viejo carpintero construyó una mesita y dos sillas atornillando algunos listones de unas cajas de madera. (2015: 18).

En este ejemplo, frente a la traducción de Constante que tiende a la literalidad, Llovet detalla cómo se han construido la mesita y las sillas. Esta aclaración nace del cambio vivido en materias de embalajes en la sociedad actualmente, en la que la mayoría de embalajes están realizados con cartón. No debemos olvidar que esta adaptación se debe a la apreciación que hace Llovet del lector en lengua meta, quien no tiene la apreciación del contexto en el que fue escrito el texto original y a quien le resulta difícil concebir que un carpintero pueda construir una mesita y unas sillas con cartón porque, en su propia experiencia vital, las cajas de embalaje que conoce en su día a día son de cartón. 

Junto a estas adaptaciones culturales se puede encontrar en Momo un reto todavía mayor: la traducción de unidades paremiológicas. Esta es probablemente la traducción más compleja en un texto perteneciente a la literatura infantojuvenil, pues debe responder a dos requerimientos de igual prevalencia: por un lado, la necesidad de adaptar al contexto infantil el mensaje implícito en un refrán, dicho popular o proverbio, pues ninguno de ellos debe entenderse de forma literal; por otro lado, la búsqueda de una equivalencia en la cultura meta dificulta aún más si cabe la tarea traductora. En este caso el traductor deberá analizar la función de esta paremia dentro del texto fuente y valorar si su uso responde no solo al contexto lingüístico en el que está inscrito, sino también a razones fonéticas o dialectales. 

D) Traducción de paremias

Tabla D.1:
Momo
Texto fuente: So wie man sagt: «Alles Gute!» oder «Gesegnete Mahlzeit!» oder «Weiß der liebe Himmel!», genauso sagte man also bei allen möglichen Gelegenheiten: «Geh doch zu Momo!» (2024: 16).
Traducción de Susana Constante: Igual que se dice: «¡Buena suerte!», o «¡Que aproveche!», o «¡Y qué sé yo!», se decía, en toda clase de ocasiones: «¡Vete con Momo!» (1981: 19-20).
Traducción de Isabel Llovet: Así como se dice: «¡Que te vaya bien!» o «¡Que aproveche!» o «¡Dios sabe!», justo así se pronunciaba esta frase en todas las ocasiones posibles: «¡Vete a ver a Momo!» (2015: 21).

Aunque las opciones escogidas por las traductoras son diferentes, ambas coinciden en buscar el equivalente basándose en el significado y no en la forma, pues las expresiones plasmadas en el texto original no están contextualizadas. La diferencia más notable en las traducciones presentadas radica en el refrán «Weiß der liebe Himmel!» vinculado al ámbito religioso. Constante opta por una traducción sin connotaciones religiosas al trasladarlo a su equivalente en significado como expresión de duda. Llovet, por su parte, opta por una solución que recoja también el sentir religioso en la lengua española con la expresión «¡Dios sabe!».

Tabla D.2:
Momo
Texto fuente: «Wer nichts wird, wird Wirt» (2024: 20).
Traducción de Susana Constante: «Venteros y gatos, todos latros» (1981: 23).
Traducción de Isabel Llovet: «El que vale vale, y el que no… a tabernero». (2015: 25).

Este refrán alemán presenta tres dificultades para su traducción al español dentro del ámbito de la traducción literaria: significado, fonética y ámbito de uso de la vida cotidiana al que se refiere. En su traducción de Momo Constante valora los tres aspectos de forma diferencial y con el recurso escogido consigue mantener dos de ellas: conservar el ámbito de uso y preservar la carga fonética al buscar un homólogo en español que le permita aproximarse a la sonoridad del texto en alemán. Llovet, por su parte, actualiza el conjunto paremiológico atendiendo únicamente a cuestiones de significado. El refrán «venteros y gatos, todos latros» relaciona la figura de los taberneros y los gatos con la mentira y, a pesar de que consigue mantener la melodía y la presencia de la figura del tabernero es coincidente en ambas lenguas, el significado no es el que Ende buscaba en su opción original. El dicho popular «Wer nichts wird, wird Wirt» hace referencia en alemán a las capacidades intelectuales de una persona y refiriéndose al oficio de tabernero como uno en el que no hace falta mostrar unas capacidades intelectuales sobresalientes. Llovet aporta este significado utilizando el dicho popular «el que vale vale, y el que no …» completándolo con el oficio de tabernero, consiguiendo así la equivalencia entre ambos dichos populares. 

Esta dificultad en conseguir una traslación en lengua meta que permita al lector apreciar todos los matices del texto original se ve complementada en el caso de Momo con las ilustraciones que aparecen en la narración original. 

Es importante indicar que estas ilustraciones están realizadas para aportar apoyo visual a objetos muy determinados de la narración, como por ejemplo jarrones, cigarrillos o telas de araña. Sin embargo, a lo largo de la segunda parte de la narración existe una ilustración que revela los mensajes escritos en pancartas por Momo y sus amigos para reivindicar la concepción del tiempo que hacen los adultos una vez han seguido los consejos de los hombres grises. En los carteles Ende plasma la ortografía que él, como adulto, considera típica de un menor, constatando así la apreciación realizada por Shavit con la que señala los dos principios sobre los que se basa la traducción de los textos infantiles: 

an adjustment of the text to make it appropriate and useful to the child, in accordance with what society regards […] as educationally ‘good for the child’; and an adjustment of plot, characterization, and language to prevailing society’s perceptions of the child’s ability to read and comprehend (Shavit 2006: 26) 

E) Traducción que imita el lenguaje escrito de los niños: A continuación se detalla una transcripción de los mensajes que aparecen en la ilustración:

Tabla E.1:
Momo
Texto fuente: Zeit spahren? Aber für wehn? (2024: 121)
?Warum? ?Hapt ihr keine Zeit? wir kinder sagen euch bescheit! komt bitte alle zur grosen fersammlung. nechsten sonntag um 6 im alten anfiteather. (2024: 121).

Traducción de Susana Constante: ¿Aorrar tiempo? Pero ¿para quien? (1981: 105).
¿Porque? ?No teneis tienpo? Nosotros los niños hos avisamos veniz todos por favor a la gran reunion el prosimo domingo a las 6 en el biejo anfiteatro (1981: 105)

Traducción de Isabel Llovet: ? Aorrar tiempo? Pero ¿para quien? (2015: 129)
¿Porque? ¿No teneis tiempo? Nosotros los niños hos avisamos veniz todos por favor a la gran reunion el prosimo domingo a las 6 en el biejo anfiteatro (2015: 129).

Se pueden apreciar en estos mensajes abundantes faltas de ortografía tanto en alemán como en español. En la lengua alemana el texto remite a faltas ortográficas producidas por la transcripción de las palabras de forma fonética, como por ejemplo bescheit, Ampfiteater o Fersammlung y en español mediante el intercambio de las letras b y v, ausencia de tildes, presencia de la letra h en el pronombre personal os o de n delante del fonema p. 

Es necesario subrayar que los textos en alemán buscan reproducir un sonido rítmico: «Habt ihr keine Zeit? Wir Kinder sagen euch Bescheid!» y «Eure Kinder rufen laut: Eure Zeit wird euch geklaut»3 (Ende 2024). 

La complejidad en la traducción de estos mensajes radica en trasladar las faltas de ortografía y el ritmo fonético de los mensajes utilizados por los niños, imitando el ideal de ortografía infantil que Ende transmite en su obra y adaptándolo a la lengua castellana. Tanto Constante como Llovet dejan de lado la parte fonética para centrarse en la traslación de las faltas de ortografía, manteniendo la literalidad como estrategia en su traducción y consiguiendo de este modo el mismo efecto de espontaneidad y realismo que ofrece la obra en lengua alemana. En el caso de la lengua castellana, las faltas que trasladan las dos traductoras imitan la estrategia utilizada por Ende en el texto original: prevalece la ejecución fonética sobre la norma ortográfica, pero adaptándolas a las grafías españolas; de esta manera escriben el pronombre os con h, intercambian las consonantes bilabiales b y v o confunden el uso de las consonantes m y n delante de la letra p. 

No obstante, esta adaptación literal pasa totalmente desapercibida para el lector quien, al desconocer el texto en lengua alemana, no aprecia la carencia de ritmo en los eslóganes utilizados en las pancartas y sobreentiende que se trata de mensajes escritos por niños en proceso de adquisición de una correcta ortografía. 

La suma de este registro de recursos de traducción nos permite tomar perspectiva de los cambios más acusados en cuanto a tendencias en la traducción de la LIJ y analizar las causas que obligan a estas modificaciones.

3.    Conclusiones 
El análisis en profundidad de las versiones traducidas que Constante y Llovet hacen de la obra de Michael Ende, Momo oder die seltsame Geschichte von den Zeit-Dieben und von dem Kind, das den Menschen die gestohlene Zeit zurückbrachte, constata la teoría inicial que sostiene este trabajo: la evolución de la traducción se produce de forma paralela a la evolución de la sociedad y supone un ejemplo representativo del desarrollo que ha tenido la práctica traductora en la LIJ. En este sentido, para conseguir que la lengua meta resulte eficaz necesita que las traducciones se adecúen no solo a nivel gramatical y semántico, sino también a nivel cultural y social. 

Las traducciones realizadas por Constante y Llovet son representantes de la tendencia que la traductología ha tenido en cada momento, como los resultados del análisis ratifican. 

Por un lado, Constante utiliza una combinación de traducción literal y reducción en las descripciones, tanto de personajes como de lugares, a diferencia de Llovet, quien recurre a la modulación y la amplificación y no presenta ningún elemento reducido o elidido en su trabajo. Este hecho nos lleva a remarcar que la evolución de los estudios de la traducción y el interés que ha despertado recientemente el estudio ad en las traducciones y, posiblemente, la mejora en la recepción por parte del lector de los textos de llegada. Siendo esta un área que se consideraba menor, las estrategias traductoras utilizadas confieren al texto una variedad de recursos que lo enriquecen, ofreciendo a los lectores la oportunidad de nutrirse de las paráfrasis explicativas, nuevos conceptos y marcas culturales que los traductores ponen a su disposición. 

El análisis contrastivo diacrónico realizado entre ambas traducciones sirve para exponer no solo los recursos utilizados, sino también para comprender cómo los preceptos desarrollados por Klingberg (1978: 89) mantienen su vigencia y son necesarios a la hora de comprender las traducciones de la LIJ de forma global. Constante y Llovet consiguen aproximar la obra de Ende a la lengua y cultura españolas, pues consiguen trasladar los presupuestos de interés que el autor atribuye a los más jóvenes, manteniendo un alto grado de adaptación lingüístico y cultural. Sin embargo, la traducción de Llovet sirve de modelo de cómo el estudio y análisis de las técnicas de traducción aplicadas a la literatura infantil y juvenil sirven para enriquecer y, posiblemente, permitir una mejor comprensión de las obras pertenecientes al género de la literatura infantil, contextualizándolas al lenguaje y la sociedad actuales.


 

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(1) Momo cuenta con tres opciones de traducción en lengua española elaboradas por Susana Constante, en 1978, para Alfaguara Ediciones, Luís Ogg, en 1995 para Círculo de Lectores y Begoña Llovet, en 2015, para Penguin Random House. Para el presente estudio se han utilizado las traducciones de Constante y Llovet, pues no ha sido posible disponer de la traducción de Ogg al encontrarse descatalogada. La traducción de Constante empleada para la extracción de ejemplos y citas se corresponde con la tercera edición de la obra en español, impresa en 1981.

(2) Para facilitar la lectura del trabajo se ha seleccionado el nombre popular y presente en la mayoría de ediciones en castellano de la novela de Ende: Momo

(3) Para facilitar la lectura del texto, solo se han mantenido las faltas ortográficas en la tabla que sirve de base para el análisis y contraste del texto fuente y las traducciones.

 

 

Bibliografía 
 

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Ende, M. (2024). Momo oder die seltsame Geschichte von den Zeit-Dieben und von dem Kind, das den Menschen die gestohlene Zeit zurückbrachte. (19ª ed.). Thienemann Esslinger Verlag. (Trabajo publicado en 1973). original 

Ende, M. (1981). Momo o la extraña historia de los ladrones del tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres (Traducción de S. Constante). Ediciones Alfaguara. (Trabajo original publicado en 1973). 

Ende, M. (2004). Jim Knopf und die Wilde 13 (Edición especial). Thienemann Verlag. (Trabajo original publicado en 1973). 

Ende, M. (2015). Momo (Traducción de B. Llovet Barquero) Penguin Random House Grupo Editorial. (Trabajo original publicado en 1973). 

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martes, 25 de agosto de 2026

2. En el que Chiquillo sitia el Castillo Escalofrío

Texto: Michael Ende
Imagen: Regina Kehn

 

Mientras tanto, lejos, muy lejos de la carretera en la que estaban Papá y Mamá Dick en su carromato, bebiendo té, preocupados por su hijo, Chiquillo se abría camino por entre la espesa espesura de un bosque. Por aquel entonces, teníamos auténticas selvas vírgenes con árboles gigantescos de miles de años, con desfiladeros por los que nadie había caminado, con plantas trepadoras y pantanos en los que bailaban por arriba y por abajo los fuegos fatuos. Y el inmenso bosque que aparece en esta historia se llamaba Bosquemiedo, pues era especialmente tenebroso.

Se decía que allí no solo habitaban osos y serpientes gigantes, sino también espíritus del bosque, duendes malvados y todo tipo de monstruos. Pero, sobre todo, allí vivía, escondido en algún lugar de su inaccesible castillo, el caballero bandido más temido de todos, al que Mamá Dick ya había mencionado con tanta inquietud: Rodrigo Bandido.

Nadie en todo el país se atrevía a pronunciar su nombre si no era con la mano delante de la boca y entre susurros, pues tan solo mencionarlo se consideraba peligroso. Existían innumerables historias sobre la maldad y ferocidad de aquel monstruo, pero sobre todo decían cosas increíbles acerca de su tremenda 
fuerza en la batalla, lo que le hacía totalmente invencible. Incluso los guerreros más valientes y los temerarios más atrevidos preferían correr aventuras más prometedoras y evitar el Bosquemiedo en la medida de lo posible. 

Sin embargo –o más bien justo por eso–, Chiquillo había decidido visitar a aquel hombre. Este asombroso propósito se tiene que explicar de inmediato, puesto que de lo contrario alguien podría crearse una falsa impresión de Chiquillo y tomarlo por un héroe o una persona de lo más valiente.
Pero él no era así, porque valiente es alguien que tiene miedo y lo supera. Sin embargo, Chiquillo no tenía ni idea de qué era el miedo y por consiguiente no le hacía falta superarlo.

Solo tiene miedo quien conoce el mal que hay en su interior y por tanto no lo busca. Y de eso tampoco tenía ni idea Chiquillo. No se imaginaba cómo podía ser. Así que más que una virtud, era un defecto. No tenía ni idea de qué se podía hacer ante semejante defecto. Había oído que quien no sabía diferenciar entre el bien y el mal sería un niño para siempre. Pero Chiquillo no quería eso. Él quería hacerse mayor y por esa razón se había marchado en busca de Rodrigo Bandido, quien sin duda era un 
experto en cuanto al mal.

La tormenta seguía rugiendo, la lluvia caía a mares, los rayos centelleaban, los truenos retumbaban y el vendaval agitaba todo el bosque con violencia. Chiquillo no iba lo que se dice vestido para su expedición. Su pequeña y delgada figura iba enfundada en un traje de arlequín que Mamá Dick le había cosido a mano con retales de los trajes que hacía para las marionetas. Unos trocitos coloridos de terciopelo, cuero, tela dorada, pelo de animal, seda, fieltro o lana. Por supuesto, el traje estaba completamente empapado y se le pegaba a las extremidades.

Tampoco llevaba gorro y su cabello pelirrojo iba todo despeinado. Parecía que aquella cara pecosa y aquellos ojos azules acabaran de caer del cielo. 

Al destellar un relámpago, se iluminaron las gigantescas y nudosas ramas de los árboles, unas formas extrañas semejantes a  piernas y brazos encorvados, rostros con ojos que miraban, narices cartilaginosas y bocas muy abiertas. El polifónico bramido y aullido del vendaval sonaba como un coro de voces quejumbrosas o amenazantes. Pero Chiquillo continuaba su marcha, sin dejarse impresionar en lo más mínimo. De vez en cuando, en la oscuridad, se daba en la cabeza con una rama que no había visto o se tropezaba con alguna raíz gruesa. Pero se volvía a levantar y proseguía su excursión de manera resuelta. 

Unas cuantas veces sucedió incluso que el viento arrancó los árboles, que crujieron al desplomarse y se llevaron por delante otros árboles. Pero Chiquillo trepaba por las ramas grandes que se interponían en su camino y continuaba andando por entre la maleza. 

En una ocasión metió el pie en algo que lo retuvo. Tiró y tiró, pero no pudo sacarlo. Era como si la raíz fuese una mano que le cogiera, porque el pie no podía librarse de aquellas garras. Chiquillo tiró con todas sus fuerzas, pero aquella cosa no cedía, y pensó que a lo mejor se trataba de un malvado gnomo de las raíces. 

—¡Oye —gritó Chiquillo—, suéltame! ¡Tengo que ir a ver a Rodrigo Bandido!

Apenas había pronunciado aquel nombre, cuando el pie quedó libre. ¿Acaso los árboles y los espíritus del bosque le tenían miedo? ¿O había sido pura coincidencia?

Solo había dado unos cuantos pasos cuando cayó allí mismo un potente rayo, a poca distancia de donde él se hallaba.

—¿Lo habré provocado yo? —se preguntó Chiquillo—. No me gustaría nada que hubiera sido simplemente por decir su nombre. 

Los mismísimos árboles de aspecto tenebroso parecieron asombrarse ante tanta indiferencia. De pronto sus rostros adquirieron una expresión de indignación y fue como si se susurraran los unos a los otros y cuchichearan entre ellos. 

—Pues vale —dijo Chiquillo—, ya me callo.

Y continuó caminando con paso firme y mucha calma. Un poco más tarde amainó por fin el temporal, tan solo duraba aún el viento, que llevó un jirón de nubes sobre la luna llena, de modo que a intervalos aclaraba y volvía a oscurecer; aunque en el suelo del Bosquemiedo, por donde se abría camino Chiquillo, no se notaba ninguna diferencia, puesto que las enormes copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz mortecina. 

Entonces, de pronto, el viento cesó y reinó un silencio sepulcral. Tan solo se oía el leve sonido de las gotas que caían de las hojas. La niebla se alzó del suelo. Los animales nocturnos, que hasta ese momento se habían ocultado en sus escondrijos, fueron apareciendo poco a poco y observaban con ojos brillantes, desde todos los rincones, al pequeño excursionista, que de manera tan campechana había entrado en su territorio.

El suelo cada vez estaba más cenagoso y en algunas partes crecían setas inmensas, algunas de ellas más altas que Chiquillo. El suelo ahora se empinaba a ojos vistas y disminuía la cantidad de árboles, de modo que, de vez en cuando, se podía ver la luna a través de las copas. 

Tras un buen rato subiendo cada vez más arriba, de repente, Chiquillo oyó en el silencio un crujido, y después otro. Siguió el ruido y bajo un gran avellano silvestre encontró un oso cascando nueces.

—¡Hola, oso! —saludó Chiquillo, y se acercó a él—. Deja algunas para mí. Tengo hambre.

El oso se dio la vuelta y se alzó gruñendo sobre las patas traseras. Era tres veces más alto que Chiquillo y miraba desconcertado al tipo diminuto vestido con aquel colorido traje tan extraño.

—No voy a hacerte nada —dijo Chiquillo.

Ya fuera porque el oso se hubiese hartado o porque le había desconcertado mucho su desfachatez, volvió a ponerse a cuatro patas y se marchó gruñendo.
Chiquillo lo miró con amabilidad y gritó:

—¡Gracias!

Luego recogió todas las nueces que pudo encontrar, se las metió en los amplios bolsillos de su traje y retomó su camino mientras partía una nuez tras otra con los dientes para comérselas. La luna ya había recorrido un buen trecho cuando el bosque de repente se abrió ante Chiquillo y le permitió ver unas peladas montañas rocosas, cuyas cumbres escarpadas despuntaban. Muy arriba, en el pico más alto, bajo la luz mortecina, distinguió un castillo. Nada más verlo a aquella distancia, le habría puesto los pelos de punta a cualquiera, pero no a Chiquillo, que asintió satisfecho y lanzó un silbido de admiración. Estaba seguro de que por fin había alcanzado la dirección postal correcta: el caballero Rodrigo Bandido, morador del Castillo Escalofrío, en la Montaña Pelos de Punta de Bosquemiedo.

El castillo se había construido con bloques de piedras negras y tenía cinco torres de diferentes alturas, y todas ellas, de una forma u otra, parecían torcidas e inclinadas. Las pocas ventanas que daban afuera, ya que los muros exteriores se fusionaban directamente con las empinadas rocas verticales, parecían cuencas de ojos vacías. La fortaleza no tenía foso, tan solo había una puerta en un lateral, aunque desde abajo no se distinguía si estaba abierta o cerrada. En conjunto, aquel castillo daba la impresión de estar bastante en ruinas.

Chiquillo comenzó el ascenso. El camino era un estrecho sendero sin barandilla que serpenteaba con curiosos giros alrededor de los altos pináculos. Por todas partes, durante el camino, allá donde había un poco de sitio, Chiquillo se topaba con una tumba, cuya cruz de piedra estaba clavada en el suelo de forma inclinada. En las lápidas a duras penas descifró unas inscripciones donde se leía lo siguiente:
 

Aquí yace el caballero Bogumil Amenázame,
muerto a manos de Rodrigo Bandido
tras tres días de combate.
¡Viajero, cuídate de continuar!

 

O:
 

Aquí descansa el esqueleto que tanto costó recoger
del gigante Untam Menuwel,
que tuvo la mala suerte de disgustar a Rodrigo Bandido.
¡Viajero, sal huyendo!

 

O:
 

Los pocos restos que quedan 
de los trece salteadores de la Banda de los Fieras,
que se toparon con Rodrigo Bandido,
están enterrados en una maceta.
¡Forastero, sal enseguida de aquí!


Cuanto más subía Chiquillo, más se tropezaba con calaveras por allí tiradas y montones de huesos. En una ocasión incluso tuvo que traspasar un enrejado de huesos humanos, que estaban forjados con cadenas oxidadas a la pared rocosa y llevaban puestos cascos. Por lo visto, se trataba de todo un grupo de caballeros que recibió su castigo por haber ido a visitar a Rodrigo Bandido sin que los invitaran. Ante tal formación de honor, probablemente a cualquier otro se le habría ocurrido que en realidad se estaba mucho mejor y más cómodo en casa, y que ya iba siendo hora de regresar. A cualquier otro menos a Chiquillo.

Cuando por fin había llegado muy alto, vio que el camino terminaba en una almena de piedra. Un puente levadizo pasaba sobre un abismo infinito y en el otro extremo se hallaba la puerta del castillo. Aquel puente estaba tan carcomido y las enormes cadenas tan corroídas por el óxido que no se sabía muy bien si aguantaría que lo atravesase alguien. Además, la puerta gigantesca estaba cerrada. Chiquillo colocó los pies sobre los tablones del puente, que crujió y chirrió, y algo se deslizó hasta caer al abismo. No obstante, el niño siguió avanzando. Una vez tuvo que saltar un agujero que había entre los tablones. Toda la construcción se balanceó de un lado a otro y las cadenas chirriaron. Pero entonces 
llegó a la puerta. 

En el centro había una aldaba con el rostro de un demonio que llevaba una gruesa anilla de hierro en la boca. Chiquillo movió la anilla y llamó un par de veces. Oyó como resonaba el ruido de forma fantasmal en el interior de la fortaleza, que por lo demás estaba totalmente en silencio. Llamó una vez 
más con mayor ímpetu y después gritó haciendo bocina con las manos ahuecadas:

—¡Eh, hola! Señor caballero Rodrigo Bandido, ¿puedo entrar, por favor?

No recibió respuesta ni tampoco apareció nadie. 
Chiquillo continuó llamando un rato más, pero fue en vano. 
Poco a poco se fue cansando, al fin y al cabo se había pasado en vela toda la noche, y casi se le cerraban los ojos.

—A lo mejor —se dijo a sí mismo— ha salido a hacer un recado. Seguro que vuelve pronto, de lo contrario habría dejado una nota en la puerta donde pusiera «Estoy de vacaciones» o algo por el estilo.

Se agachó en un rincón de la puerta y al momento se quedó tranquilamente dormido.

 

La leyenda de la luna llena

Imagen: Binette Schroeder
Texto: Michael Ende
 
 
 
Hace ya muchos años, cuando la gente aún sabía que los ángeles y los demonios existen, vivía en un bosque lejano, rodeado de montañas, un piadoso ermitaño. En su juventud había estado perdidamente enamorado de una dama a la que todos consideraban un dechado de virtudes y de belleza. Ambos se había jurado fidelidad y amor eternos, pero un día antes de la boda su prometida rompió su juramento y huyó con otro hombre.   
 
Es posible que la huida de la dama tuviera algo que ver con el hecho de que el padre del joven, un rico mercader, había perdido todos sus barcos en una tempestad y se había convertido en un mendigo de la noche a la mañana. Sea como fuere, ambos infortunios convencieron al muchacho de que las cosas terrenales no son más que apariencia y vanidad, de manera que decidió retirarse del mundo y dedicarse por entero al estudio de libros edificantes. Así pasó muchos años, consagrado a la lectura de los escritos de san Agustín y de san Jerónimo, de san Dionisio y de aquel san Alberto al que se conoce como Magno. Ya había estudiado casi todas las obras de santo Tomás de Aquino (y quien las conozca no podrá por menos que admirar el afán del joven), cuando llegó a la descripción de la muerte del santo y leyó sus últimas palabras, en las que él mismo manifestaba que todos sus libros no contenían más que paja y nada de grano.
 
El joven sintió un escalofrío. Le pareció que la tierra se abría bajo sus pies y que una ráfaga de viento surgida del abismo le helaba la sangre en las venas. Aquella misma noche abandonó para siempre su casa y sus libros.
 
Durante mucho tiempo vagó por el mundo, hasta que llego a cierto valle apartado, donde hallé una cueva excavada en la roca y oculta en medio de un bosque. Se echó a dormir en el suelo y soñó con un torbellino de fuego del que surgía una voz que le decía: «Quédate ahí, yo iré a tu encuentro».
 
Así pues, se quedó y esperó.
 
Ni él mismo sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, porque ahora su espíritu se había consagrado a la eternidad. Su cuerpo mortal, ya viejo y consumido, apenas si advertía los días y las noches, que se sucedían como un juego inacabable de luz y oscuridad. Sus cabellos y su barba se habían  vuelto completamente blancos, y habían crecido tanto que le cubrían el cuerpo como un manto. De vez en cuando se adentraba en el bosque para recoger bayas, frutos, tallos y raíces, de los que se alimentaba; pero pasaba la mayor parte del tiempo sentado a la entrada de la cueva con los ojos cerrados, absorto e inmóvil. Iban los osos y se echaban a su lado, las serpientes venenosas se le enroscaban en el regazo, los pájaros anidaban entre sus cabellos y las arañas tejían sus redes entre sus piernas, pero él ni tan sólo se daba cuenta. Su espíritu vagaba por otros mundos, unos mundos tan elevados y sublimes que no pueden compararse con los que nosotros conocemos, ni siquiera con los de nuestros sueños. La lluvia lo empapaba, el sol lo abrasaba y el viento lo azotaba, pero nada había que fuera capaz de apartarlo de su diálogo con la eternidad. La paz de su alma era tan profunda que en las proximidades de la cueva incluso las fieras del bosque dejaban de atacarse; al contrario, jugueteaban unas con otras como antaño en el Paraíso.
 
Pero el ermitaño no había olvidado la promesa que recibiera en sueños aquella primera noche y guardaba su cumplimiento.
 
Un día, el destino quiso que llegara a aquel lejano valle otro ser humano cuya vida no era menos solitaria que la del piadoso anciano, si bien por razones completamente distintas. Era un hombre que había sido expulsado de la sociedad, un hombretón fiero, de hirsuto pelo rojo, fuerte como un toro y tozudo como un mulo. No temía nada, pero tampoco había nada que fuera capaz de inspirarle respeto.
 
De muy joven, y en un arranque de ira, había matado a otro joven que había deshonrado a su amada. Su víctima pertenecía a una familia noble. Como él y su amada eran de origen humilde, los jueces no consideraron que tuviera derecho a defender su orgullo ni honor y lo condenaron a morir mediante el suplicio de la rueda. Sin embargo, él logró huir la víspera de la ejecución. Encontró refugio en el bosque, donde se unió a una partida de salteadores de caminos que eran todos proscritos como él. 
 
Con ellos robaba cálices de oro e incensarios de plata de las iglesias, desvalijaba a los comerciantes que iban de viaje, incendiaba monasterios y tomaba a cualquier mujer que le apeteciera, sin que le importara que fuera dama de alcurnia o campesina, monja o gitana. En poco tiempo se convirtió en un blasfemo y un borracho, y aprendió a olvidarse de Dios.
 
Cada vez que conseguían un botín, él y sus compañeros se lo jugaban a los dados. Nuestro héroe perdía siempre porque, como no era tramposo, no advertía las trampas que hacían los demás. Hasta que un día se dio cuenta, y entonces propinó tal bofetón al compinche que se reía de él en sus barbas que éste oyó cantar a los ángeles para el resto de sus días.
 
Ahora bien, para su desgracia, el que había tratado de engañarlo era nada menos que el cabecilla de la banda, quien, por otra parte, no estaba para músicas celestiales. Así que ordenó que su agresor fuera colgado de un árbol sin dilación, por aquello de que es necesario mantener la disciplina incluso en una banda de facinerosos. Todos se le arrojaron encima, pero él logró escapar una vez más, no sin antes haberle roto un brazo a un compañero y dislocado el pescuezo a otro.
 
A partir de ese momento empezó a actuar en solitario y a evitar la compañía de otros hombres, ya que ahora lo perseguían todos, tanto los que estaban del lado de la ley y el orden, como los que estaban en contra. Robaba por su cuenta, pero como no pretendía amasar una fortuna, que de bien poco le hubiera servido en el bosque, sólo tomaba lo necesario para vivir. Así, obligó a un artesano ambulante a entregarle las botas; a un carretero le quitó los pantalones, y a un cura, el sombrero. De vez en cuando irrumpía en una taberna para agenciarse una botella de aguardiente o una jarra de cerveza. Después de esto se guarecía entre la raíces de un árbol arrancado por el viento y pasaba el día entero tan satisfecho, cantando y riendo a sus anchas. Porque, aunque casi se había olvidado de cómo hablar; en cambio había aprendido a identificar los sonidos de los pájaros y de otros animales y sabía imitarlos a la perfección. Sus únicas armas eran un cuchillo, un arco de madera de fresno y un par de flechas que había tallado él mismo y que le bastaban para cazar lo que necesitaba para comer. Bebía el agua de los riachuelos a cuatro patas, como los animales, y comía la carne cruda. Muy pocas veces se tomaba la molestia de encender un fuego frotando dos trozos de madera seca, pues los restos de una hoguera hubieran delatado su presencia, y no sabía si todavía lo buscaban o no. Una profunda inquietud lo impulsaba a cambiar constantemente de escondrijo.
 
Nadie le había dicho jamás que también él poseía un alma inmortal, de la que algún día el Creador le pediría cuentas, y a él mismo nunca se le había ocurrido semejante idea. Sin embargo, el destino ya había decidido que esto u podía seguir así, de manera que se hizo inevitable que el bandido fuera a parar al lejano valle donde habitaba el ermitaño.
 
Fue un día al atardecer, la hora en que los animales del bosque salen de la espesura para pacer. El salteador de caminos había descubierto un joven ciervo y empezó a perseguirlo. Era un corredor rápido e infatigable, por lo que cada vez se iba acercando más a su presa. De pronto, el animal se detuvo y lo miró de frente. El puso una flecha en el arco y avanzó lentamente para asegurar la diana. Con cierto asombro, advirtió que el ciervo no temblaba, ni siquiera resoplaba. No parecía asustado ni cansado, sólo lo miraba atentamente con sus grandes ojos, y no tuvo valor para disparar la flecha.
 
Se incorporó, se rascó la hirsuta cabellera pelirroja y rezongo una maldición. Empuñando el cuchillo, se acerco más al ciervo. Pero éste no hizo ningún intento de huir, ni siquiera cuando él levantó la mano. El animal permaneció inmóvil y se dejó tocar el cuello. De pronto el bandido se dio cuenta de que hacía tiempo que no acariciaba el cuello a nadie, y mucho menos a un animal. Confuso, miró a su alrededor. Entonces descubrió la entrada de la cueva y, sentado en el umbral, al ermitaño, todo piel y huesos, cubierto de pelo blanco. Tenía los ojos cerrados, y en los labios, una sonrisa que no era de este mundo.
 
El bandido se acercó al anciano y lo observó durante un buen rato, incapaz de adivinar qué o quién demonios era aquel ser que tenía delante. Se inclinó sobre la extraña figura y exclamó con voz ronca: 
- ¡Eh, amigo! ¿Eres un hombre o qué?
 
El ermitaño siguió sonriendo sin hacerle caso. 
El bandido le pegó un puntapié y, levantando la voz, lo conmino de nuevo:
- ¡Vamos, esqueleto ambulante, habla de una vez!
 
El anciano seguía inmóvil, pero su respiración era tranquila y profunda, lo que demostraba que no estaba muerto. El bandido alzó el puño para despertarlo de un buen golpe, pero al cabo de un rato volvió a bajarlo. De pronto ya no sentía deseos de andar pegando puñetazos, y no entendía nada.
 
Aún no se había recobrado de su sorpresa cuando sintió que la espina que tenía clavada en su interior y que lo había impulsado a ir de un lado a otro sin descanso, se disolvía súbitamente; tan súbitamente que lo invadió un sueño irresistible. Al cabo de unas horas, cuando el ermitaño volvió desde el reino de lo sublime a su pobre y frágil cuerpo terrenal y abrió los ojos, descubrió, a la luz de la luna, que a sus pies yacía un hombre pelirrojo de aspecto fiero que dormía como un niño.
 
El anciano miró con afecto paternal a aquel extraño que Dios le enviaba y decidió convertirlo en su discípulo para instruirlo en los asuntos de la eternidad.
 
Aunque parezca raro, al bandido le gustó el ermitaño y lo escuchaba con placer. A veces pasaban algunos días, a veces algunas semanas, pero nunca transcurría mucho tiempo sin que fuera a visitarlo. Entonces, el ermitaño le hablaba de los nuevos coros de los ejércitos celestiales, del triplemente enrevesado misterio de Dios, del origen del mundo, de su evolución y de su final glorioso y terrible o del Verbo que se hizo hombre, que murió y resucitó y que rompió para siempre las puertas del infierno. También le hablaba del demonio, de sus huestes y del fuego del abismo, donde las almas de los pecadores que no se arrepentían habían de sufrir torturas eternas. Y al final el maestro nunca olvidaba exhortar a su discípulo a arrepentirse de la vida pecadora que llevaba y a rogar a Dios que se apiadara de él.
 
El bandido lo escuchaba atentamente y de ven en cuando asentía con la cabeza como si comprendiera. En realidad, no entendía nada, pero admiraba profundamente a su maestro, que era capaz de pensar y recordar todas aquellas cosas. No ponía en duda que todo aquello era cierto, mas para él era demasiado sublime y elevado. Estaba admirado de que un hombre tan sabio e inteligente se tomara tantas molestias con él, y le estaba agradecido porque era la primera vez en su vida que le sucedía algo semejante. Por este motivo, respetaba la paz que reinaba en los alrededores de la cueva como la respetaban los animales. También él se sentía extrañamente seguro en aquel valle. Nunca antes había conocido lo que es un hogar; ahora creía haberlo encontrado. A su manera, trataba de demostrar la gratitud que sentía por su maestro trayéndole presentes. Así, en una ocasión le llevó un par de botellas de vino de misa que había robado; otra vez fue el libro de oraciones de un fraile y, más adelante, un pastel de bodas. Pero, invariablemente, el ermitaño rechazaba sus regalos y lo aleccionaba pacientemente
 
- No es eso, hijo mío. No debes tratar de cambiar mi vida. Eres tú quien debe cambiar de vida si no quieres ser presa de Satanás. Si de verdad quieres hacerme feliz, conviértete a la doctrina de la salvación y arrepiéntete de tus pecados. Entrégate a la oración, modifica tu carne y ejercítate en la vida del espíritu. Entonces, tal vez algún día pueda llevarte conmigo a los mundos sublimes de los que te he hablado. Pero antes tienes que hacer penitencia.
 
El bandido callaba entristecido, porque le resultaba imposible cumplir el deseo del ermitaño. Aunque ponía el mayor empeño en ello, no podía arrepentirse, y de ninguna manera quería mentir a su amigo, por el que sentía un profundo respeto. Lo hecho, hecho estaba, y si por ello merecía un castigo de Dios, no sería él quien protestara. La bondad y la paciencia del eremita eran tan grandes como la tenacidad y la oposición de su discípulo. En sus oraciones, el anciano rogaba a Dios  fervientemente que obrara un milagro que quebrara la obstinación de aquel pobre pecador y que iluminara la noche de su espíritu. Mas o bien ésta era una tarea demasiado difícil incluso para Dios, o bien Dios había borrado desde hacía tiempo el nombre de aquel hijo pródigo del libro de los que habían sido llamados a la vida eterna, y ambas posibilidades apenaban por igual el corazón del piadoso ermitaño. Pero entonces sucedió algo que lo llenó de consuelo y que hizo cambiar la situación, aunque ese algo nada tenía que ver con el discípulo díscolo, sino con el sueño que había tenido años atrás y con la promesa que le había sido hecha en aquel sueño.
 
En la siguiente visita del bandido, el ermitaño le advirtió:
 
- Hijo mío, a partir de ahora nunca deberás visitarme en una noche de luna llena. Prométeme que me obedecerás.
- Está bien -respondió éste-, pero ¿por qué?
- Me ha sido concedida una gracia -contestó el ermitaño-, pero tu entendimiento está demasiado obstinado como para que pueda confiarte mi secreto; por lo tanto, no me preguntes más.
- De acuerdo -dijo el bandido, asintiendo con la cabeza.
 
Se pusieron a hablar de otras cosas; como de costumbre, el eremita hablaba y el salteador escuchaba. Al despedirse, el maestro volvió a recordar a su discípulo la promesa de que no volvería a visitarlo en una noche de luna llena, y añadió:
 
- Espero que cumplas tu palabra. De lo contrario, causarías un gran mal, y a fe mía que ya has causado bastante desgracia, hijo mío.
- No te preocupes -repuso el bandido, y se marchó.
 
Durante mucho tiempo, la vida de ambos siguió como antes. Sin embargo, si bien el bandido era ciertamente inútil como discípulo de la sagrada doctrina, poseía una capacidad imprescindible para el género de vida que llevaba: nada, ni siquiera el detalle más insignificante, escapaba a sus dotes de observador. Así, se dio cuenta de que el ermitaño empezaba a cambiar poco a poco. Al principio no fue un cambio visible: su aspecto y su comportamiento eran los de siempre; pero, no obstante, advirtió que el espíritu de su venerado maestro se alejaba cada vez más de él. Sus exhortaciones para que se arrepintiera de su vida pasada eran cada vez menos frecuentes y menos insistentes. A menudo permanecía en silencio y en sus ojos había un brillo distinto, como una pequeña llama inquieta.
 
A cada visita aumentaba la confusión del bandido, ya que no sabía cómo interpretar la actitud de su maestro. Por eso se devanaba los sesos pensando en que podía haberlo molestado, o si era que por su tozudez había agotado del todo la paciencia del anciano. Pero al cabo de un momento se decía que forzosamente debía de tratarse de algo más importante que su persona, algo que tenía que estar relacionado con aquella prohibición que él no podía comprender. Estos pensamientos lo llenaban de inquietud, pero no se atrevía a hacer preguntas. Esperaba que el ermitaño hablara cuando lo creyera oportuno, y a éste, ciertamente, no le pasaba inadvertido el interrogante que se dibujaba en el rostro de su discípulo. Con todo, transcurrieron siete meses antes de que el maestro se decidiera a revelarle su secreto.
 
- Hijo mío -le dijo-, no creas que te hice prometer que no vendrías en las noches de luna llena para castigarte. La razón es que me sucedió algo maravilloso, algo que me sucede todavía. Has de saber, hijo, que en el reino de los espíritus celestiales el arcángel Gabriel es el señor de la luna. Pues bien, en las noches de plenilunio, el arcángel Gabriel en persona desciende del cielo y me visita.
- Que me lleve... -balbuceé el bandido, abriendo unos ojos como platos, y se interrumpió justo a tiempo-. ¿Cómo es? -preguntó.
- Más bello y noble de lo que puedo describir con palabras. Viaja en un carro tirado por grifos; en la mano lleva un lirio, símbolo del amor sin mácula y de la pureza, y viene por el aire desde aquel extremo del bosque, porque pasa su carro la luz de la luna es como un camino sobre tierra firme. 
- ¿Y qué hace aquí? -inquirió el salteador.
- La primera vez pasó de largo sin yerme porque yo no osaba levantar la cabeza. Pero a la siguiente noche de plenilunio, después de mi prohibición, me vio, se detuvo y me dijo que me había estado buscando. ¡Imagínate, me buscaba a mí, el más humilde servidor de Dios! Tuve el privilegio de escuchar la voz que por primera vez dijo: «Ave María» a la madre de Nuestro Señor.
 
El bandido permaneció un momento en silencio, pensativo, y le respondió:
- Si hay alguien que merezca algo así, ése eres tú. ¿Qué más te dijo?
 
El anciano tragó saliva un par de veces, bajó los ojos y le contestó con voz apenas audible:
- Me anunció que muy pronto será el Señor en persona quien vendrá a visitarme.
 
Al decir estas palabras, el anciano enrojeció de forma visible y enseguida se puso intensamente pálido. El bandido lo miró con admiración y masculló:
- Pues vaya con la noticia, ¡que Dios me confunda! 
 
El ermitaño le lanzó una mirada apesadumbrada y exclamó:
- ¡Ah, hijo mío! Si por lo menos pudieras dejar de maldecir. Pero ya ves tú mismo por qué tuve que prohibirte que vinieras en las noches de luna llena. ¡Imagina qué podría suceder!
 
El bandido asintió una vez más.
- Claro, claro, no puede ser.
 
En las siguientes visitas, el ermitaño no se refirió al maravilloso acontecimiento y el bandido respetó el silencio de su maestro durante un tiempo. Pero al final no pudo contenerse más y con voz vacilante preguntó:
- Aquella visita..., ya sabes..., ¿ha venido alguna otra vez?
- Viene a menudo- respondió el ermitaño evasivamente. 
- Escucha -le dijo el bandido bajando la voz sin darse cuenta, como si tuviera miedo de que alguien pudiese oír sus palabras-, ¿qué te parece si me escondiera? ¿No podría verlo yo también? Te aseguro que soy capaz de pasar completamente inadvertido.
 
El rostro del ermitaño adoptó una expresión severa.
- ¿Acaso crees que estoy dispuesto a engañar al arcángel? ¡Si él quisiera manifestarse a ti, ya te hubiera encontrado! Pero te diré que tengo mis dudas de que pudieras llegar a verlo, ofuscado como estás. Sí, estoy seguro de que tus ojos serían ciegos ante esta visión celestial. Olvida tu deseo, hijo mío. No vuelvas a hablarme de ello.
 
Estas palabras impresionaron profundamente al bandido; su maestro no se había mostrado nunca tan severo con él. Sin embargo, no fue la dureza de su tono lo que logró convencerlo de que tenía razón, sino la verdad que descubrió en aquel momento: sólo los santos pueden ver las cosas santas. Estaba claro como la luz del día.
 
El bandido hubiera podido darse por satisfecho con este descubrimiento, de no haber sido porque había una cosa que lo tenía preocupado. Desde hacía un tiempo, los animales ya no se acercaban a la cueva de ermitaño. Si alguno se extraviaba por aquellos parajes, huía tan pronto como él se acercaba. Incluso, un día sucedió que un azor se apoderó de una cría conejo junto a la entrada de la cueva, justo al lado del anciano, que estaba sumido en una profunda meditación. 
 
El bandido comunicó su preocupación a su maestro, pero advirtió que éste no se había dado cuenta de rada. Entonces empezó a preocuparse por él. Intuía oscuramente que algo malo se fraguaba alrededor de aquel buen hombre, y él no estaba dispuesto a permitirlo. Por primera vez en su vida había encontrado un amigo, y estaba decidido a defenderlo de quien fuera, incluso de un arcángel si hiciera falta.
 
Cuando llegó la siguiente noche de luna llena, ya había tomado su decisión. Tan pronto como oscureció, cogió el arco y las flechas y, haciendo caso omiso de su promesa, se dirigió sigilosamente a la cueva. Esta vez se acercó desde otra dirección, se ocultó entre unos matorrales y se dispuso a esperar.
 
En aquel momento la luna llena empezó a elevarse majestuosamente por encima de las ramas de los árboles e inundó el mundo con su luz plateada. Una brisa suave agitaba levemente las hojas y traía consigo un extraño y embriagador aroma. Los grillos cantaban por doquier. En alguna parte del bosque ululó una lechuza, y otra respondió. De pronto se hizo la calma, incluso la brisa dejó de soplar y, en el profundo silencio que lo invadía todo, apareció a lo lejos, más allá de las copas de los árboles, un fuerte resplandor. Era como una nube de luz plateada, al principio muy pequeña, que fue creciendo rápidamente. Pero no parecía que se acercara a través del espacio, sino como si se reflejara desde otro mundo.
 
La aparición fue creciendo y creciendo, y al fin se detuvo delante de la cueva, a unos cuantos palmos del suelo. La luz de la nube fluctuaba sin cesar y formaba figuras. Primero surgieron los dos grifos, unos grandes seres alados con cabeza de águila y cuerpo de león. Su ojos y sus garras lanzaban destellos de rubí, y sus alas eran de un color azul profundo. Después se vio el carro del que tiraban. Parecía hecho de zafiro. En el carro iba un personaje rodeado de un halo de luz suave y poderosa a la vez. Llevaba una túnica blanca como la nieve recién caída, y sus alas extendidas brillaban con todos los colores, desde el violeta de la amatista hasta el frío azul del aguamarina. El lirio que llevaba en la mano irradiaba tal resplandor que oscurecía la luz de la luna.
 
El ermitaño se había inclinado profundamente y permanecía con la frente en el suelo. El bandido, que se había quedado boquiabierto contemplando aquella aparición, hizo un esfuerzo por salir de su asombro. Ahora estaba seguro de que allí había algo raro. Oía que el personaje hablaba con el ermitaño y que éste respondía, pero no podía entender sus palabras. Muy despacio puso una flecha en el arco, apuntó cuidadosamente y disparó.
 
La flecha silbó en el aire y se clavó en el cuello de la figura luminosa.
 
El personaje se tambaleó y se llevó ambas manos a la garganta. Los grifos se encabritaron, batieron sus poderosas alas y, profiriendo pavorosos rugidos, se levaron rápidamente, arrastrando el carro tras de sí.  Al cabo de unos instantes se oyó el crujir de unas ramas y el estrépito de una caída, y de algún lugar del bosque surgió un destello de luz roja que se apagó inmediatamente.
 
El ermitaño, que se había incorporado al oír el silbido de la flecha, había contemplado la escena horrorizado. Cuando se dio la vuelta y advirtió la presencia del bandido lo increpó duramente:
- ¡Hijo de Satanás! -exclamó el hombre fuera de sí, mientras las lágrimas rodaban por sus hundidas mejillas-. ¿Qué has hecho, desgraciado perjuro? ¿Acaso no has cometido ya suficientes pecados? ¿Te faltaba esta fechoría para asegurarte la condenación eterna?
- Calma, calma, amigo mío -lo atajó el bandido-, éste no era el arcángel Gabriel.
- ¡Cuánto orgullo, cuánta presunción! -gritó nuevamente el ermitaño-. ¡Tú, un hijo de las tinieblas y de la ceguera, qué sabes tú de las cosas santas! ¿Es así corno agradeces todos los esfuerzos que he hecho para salvar tu alma? La ingratitud y la soberbia arrojaron a Lucifer al infierno, y tú eres como él. ¡Vete! ¡Apártate de mí, Satanás, y no vuelvas nunca más!
- Escucha -repuso el bandido-, antes de enviarme al infierno directamente y para siempre, ven conmigo a ver qué ha pasado.
 
El anciano gimió y se cubrió el rostro con las manos, pero no opuso resistencia cuando el bandido lo cogió en brazos como a un niño y se adentró en el bosque. 
 
A la luz de la luna le era muy fácil seguir el rastro de sangre. No tuvo que buscar mucho: debajo de un arbusto de espino encontró un tejón muerto con una flecha clavada en el cuello. Allí no había nada más; ni rastro del carro de zafiro, ni rastro de los grifos, ni rastro del lirio.
- ¿Lo ves? -dijo el bandido con una sonrisa bonachona-. Tu mismo me habías advertido que hay espíritus malignos que se introducen el cuerpo de un animal y causan toda clase de daños. Ese era uno de ellos. Vete a saber adónde habrá ido.
 
El ermitaño miraba absorto el cadáver del tejón. Por fin susurro:
- ¿Cómo gas podido adivinar la verdad, hijo mío, si ni yo mismo he sido capaz de descubrir el engaño?
- Muy sencillo -explicó el bandido-, tú me habías dicho que sólo los santos pueden ver las cosas santas. Así pues, no tiene nada de extraño que tú, un hombre sabio que lleva una vida de santidad, pueda ver al arcángel Gabriel. Pero yo, que soy un pecador y un ignorante, lo he visto igual que tú. Entonces me he dicho que aquí había gato encerrado. Por eso he disparado.
 
El ermitaño se quedo silencioso durante un buen rato. Estaba en la oscuridad, de manera que el bandido no podía verle el rostro, pero al cabo de un rato lo oyó sollozar quedamente.
 
- ¿Qué te pasa? -preguntó el bandido, solícito.
- Estoy avergonzado -contestó él ermitaño, con voz entrecortada.
- ¿Por qué? -preguntó el bandido, sorprendido. 
- Porque, en mi presunción, pensaba que tenía que salvar tu alma -respondió el ermitaño-, pero has sido tú quien ha salvado la mía. Se ha cumplido la  promesa que recibí en sueños, pero de una manera muy distinta de como yo esperaba. Se ha cumplido a través de ti, ¿no te das cuenta?
- No-dijo el bandido con toda franqueza-, no entiendo ni una palabra.
- No importa-dijo el ermitaño secándose las lágrimas y sonriendo-. En cualquier caso, me he dado cuenta de que tengo que volver a empezar por el principio y quisiera que tú me ayudaras. Vamos. 



Michael Ende. Artículos en español sobre su vida y obra.

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