lunes, 22 de diciembre de 2025

6. Nadie

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: RHADS


Nadie aquí, al nacer el día,
para el trabajo se avía;
Nadie se arregla y prepara.
Nadie se lavó la cara.
Nadie se tomó el café.
Nadie el zumo, nadie el té.
Nadie salió a ver las flores.
Nadie aspiró sus olores.
Nadie oyó de noche el grillo.
Nadie, de día, el cuclillo,.
Nadie dijo sí niño.
Nadie habló, nadie calló.
Nadie se puso el pijama.
Nadie se metió en la cama.
Nadie relató algún cuento.
Nadie pudo estar atento.
Y en fin, nada ocurriría
puesto que nadie allí había.
A nadie este óvalo abarca,
y su marco a nadie enmarca.

martes, 16 de diciembre de 2025

El ponche de los deseos

Texto: Jose Asgard Arroyo Canales en Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo
Imagen: portada de libro 

 

Escrita en 1989 por el alemán Michael Andreas Helmuth Ende, la novela El ponche de los deseos ha sido traducida a diferentes idiomas, creando asombro y fascinación a lectores en todo el mundo. Los libros de este autor han sido fuente de inspiración para la creación de obras de teatro, ópera, entre otras.

La novela narra la historia del brujo Belcebú Sarcasmo, Consejero Secreto de Magia y distinguido Miembro de la Academia de Negras Artes, con gran dominio en el conocimiento de la hechicería para moldear la realidad a su antojo, quien tiene todo ese poder dedicado únicamente a fines maléficos. La historia se detona con la desafortunada visita del burócrata Maledictus Oruga, el Ministro de las Tinieblas Supremas y representante de Belcebú, el señor de los infiernos, quien le recuerda a Sarcasmo que no ha cumplido con su cuota de maldades pactadas y que antes de la media noche debe ejecutar lo prometido. En el mismo dilema se encuentra Tiranía Vampir quien también debe cumplir su contrato, motivo por el que aparentemente trabajará con Sarcasmo.

La historia mantiene al lector en una tensión constante ya que es una carrera contra al reloj. Los protagonistas solo tienen siete horas exactas antes de que acabe el año para cumplir con el contrato prometido. Abatidos y desesperados necesitan trabajar en conjunto para unir dos mitades de un enigmático pergamino que contiene la fórmula de un brebaje que hace que se cumpla todo lo que deseas.

La tarea es casi imposible, la lista de ingredientes resulta ser una serpiente de pergamino con más de cinco metros de largo, que contiene el secreto del ponche genialcoholorosatanarquiarqueologicavernoso. Mientras realizan la enredosa tarea de desciframiento y preparación del ponche de los deseos, la pugna entre ambos protagonistas permanece latente; es decir, ha llegado el momento, cada uno pretenderá exterminar al otro y ser el único que tome el brebaje sin ser descubierto. Un juego engañoso, en el cual sobrevivirá el más mentiroso y malvado.

Lo que Sarcasmo y Tiranía ignoran es que necesitarán más que un ponche para zafarse de sus obligaciones ya que sus mascotas, un cuervo desplumado con el nombre de Jacobo y un gato robusto con el seudónimo de Mauricio, espías del señor de los infiernos, tratarán de impedir que logren sus planes malignos, obstaculizando sus planes.

El ponche de los deseos parece un texto complejo por lo enredado de la trama, empero, no es así, resulta divertido y fascinante. Michael Ende nos regala una historia mágica dándoles el triunfo a los animales, en esa última noche del año. Algo maravilloso que sin duda es motivo de reflexión. Las descripciones de los personajes, de los objetos, de las escenas, son tantas y tan vívidas que la mente vuela desenfrenada, construye e idealiza una historia legendaria.

Además de tener un magnífico relato, el escritor transmite en cada uno de sus icónicos y extravagantes personajes, moralejas, como la preservación de nuestro entorno, el cuidado de otros seres vivos, la motivación, el siempre creer en nosotros mismos, luchar por lo que soñamos sin nunca darnos por vencidos, incluso cuando el objetivo parece imposible de alcanzar.

Así que El Ponche de los deseos lleva el mensaje implícito que reta a todo lector atrevido: ¡Adéntrate en esta carrera contra el reloj y cruza los dedos en ésta “fabucuenticontalectugenimaravillosa” historia!


viernes, 12 de diciembre de 2025

Michael Ende y sus tortugas

Texto: LUDWIGGALERIE
Imagen: Alejandra Romero


Cuando uno pasea por las obras de Michael Ende, siempre destaca un motivo particular: la tortuga. El autor parece tener preferencia por la tranquilidad.
Hablamos de Casiopea de Momo, de la antigua Morla de La historia interminable y de Tranquilla Tragaleguas, que incluso da nombre a su libro. Cada una de estas criaturas es importante para la historia a su manera. 

Casiopea es un símbolo de esperanza y consuelo, guía a Momo y es la única que está con ella cuando todos sus demás amigos la han abandonado. Al mismo tiempo, son fascinantes los mensajes, a menudo enigmáticos, que aparecen en su caparazón y su capacidad de ver el futuro. Estas cualidades de misterio y misticismo a menudo se asocian con las tortugas. 

La Vetusta Morla, por otra parte, es casi la contrapartida de Casiopea. Mientras Casiopea vive con el Maestro Hora en la hermosa y cómoda Casa de Ninguna Parte, el nombre del sitio que habita Morla, es el Pantanos de la Tristeza, que ilustra una situación completamente diferente. La tortuga es vieja y resignada [a la soledad], lo que también se refleja en su negativa por ayudar a Atreyu en su misión. Esto se simboliza en la descripción de los ojos de ambos personajes:

Sus inteligentes ojos negros brillaban con tal amabilidad, como si de un momento a otro fuera a comenzar a hablar (Ende: Momo, p. 131)

Sus ojos eran grandes como charcos negros. (…) La mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su mente. (Ende: La Historia Interminable, pp. 58-59)
Otro contraste entre las dos tortugas es la voz de la Vetusta Morla y la falta de voz de Casiopea. La voz de Morla se describe como un gorgoteo desagradable que habla consigo misma y en tercera persona. Atreyu sospecha que esto se debe a su soledad. Casiopea, por otro lado, se comunica mediante la escritura. No puede hablar pero sus misteriosas palabras aparecen en su caparazón. Mientras la vieja Morla está atrapada dentro de sí misma, Casiopea es capaz de comunicarse y escuchar sin revelar demasiado de sí misma. Casiopea ayuda a Momo en su lucha contra los ladrones del tiempo, mientras que la Vetusta Morla no quiere ayudar a Atreyu porque ya no le importa nada. Sin embargo, cuando Atreyu la convence de revelar la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil, Morla finalmente, al igual que Casiopea, se convierte en una figura central en la progresión de la historia y tiene una influencia esencial en la aventura del héroe. La Vetusta Morla también parece haber recibido con agrado la visita de Atreyu. Ella se ríe por primera vez en mucho tiempo.

Tranquila Tragaleguas es un tipo de tortuga completamente diferente. No parece ser tan omnisciente ni tan experimentada como Casiopea y Morla, pero tiene una certeza instintiva de que todo saldrá bien. Aunque todos los demás animales se lo desaconsejan, ella quiere llegar por sus propios medios hasta la boda del león y no se la puede disuadir de cambiar su decisión. 
 
Las tres tortugas tienen en común su paz y tranquilidad inherentes. Tranquila Tragaleguas en particular consigue transformar estas características, que también podrían verse como lentitud y letargo, en algo positivo. Su perseverancia le permite alcanzar su objetivo, sin importar el tiempo que le lleve. Su repetida frase “Paso a paso” también muestra esta coherencia frugal y recuerda a Beppo Barrendero de Momo, que hace su trabajo golpe a golpe de escoba. Quién sabe, ¡quizás podamos aprender esta confianza de las tortugas!
 
 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

En lugar de prólogo: para ser más exactos

Texto: Michael Ende en Los mejores cuentos
Imagen: Pixabay

 

 



Todos los miembros de nuestra familia, desde el más viejo hasta el más joven, tenemos la misma pequeña debilidad: la lectura. Es prácticamente imposible conseguir que uno de nosotros, por algún motivo, deje su libro a un lado para hacer alguna otra cosa urgente o inaplazable. Lo cual no significa que esa cosa urgente o inaplazable no se haga. Lo que sucede es que nos parece que no es en absoluto necesario renunciar por eso a la lectura. Se puede hacer perfectamente lo uno si tener que dejar de hacer lo otro, ¿o no? Admito que ello acarrea de vez en cuando algún pequeño percance…, pero ¿qué importa?

El abuelo, pongamos por caso, está sentado en un cómodo sillón de orejas, fumándose su pipa con un libro en la mano. Está leyendo. Al cabo de un rato, sacude su pipa dándole unos golpecitos en el cenicero de la mesita que tiene delante. Bueno, para ser más exactos, no es realmente su cenicero, sino más bien un florero. Por el sonido, el abuelo se acuerda vagamente de que ya hace mucho tiempo que debería haber tomado su medicina para la tos. Así que agarra el florero y se bebe todo lo que hay dentro.

- ¡Mmm, mmm! –gruñe-, ¡qué fuerte está hoy el café…! ¡Lástima que esté tan frío!

La abuela, pongamos por caso, está sentada en el sofá que hay en el otro rincón del cuarto. Lleva puestas unas gafas sobre su nariz y hace calceta entrechocando las agujas. Sobre su regazo hay un grueso libro, que está leyendo.

Teje y teje… ¿Que qué teje? Pues un calcetín, por supuesto. Bueno, para ser más exactos, realmente no es un auténtico calcetín, sino más bien una especie de gigantesca serpiente de lana que cubre ya, serpenteante, todo el suelo de la habitación. Mientras la abuela pasa la página, echa una rápida ojeada al monstruo por encima de sus gafas y murmura:

- Me parece que ha vuelto a haber un incendio en casa. Pero los bomberos no deberían dejarse así, sin más, la manguera tirada por la casa…

El padre pinta retratos. Está, pongamos por caso, en su taller, delante de un lienzo, haciéndole un retrato a una rica y distinguida dama. La dama está sentada ante él en un pedestal; lleva en la cabeza un sombrerito de flores encantador y tiene a su perrillo faldero en el regazo. El padre pinta con una mano y con la otra sostiene un libro que está leyendo. Una vez terminado el cuadro, la distinguida y rica dama se acerca expectante a admirar su propio retrato. El cuadro ha quedado muy bonito. Bueno, para ser más exactos, quizá haya quedado un poco raro, pues a la dama del sombrerito de flores el padre le ha pintado la cara del perrillo faldero, y al perrillo faldero que tenía en el regazo le ha pintado el rostro de la dama. Por eso ahora la dama se marcha bastante indignada sin comprar el bonito retrato.

- Bueno -dice, afligido, el padre-, quizá no haya salido muy favorecida… ¡pero se parece!

La madre, pongamos por caso, está en la cocina preparando la comida. Afortunadamente, se le ha olvidado encender el fuego del puchero, porque, de lo contrario, tal vez la comida ya estuviera un poquito requemada, pues tiene un libro en una mano y lo está leyendo. En la otra mano tiene un cucharón, con el que remueve y remueve. Bueno, para ser más exactos, no se trata realmente de un auténtico cucharón, sino más bien de un termómetro.

Al cabo de un rato, se lo lleva a la oreja y dice, meneando la cabeza:

- Ya ha pasado otra hora. Así, naturalmente, jamás podré terminar a tiempo.

La hermana mayor (tiene catorce años) está, pongamos por caso, en el pasillo, al teléfono, en estado de tensión y con el auricular pegado a la oreja. Ya se sabe que los teléfonos se inventaron expresamente para las hermanas de catorce años, pues sin el auricular en la oreja, todas las hermanas de catorce años del mundo seguro que se morirían por falta de noticias, igual que los buzos sin botellas de oxígeno por falta de aire. Pero nuestra hermana de catorce años tiene, además, un libro en la mano y lo está leyendo. Aun así, naturalmente, oye muy bien todas las cosas emocionantes que su amiga tiene que contarle. Bueno, para ser más exactos, quizá no lo oiga del todo bien, porque en realidad, no ha marcado ningún número. Y así, finalmente, después de un par de horas, pregunta como de pasada:

- Oye, ¿quién es ese “Tuuu-Tuuu” del que llevas hablando todo el rato?

El hermano pequeño (tiene diez años) digamos que va, pongamos por caso, camino de la escuela. Naturalmente él también lleva un libro en la mano y lo va leyendo, pues ¿qué otra cosa mejor podría hacer durante el largo trayecto en el tranvía? El tranvía se bambolea y traquetea, sube y baja, y sin embargo, no acaba de moverse del sitio. Bueno, para ser más exactos, realmente no es un auténtico tranvía, sino más bien el ascensor de nuestra casa, del que el hermano pequeño se ha olvidado salir. Cuando, pasadas algunas horas, sigue sin haber llegado a la parada que hay delante de la escuela, murmura preocupado:

- Seguro que hoy el profesor tampoco va a creerme que, si llego siempre tarde, no es por culpa mía.

El miembro más joven de nuestra familia, el bebé, está, pongamos por caso, acostado en su canastilla. En nuestra familia, naturalmente también el bebé lee ya. Como todos los demás, tiene un libro en la mano, sólo que el suyo es más pequeño y pesa menos que los libros de los mayores, pues se trata de un libro de bebé. En la otra mano tiene el biberón, pues su misión, que él se toma muy en serio, consiste en alimentarse bien para hacerse grande y fuerte y poder leer pronto libros más grandes y más pesados. Pero, para ser más exactos, realmente lo que tiene en la mano no es exactamente su biberón, sino más bien un gran tintero. Y tampoco bebe de él, sino que, de vez en cuando, lo sacude y se echa un chorrito en su cabecita. Eso le trae absolutamente sin cuidado, y sólo cuando finalmente le cae una gruesa mancha de tinta en la página que está leyendo, comienza de repente a llorar y grita (y espero que nadie pondrá en duda que nuestro lector bebé sabe ya, por supuesto, hablar perfectamente):

- ¡Qué alguien encienda la luz, que ya está todo muy oscuro!

Nuestro gato, como la mayoría de los gatos, tiene la misión de cazar ratones. Su profesión lo es todo para él; y por eso, pongamos por caso, se pasa tan a menudo horas enteras delante de una ratonera que hay a la izquierda, en la parte de atrás del cuarto, al lado del ropero. También él, por supuesto, tiene un pequeño libro entre las patas, pues ¿en qué otra cosa mejor iba a emplear tanto tiempo como se pasa al acecho? (Y el que crea que un gato puede leer no debería asombrarse de que también pueda hablar). Así que, como decía, está delante de la ratonera. Bueno, para ser más exactos, realmente no es una auténtica ratonera, pues, mientras estaba leyendo, los ratones le han dado sencillamente la vuelta y lo han corrido un poco hacia un lado, de manera que ahora está delante del enchufe. Al cabo de un rato, mete en él las uñas y echa chispas por el rabo.

- ¡Ay! –maúlla sobresaltado-. ¡Este libro está realmente cargado de tensión!

Nuestra ranita de San Antonio está, pongamos por caso, en su recipiente. Tiene una importante misión: predecir el tiempo subiendo o bajando su escalera. Cumple con su obligación de una manera muy concienzuda, siempre y cuando en ese momento no esté leyendo, pues a estas alturas resultará evidente que en nuestra casa también la ranita de San Antonio tiene su propio libro, que es del tamaño de un sello y además impermeable.

(No malgastaré ahora ni una sola palabra diciendo que una rana que lee también habla). Lo malo es que en realidad no para de leer, y por ello no dedica la atención necesaria a su principal oficio. Aunque a veces, de repente, la mala conciencia puede con ella y se acuerda de su obligación. Entonces, para demostrar su buena voluntad, echa de repente a correr y sube la escalera a toda velocidad, siempre con el libro en su húmeda pata. O la baja exactamente igual deprisa y sin motivo alguno. Bueno, para ser más exactos, realmente no la baja peldaño a peldaño, sino que pisa en el vacío y cae dando tumbos por la escalera abajo, armando un estrépito de mucho cuidado.

- Si no me equivoco –croa entonces frotándose su verde anca-, pronto va a haber una fuerte depresión atmosférica.

El único de nuestra familia que no lee tenía que ser precisamente el ratón de biblioteca, que pongamos por caso, vive en el octavo tomo del diccionario enciclopédico Brockhaus. No señor, no lee. Él valora los libros exclusivamente desde el punto de vista de si son comestibles o no. Por eso sus opiniones sobre el “buen gusto” o el “mal gusto”, por lo menos en ese sentido, sólo tienen un valor muy relativo, y todos los demás tampoco lo consideramos plenamente como un miembro de la familia.

Quizá alguien se esté preguntando ahora qué relación de parentesco guardo yo con el resto de los miembros de la familia. Debo reconocer que ni yo mismo lo tengo del todo claro. Bueno, para ser más exactos, yo a esta gente no la conozco en absoluto, y entre nosotros, casi no me creo que existan realmente. Posiblemente toda esta historia que os he contado ha salido como ha salido porque, mientras la estaba escribiendo, estaba al mismo tiempo leyendo el libro que tengo delante.

Y ahora ya lo único que me queda es aconsejaros que hagáis lo mismo. Bueno, para ser más exactos, realmente ya lo estáis haciendo, pues si no, no habríais leído todo lo que pone aquí. ¡Así que no molestéis y dejadme también a mí seguir leyendo!

 

 

martes, 9 de diciembre de 2025

4. El primer acertijo

Texto: Michael Ende en El libro de los monicacos
Imagen: EliseEnchanted


 

¿Sabes acaso, lector mío,
qué es lo que siempre se te escapa,
pero que siempre hacia ti llega,
aún no teniendo ni pies ni alas?

Es algo que está siempre cerca,
próximo a ti, hagas lo que hagas;
y cuando llega, ya no es
lo que era cuando lo pensabas.

No te viene de Norte o sur,
de Este u Oeste esa palabra;
y no hay poderes en la tierra
que te sirvan para pararla.

Los cobardes la temen mucho;
otros la “ven” con esperanza,
más no la ven, si no es escrita,
y fantasean al nombrarla.

Aunque dos mil años vivieras,
no sobraría esa palabra;
y te valdría igual de noche
que por la tarde o la mañana.

La Nada: Imaginación contra Nihilismo en La historia inteminable

Texto: Atreyu en Fronteras de Fantasia
Imagen: portada de libro




Hoy hablaremos de La Nada, el enemigo invisible que consume Fantasia, y representa algo más que un simple villano: y es una metáfora de la deconstrucción en el nihilismo que amenazan constantemente nuestra capacidad de soñar y crear.

Primero, hablamos de cómo la “Nada” representa una amenaza existencial para la imaginación y el alma humana. Después, nos centramos la manera en que Ende sigue los pasos de Tolkien y Lewis al defender la fantasía como una fuerza transformadora. En tercer lugar, recordamos por qué la adaptación cinematográfica, aunque icónica, no logró capturar los matices de la novela y diluyó su mensaje central. Terminamos con algunas conclusiones.
 

El Significado de la Nada: Más que una Amenaza de Fantasía
En La historia interminable de Michael Ende, la Nada no es simplemente un antagonista o una fuerza oscura que amenaza su mundo, Fantasia. Es, en esencia, la ausencia absoluta de existencia y significado. Aunque, en apariencia, es solo un vacío que devora el mundo, su significado es mucho más profundo. Representa una amenaza existencial: la pérdida de sentido y el abandono de la imaginación. No es un enemigo tangible, sino una fuerza sutil que despoja al mundo de significado.

No destruye de forma activa; su poder radica en borrar por completo cualquier rastro de lo que consume, dejando un vacío donde antes había algo. A diferencia de otros villanos clásicos, no busca conquistar ni dominar, sino erradicar la realidad misma.

Cuando Fantasia empieza a desaparecer, sus habitantes no entienden qué ocurre. No hay ejércitos ni catástrofes, solo la progresiva desaparición de lugares y criaturas. Los habitantes de Fantasia no pueden explicar la Nada con claridad. No es un monstruo ni un ejército oscuro: es la ausencia misma de existencia. Cuando algo desaparece, no deja rastro, ni siquiera un agujero. Como explica el personaje del fuego fatuo al comerrocas al decirle cómo desapareció el lago Cálidocaldo:

Un agujero es algo. Y allí no hay nada.

La Nada se presenta como una fuerza silenciosa que avanza sin ser notada hasta que es demasiado tarde. Fantasia no se desmorona en una batalla épica; se disuelve poco a poco, devorada por el vacío. Este concepto, tan abstracto como aterrador, es una alegoría del nihilismo, el escepticismo y la pérdida de imaginación que acechan tanto al individuo como a la sociedad.

Michael Ende no oculta esta simbología. A través de esta metáfora, explora la idea de que el vacío interior y la falta de propósito no son simplemente problemas personales, sino enfermedades sociales. La Nada es contagiosa y se propaga rápidamente en sociedades que han dejado de valorar la imaginación, el arte y la cultura.

El mensaje de Ende es claro: la imaginación es una herramienta esencial para combatir el vacío. Fantasia solo puede salvarse si los humanos creen en ella y participan activamente en la creación de nuevos relatos. Esta participación es lo que mantiene viva a Fantasía y, en última instancia, al propio ser humano. En este sentido, La historia interminable no solo narra una aventura fantástica, sino que plantea una reflexión profunda sobre el papel del arte y la literatura en nuestras vidas. La Nada es una advertencia: si dejamos de soñar, si permitimos que el cinismo y la desesperanza nos invadan, corremos el riesgo de perder no solo nuestra capacidad de imaginar, sino también nuestra humanidad.

Aquí radica la brillantez de Ende, conectar la nada con el pensamiento nihilista y la corriente filosófica y literaria conocida como “deconstrucción”, que tiene sus raíces en el trabajo del filósofo Jacques Derrida.

Esta teoría sostiene que los textos no poseen un significado fijo o unívoco sino que están llenos de contradicciones, ambigüedades y vacíos que desafían una interpretación cerrada. Derrida argumenta que el lenguaje es inherentemente inestable, lo que impide que un texto pueda tener un solo significado definitivo. En lugar de buscar la “verdad” detrás del texto, la deconstrucción se enfoca en revelar cómo los significados se desplazan y se descomponen, sugiriendo que el texto está en constante deconstrucción a través de la interacción con el lector y el contexto.

El deconstruccionismo sostiene, por tanto, que no hay una verdad fija en los textos ni en la realidad misma. Todo es relativo, y cualquier intento de encontrar un significado absoluto está destinado a fracasar. Según esta perspectiva, un libro no tiene sentido propio hasta que el lector lo interpreta. La obra solo existe en el acto de leerla, y fuera de ello, es simplemente tinta en papel.

Ende parece responder directamente a esta idea. Bastián mismo, justo antes de sumergirse en el libro, reflexiona sobre este concepto:

Me gustaría saber», se dijo, «qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel, pero sin embargo… Algo debe de pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles… y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo eso está en el libro de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo.

Ende, como argumenta Kath Filmer, no niega el papel del lector. De hecho, lo ratifica. Bastian participa activamente en el libro, debe hacerlo porque si no la historia simplemente se repetirá de forma interminable. Una vez que participa y se involucra en el mundo de Fantasia, dando nombre a la Emperatriz infantil, la historia cobra vida y Bastian, como reflejo del lector en general, se involucra en en el mundo inventado en el sentido que Tolkien expresó en su famosa conferencia “Sobre los cuentos de hadas”: El escritor crea un Mundo Secundario donde el lector puede entrar, e involucrarse según sus propios términos, pero para hacerlo, debe existir ese mundo secundario. La entrada de Bastian en el libro transforma el texto, generándose un encuentro de imaginaciones, la del autor y la del lector. Y esta interacción es vital para la vida de Fantasia.

Lewis también aborda esta idea en Las crónicas de Narnia, aunque dándole un toque algo más religioso, especialmente en El sobrino del mago, donde Aslan canta el mundo a la existencia, pero necesita que Digory y otros humanos lo habiten y cuiden de él. El creador establece las bases, pero son los soñadores quienes dan forma y sentido a esos mundos.

En La historia interminable, Fantasia solo sobrevive si hay humanos que creen en ella y aportan nuevos sueños. Sin la participación activa de lectores (en el caso del libro, de Bastián), el mundo imaginario se desmorona y la Nada avanza.

“Nada en absoluto” es por la tanto la esencia de la deconstrucción nihilista. La “Nada” de Derrida, como la de Ende, devora el mundo secundario. Así, por ejemplo, en la conversación de Gmork, el hombre lobo servidor de la Nada, con Atreyu, asegura que “vosotros tenías un mundo, pero yo no”. Los deconstructivistas se niegan un mundo, y niegan también el de los demás, ya sean materiales, imaginativos o espirituales.

 

Ende y la antroposofía
Michael Ende estuvo influido por la antroposofía, una corriente filosófica y espiritual fundada por Rudolf Steiner a principios del siglo XX, que sostiene que la realidad no se limita al mundo físico y material, sino que existe una dimensión espiritual accesible a través de la intuición, la meditación y el desarrollo interior.

Las ideas sobre la imaginación como puente hacia realidades más profundas, el papel de la fantasía para revelar verdades espirituales y la interconexión del ser humano con el universo. O también La Nada, que amenaza con devorar Fantasía, y simboliza también la desconexión espiritual y la pérdida de la capacidad creativa, reflejando el vacío existencial de una humanidad atrapada en el materialismo.

Todo ello parece que refleja algunos conceptos antroposóficos que han permeado en la obra de Ende.

Pero a pesar de lo anterior, la visión del mundo de Ende, como menciona Peter Boccarius en su biografía, no fue moldeada únicamente por la antroposofía, y  nunca adoptó una única corriente de pensamiento. Para el autor, el arte tenía una importancia superior a cualquier sistema filosófico y creía que ni Steiner ni otros pensadores comprendían plenamente su verdadero propósito. En su opinión, el arte no debía ser utilizado para transmitir verdades filosóficas de manera directa, sino que tenía su propia esencia y razón de ser, independiente de las ideas de los intelectuales.
 
 

Fantasía como Resistencia
Al final, Bastian vence a la Nada gracias a su imaginación, pero poco después comienza a usar su creatividad con fines egoístas lo que le lleva a perder la memoria. El poder de la imaginación no finaliza en la verdadera Fantasia, sino que crea una mentira, a la que Bastian debe renunciar para volver a ser humano. En el mundo real, Bastian le cuenta sus aventuras a su padre y gracias al “Agua de la Vida”, que simboliza el poder creativo e imaginativo, sana su relación con él, Fantasia se convierte así en una metáfora de que los mundos mágicos no son sólo una escapatoria para las dificultades, sino una cura y un consuelo, como argumentaba Tolkien.

En palabras del mismo señor J, esta escapatoria es la del prisionero, no la del desertor. El desertor huye, buscando escapar por completo, sin mirar atrás, hacia un mundo de fantasía donde puede esconderse de sus miedos. En ese lugar, se refugia de la realidad, sin querer enfrentar las dificultades que lo acechan. De manera similar, hay quienes se acercan a las historias solo para mirar los detalles superficiales, sin llegar a profundizar en lo que realmente pueden enseñarnos. Se quedan en lo trivial, sin encontrar ninguna lección que aplicar a su vida.

Por otro lado, el prisionero que logra escapar no lo hace para evadir su realidad, sino para regresar a la lucha. Quiere volver al “frente”, a la batalla por lo que es justo, como alguien que ha entendido lo que una historia tiene para ofrecer y lo lleva consigo, aplicándolo en su vida diaria. En este caso, el verdadero enemigo no es el sufrimiento que nos rodea, sino las injusticias, el odio y la ignorancia que nos retienen. La rutina diaria, que a veces sentimos como una prisión, es la que nos invita a rendirnos. Sin embargo, la fantasía puede ser un refugio que, si sabemos usarla correctamente, nos ofrece la posibilidad de escapar, no para escondernos, sino para encontrar la libertad. Y aunque esa libertad no sea fácil ni inmediata, es, al fin y al cabo, una oportunidad para luchar por un mundo mejor.

Como Tolkien defendía, Los cuentos de hadas siempre nos han ofrecido un refugio, un espacio donde podemos escapar de las presiones, las angustias y las limitaciones de la vida cotidiana. No se trata por tanto de huir de la realidad, sino de encontrar en ella una vía para conectar con lo que hay de más profundo y misterioso en nuestro ser. Nos permiten alejarnos, aunque solo sea por un momento, del sufrimiento, las injusticias y la dura perspectiva de la muerte. En este espacio, los límites de lo posible se desvanecen, y lo ordinario se transforma en algo excepcional, lleno de magia y esperanza.

Lejos de ser una evasión trivial, los cuentos de hadas nos ofrecen consuelo en una forma profunda, invitándonos a imaginar que incluso en los momentos más oscuros, existe una posibilidad de redención. A través de lo que Tolkien describió como eucatástrofe, ese giro inesperado hacia la esperanza, los cuentos nos muestran que la verdadera alegría no es ignorar el sufrimiento, sino aprender a enfrentarlo. Aunque el dolor nunca desaparezca por completo, podemos encontrar destellos de luz en medio de la oscuridad, señales de que, a pesar de todo, hay belleza y sentido más allá de las dificultades.

Es esta capacidad de transformar el dolor en algo esperanzador la que hace que los cuentos de hadas sigan siendo tan poderosos. Nos recuerdan que, aunque la vida esté llena de pruebas, siempre hay una posibilidad de algo más grande, algo mágico que nos conecta con un futuro lleno de promesas. En medio de las sombras, estos relatos nos enseñan que los finales felices, aunque parezcan lejanos o inalcanzables, son posibles y que, a través de ellos, podemos hallar una forma de seguir adelante con renovada fuerza.

Por su parte, Lewis compartía esa idea. En su famoso ensayo sobre los cuentos, Lewis decía que las historias fantásticas no nos apartan de la realidad, sino que nos permiten experimentar lo real de una manera más plena. Según él, a través de la fantasía, podemos llegar a entender mejor nuestro propio mundo y nuestras propias emociones, revelando aspectos de la vida que de otro modo podrían pasar desapercibidos. La fantasía, para Lewis, no era solo una forma de evasión, sino una vía para explorar los grandes temas humanos: la lucha entre el bien y el mal, la esperanza frente al sufrimiento y la posibilidad de redención.

Además, Lewis creía que los cuentos de hadas, especialmente aquellos que incluyen elementos de magia y lo sobrenatural, ofrecían una especie de “verdad secundaria”, algo que, aunque no es literal, nos ayuda a entender las verdades más grandes y profundas de la vida.

Es más o menos parecido a lo que Terry Pratchett defendía, con un punto de vista muy diferente, cuando hablaba de creer en las pequeñas mentiras para creer después en las grandes, como comentamos en nuestro post sobre Mundodisco.

Neil Gaiman también aborda en muchas de sus obras  esta idea de que los mitos y las historias dan forma al mundo. En Sandman, el Sueño, como entidad, es una pieza fundamental en el equilibrio del universo. Si los humanos dejan de soñar, el cosmos mismo se desmorona. También Pullman, defiende en La materia oscura que la imaginación es un acto de rebelión frente a la opresión dogmática. El “polvo” que anima su universo es, en esencia, la chispa de la creatividad y el pensamiento libre.

Todo estos autores, resisten la tendencia moderna al cinismo y reivindican el poder de la imaginación como una fuerza transformadora, curativa y profundamente humana.

Ende lleva esta idea un paso más allá. En su novela, la fantasía no es solo una vía de escape, sino la clave para reconstruir el mundo real. Mientras la imaginación exista, la Nada nunca tendrá la última palabra.

La “Nada” en La historia interminable representa la destrucción de la imaginación, un vacío que consume la creatividad y la vida. Sin embargo, Ende sugiere que la imaginación humana, como un poder creativo, es más fuerte que esta nada destructiva. En palabras de Filmer, la Nada no puede ser una amenaza para la imaginación humana, ya que es nada, y la creación humana es creación ex nihilo, esto es, de la nada.
 
 

La Película y el Olvido del Mensaje
Cuando La historia interminable llegó a los cines en 1984, muchos espectadores quedaron fascinados por su estética visual y su mundo lleno de criaturas fantásticas. La película dirigida por Wolfgang Petersen se convirtió en un clásico instantáneo. Y como ya expliqué en el post que hice sobre esta obra, de pequeño la veía en bucle y me sé diálogos enteros de memoria.

Pero si se analiza desde la perspectiva de la obra original de Michael Ende, surge una realidad incómoda: el filme diluye los temas centrales del libro y pierde gran parte de su profundidad alegórica.

La película convierte La historia interminable en una aventura heroica estándar, eliminando entre otras cosas este poderoso mensaje sobre el valor de la imaginación y la amenaza que representa la Nada. Lo que en el libro es una reflexión sobre el nihilismo, la creatividad y el papel activo del lector, se transforma en una lucha simplificada entre el bien y el mal, con efectos especiales y un dragón simpático (que en realidad se parece más un perro que a un dragón, pero esto es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Uno de los mayores errores de la película es cómo se traiciona el propio concepto de “historia interminable”. El libro es, literalmente, una historia sin fin. La relación entre Fantasía y el lector continúa incluso después de cerrar el libro, lo que refleja la idea de que la imaginación nunca se agota mientras haya alguien dispuesto a soñar. En cambio, la película concluye de forma definitiva. Aunque deja abierta la posibilidad de futuras aventuras, el mensaje es claro: la historia ha terminado. Esto contradice directamente el corazón del libro, donde el lector se convierte en parte de la narrativa, llevándola más allá de las páginas.

Toda esta simplificación es lógicamente un reflejo de la tendencia general de la industria cinematográfica: transformar ideas complejas en conflictos superficiales para atraer a un público más amplio. Pero, al hacerlo, se pierde el alma de la historia.

Pero hay más. La fantasía que defiende Ende, al igual que la de Tolkien o Lewis, no es cómoda ni simple. Implica confrontar verdades incómodas, como que la imaginación es frágil y debe ser protegida, que la apatía puede destruir mundos, incluso aquellos que creemos invulnerables y que las historias importan, no solo como entretenimiento, sino como piezas fundamentales de nuestra humanidad.

Llevar estos conceptos al cine es complicado. La industria tiende a priorizar el espectáculo visual sobre la introspección filosófica. Como resultado, La historia interminable se adapta como una aventura fantástica con moralejas básicas, pero sin el peso metafísico que hace del libro una obra atemporal.
 
 

Conclusión
La historia interminable no es solo un libro para niños. Es una advertencia disfrazada de cuento, una invitación a reconectar con la imaginación en un mundo donde la apatía y el vacío avanzan sin cesar. Michael Ende entendió que las mayores batallas no se libran con espadas o ejércitos, sino en el corazón y la mente de cada persona.

La Nada que devora Fantasia no pertenece solo al reino de la ficción. Se manifiesta en la vida real cuando dejamos de soñar, cuando creemos que las historias ya no importan y cuando caemos en el escepticismo absoluto. Este vacío se alimenta de nuestra indiferencia, del cinismo cotidiano y de la creencia de que la imaginación es un pasatiempo infantil.

En la novela, la salvación de Fantasía depende de Bastián, un lector. Este mensaje no podría ser más claro y positivo: La imaginación no es pasiva. Es un acto de creación, y todos participamos en él.

Cada vez que abrimos un libro, vemos una película o simplemente imaginamos algo diferente, creamos pequeños fragmentos de Fantasia. Pero si dejamos de hacerlo, si cedemos ante el agotamiento o la indiferencia, la Nada avanza.

Ende nos enseña que los lectores somos héroes silenciosos. Al participar en la historia, no solo rescatamos mundos ficticios, sino que cambiamos nuestra percepción del mundo real. El viaje de Bastián, como el de Frodo o el d Lucy, es también el nuestro. La verdadera magia de la fantasía reside en su capacidad para transformarnos desde dentro, haciéndonos más fuertes, compasivos y creativos.

En un mundo donde la “Nada” parece manifestarse de nuevas formas –ya sea en el exceso de información vacía, el cinismo generalizado o la falta de conexión con el arte y la literatura–, La historia interminable sigue siendo una obra imprescindible. Es un recordatorio de que, mientras la imaginación exista, siempre habrá esperanza para crear nuevos mundos y, con ellos, salvar el nuestro.

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Una lectura filosófica de Momo, de Michael Ende

Texto: Andrés Jiménez Abad en Filosofía y Educación
Imagen: Simona Ceccarelli
 

 

PRESENTACIÓN

Momo es una novela juvenil publicada en 1973 por Michael Ende, el autor de La historia interminable. Es una narración, a primera vista, fantástica. Pero el mensaje que nos transmite encaja tan ajustadamente con nuestro tiempo, que uno tiene la sensación de encontrarse ante una historia demasiado real.

Momo es una niña prodigiosa. Tiene a su edad -entre ocho y once años- el don de consejo, más esperable en una persona mayor que en una preadolescente. No se sabe quienes son sus padres y vive entre las ruinas de un anfiteatro romano, en un espacio que los vecinos le han acondicionado. Viste desgarbadamente. La prenda más habitual es un chaquetón que desborda su cuerpecito, siempre arremangado y con un cinturón que impide arrastrarlo por el suelo. No lo hace por capricho, tiene además el extraño don de discernimiento. Ella sabe lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Desde luego no las cosas materiales.

Por ejemplo, lo más importante para ella es tener amigos, ganarse nuevos amigos, dedicar su tiempo a la amistad. Su don de consejo no consiste en que sabe dar a cada persona la respuesta más sagaz y conveniente, no. Su habilidad admirada es que sabe escuchar a cada persona de tal manera, que todos se retiran de ella con la impresión de haber sido entendidas. Ser escuchados, he aquí una de las necesidades más urgentes y epidémicas de nuestro tiempo. Escuchar desde la intimidad y no con mirada y oídos distraídos, como quien oye llover. Cuando alguien nos escucha, nos parece que le importamos.

El estilo de vida de Momo y sus amigos ha desencadenado una persecución a muerte por parte de los hombres grises, una especie de secta que predica el ahorro del tiempo, como clave para conseguir una vida más confortable y feliz. Han llenado la ciudad, las fábricas, oficinas y trasportes de eslóganes del tipo “El tiempo es oro”, frente a Momo que tiene muy claro que el “tiempo es vida”. Trabajar más en menos tiempo. Para ello hay que suprimir todo aquello que por no producir beneficios contables debemos tenerlo por pérdida del tiempo, por dilapidarlo. Toda actividad humanitaria se convierte en pasatiempo y por ello hay que suprimirla. Aún a costa del estrés, del vacío existencial y de una corrosiva y amarga tristeza.

Michael Ende nos está poniendo delante una radiografía de una enfermedad común de nuestro tiempo. Siempre deprisa y hacia fuera de nosotros mismos sin hallar momento para el encuentro íntimo ni la confidencia. En el ser humano todo modelo es posible, toda manera de vivir practicable; pero sólo una, la que se acomoda al bien de nuestra naturaleza, nos lleva hacia la perfección y la felicidad.


UN APARTADO ANFITEATRO
El escenario inicial donde discurre Momo es el del contraste entre las modernas urbes, agitadas por el ruido y por las prisas, “donde la gente va en coche o en tranvía, tiene teléfono y electricidad…”, y ciertos reductos en los que -lejos del mundanal ruido- la sencillez y la pobreza caracterizan a ciertas gentes buenas, acogedoras y alegres que, sin grandes filosofías, muestran que la felicidad no consiste en llegar a tener lo que se quiere, sino en saber querer y apreciar lo que se tiene, aunque sea poco. Gente, como se dice en las primeras páginas, amable y pobre, que “conocía la vida”.

En uno de esos raros lugares aparece un día Momo, una niña también pobre, con unos ojos negros de limpia y sugerente mirada. Analfabeta, escapada de un hospicio sin alma, se instala entre las ruinas de un antiguo anfiteatro con ayuda de sus vecinos, gente sencilla que, para recibirla, organiza una sencilla y divertida fiesta “como sólo saben celebrarlas la gente modesta”.

La amistad entre la pequeña Momo y la gente de los alrededores hizo que la niña viera remediadas sus principales necesidades. Siempre tenía algo que comer, “un techo sobre su cabeza, una cama y, cuando tenía frío, podía encender el fuego. Y lo más importante, tenía muchos y buenos amigos.”


SABER ESCUCHAR
Lo más sorprendente era que en ese tenerse unos a otros, en su amistad, la gente pronto se dio cuenta de que había tenido mucha suerte, pues necesitaban a Momo hasta el punto de que ésta llegó a hacerse imprescindible.

Pero, ¿por qué?... Pues resulta que Momo poseía una curiosa capacidad: la de escuchar. Gracias a ella, vecinos y amigos se redescubrían a sí mismos. El hecho de ser acogidos y estimados por alguien les movía a comprenderse y quererse a sí mismos y entre ellos. Pero, ¿tan importante es saber escuchar?

Pues sí, escuchar, escuchar de verdad, es atender, comprender, acoger, valorar. La verdadera escucha es interior. A través de la mirada, incluso de la disposición corporal, nos mostramos abiertos a lo que la otra persona dice desde su corazón. Apreciamos no sólo sus palabras, sino también lo que quiere decir a través y más allá de esas palabras.

La escucha sincera, sin juzgar ni condenar al otro, concediéndole su tiempo, suscita sentimientos positivos de confianza entre las personas. Es en el fondo un aspecto esencial del trato respetuoso y amable. Hablamos de la habilidad de escuchar, no sólo lo que la persona está expresando directamente, sino también los sentimientos, ideas o pensamientos que subyacen a lo que se está diciendo. Por eso no es posible escuchar con prisas. Es necesario tiempo, sosiego, silencio, paz. Y muy pocas personas saben escuchar de verdad.

El texto que vamos a leer a continuación se centra en el modo en que Momo sabía prestar su atención a los demás, fundamentalmente a través de una escucha acogedora y sincera, saliendo de las propias preocupaciones y mostrándose atenta sólo a quien le estaba hablando. El efecto en las demás personas era sorprendente y muy positivo.

Cuando sabemos escuchar a los demás –o cuando nos sentimos escuchados de verdad-, la persona a la que se escucha, casi sorprendentemente, se siente atendida, comprendida y valorada; y es capaz de sacar lo mejor de si misma. La actitud de escucha a los demás no es fácil, ha de ser aprendida y cuidada. Es una clave esencial para una relación de respeto a las personas, de confianza, de amistad.

El respeto implica aceptar a las demás personas como valiosas por encima de todo, reconocer su dignidad personal a pesar de sus defectos o de las diferencias que puedan producirse en el trato o la relación mutua. El modo en que las personas nos sentimos tratadas –respetuosamente o no- repercute en el concepto que podemos llegar a tener de nosotras mismas y del grado de autoconfianza o autoestima que podamos desarrollar.

“Casi siempre se veía a alguien sentado con ella, que le hablaba solícitamente. Y el que la necesitaba y no podía ir, la mandaba buscar. (…)

Pero, ¿por qué? ¿Es que Momo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿Encontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios sabios y justos?

No; Momo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso.

Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que —ya que vivía en una especie de circo— sabía bailar o hacer acrobacias?

No, tampoco era eso.

¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo?

Nada de eso. Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar.

Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y es con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.
Una lectura filosófica de Momo, de Michael Ende

Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería.

O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres.

Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo.

¡Así sabía escuchar Momo!


CÓMO HACER BIEN LAS TAREAS DE CADA DÍA
Leemos en el capítulo IV de “Momo”:

“Algunos opinaban que a Beppo Barrendero le faltaba algún tornillo. Lo decían porque ante las preguntas se limitaba a sonreír amablemente y no contestaba. Pensaba. Y cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. Pero cuando la creía necesaria, pensaba sobre ella. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, el otro, claro está, había olvidado qué había preguntado, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía.

Sólo Momo sabía esperar tanto y entendía lo que decía. Sabía que se tomaba tanto tiempo para no decir nunca nada que no fuera verdad. Pues en su opinión, todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión.

Cada mañana iba, antes del amanecer, en su vieja y chirriante bicicleta, hacia el centro de la ciudad, a un gran edificio. Allí esperaba, con sus compañeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le señalaban una calle que tenía que barrer.

A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario.

Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso—inspiración—barrida.

Paso—inspiración—barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso—inspiración—barrida.

…Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos…

—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.
Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Una lectura filosófica de Momo, de Michael Ende

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:

—Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:

—Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió:

—De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:

—Eso es importante.”

La doble lección moral que se nos transmite en este sencillo texto es de gran actualidad y su aprendizaje y puesta en práctica de una urgencia inexcusable.

Beppo Barrendero, así se llama el amigo viejo de Momo, es un hombre bajito y entrañable. Primera lección: Beppo no miente nunca, porque, como nos dice en el texto, “todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión”. Su candidez está henchida de sabiduría. Cuando le plantean una pregunta nunca responde a la ligera, por eso se toma el tiempo necesario hasta aburrir al interlocutor. Sólo Momo le entiende, porque sabe que su respuesta pausada estará llena de lucidez.

Si hoy sirve en apariencia cualquier respuesta es porque no escuchamos ni atendemos, y en el fondo nos da igual la afirmación que su contrario. Sí, hasta se puede mentir si se entiende que sacaremos algo a cambio. Es lamentable lo que ocurre en nuestros días. La mentira oficial está al cabo de cada día y en medio de nuestras calles. En los medios de comunicación y en las altas tribunas políticas. Se nos miente porque nadie tiene en cuenta nuestra dignidad. Se nos miente con engaño doloso, porque se nos considera estúpidos. Se insiste en que el fin justifica los medios. Se nos miente porque se ha perdido la confianza en la verdad. Qué más da, si total…

Segunda lección. La llamamos moral porque hacer bien todo lo que se nos ha encomendado implica estar sometido ese “todo” a una ley suprema de moralidad y de belleza. La perfección del mundo depende del trabajo bien hecho, de hacer bien el bien.

Nuestro tiempo exige todo inmediatamente. Pero las prisas no van de la mano con ninguna obra bien acabada. Incluso hacer una tortilla francesa como Dios manda exige destrezas y saberes no improvisados. Claro que de ese modo reconocemos la dignidad del comensal, por humilde que sea; pero al mismo tiempo mostramos las potencialidades de un huevo, que precisamente fue creado para alcanzar su plenitud y ofrecérsela a los humanos. De lo contrario nunca hubieran sido reconocidas. Lo mismo digo de una acelga, cuidar a los enfermos o educar a los niños. Y así con todo. El trabajo bien hecho es impagable; por eso tiene como recompensa la satisfacción interior.

Beppo nos va a aleccionar sobre otra faceta vinculada a las prisas. Los peligros del estrés y del desaliento. De un lado para otro, siempre corriendo, siempre con la sensación de no llegar y siempre con la impresión de tener que echar las manos a la cabeza porque lo mejor o se te ha olvidado o no has podido ni comenzarlo. Y así un día tras otro “hoy como ayer y siempre igual”. Tarde o temprano nos rompemos. No podemos más.

La lección de Beppo no dice que es mejor ignorar lo que tenemos que hacer. Eso sería un disparate. Su consejo es que no podemos hacer a la vez las mil tareas pendientes. Al contrario: una después de otra y sin mirar hacia los lados. Si miras el total de la larga calle es imposible que no te sientas abrumado. Lo mismo que si consideras la tarea que todavía te queda por realizar. Por ello Beppo desaconseja mirar la larga calle que has de barrer. Las mil tareas nos desbordarán: “—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.”

Su consejo no puede ser más simple pero tampoco más práctico y certero. Paso a paso y poco a poco o como con gracejo repite Beppo: “Paso—inspiración—barrida” “Paso—inspiración—barrida”. Lo decía ya nuestro viejo refranero: “Poco a poco hila la vieja el copo”.

No olvidemos que la vida no tiene de real más que el momento presente. Lo pasado ya no existe, el porvenir tampoco, todavía; solo pertenece a Dios. La vida ha de ser llenada de intensidad y amor -divino y humano- en este instante que está transcurriendo, porque nadie puede prometerse el próximo segundo. Hay que ceñir toda la vida y toda la actividad a ese “ahora”, que es el único tiempo que Dios nos concede. Si es el único tiempo que tenemos para santificarnos, no busquemos en otra parte la felicidad.


EL TIEMPO ES VIDA: A PROPÓSITO DE UN BARBERO
Uno de los capítulos más representativos del mensaje de la novela de Michael Ende es el capítulo sexto. En él se comienza y se concluye con una reflexión acerca del tiempo y de su auténtico valor: “El tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.”

Es este precisamente el tema nuclear de toda la obra. Deberíamos preguntarnos por qué se insiste en esto. En el arranque de este capítulo, se afirma:

“Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana… Todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo”.

El propio San Agustín en su obra Las confesiones enuncia aquella paradoja que se ha hecho tan famosa: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que o lo pregunta, no lo sé”.

Ciertamente, no es fácil de comprender. Pero es importante y a la vez urgente meditar sobre él. Y en este libro con hechuras de novela juvenil se hace con gran hondura a través de los diferentes personajes. Ya hablamos en el programa anterior del Beppo Barrendero y de la importancia de vivir, valorar y aprovechar el momento presente.

En este capítulo es la historia del barbero Señor Fusi la que nos sirve para distinguir entre dos maneras de entender qué es el tiempo: la que afirma que el tiempo es oro, un capital que se agota al emplearlo y que ha de invertirse de manera rentable, no perderlo lamentablemente en cosas que no sean útiles. Frente a esa forma de concebirlo existe otra, que es la que propone Michael Ende: el tiempo es vida, es decir, donación de uno mismo, vida consciente convertida en don, ocasión para obrar haciendo el bien y amar, buscar el bien de aquellos a los que uno dedica su tiempo. Por eso se añade que la vida reside en el corazón.

El señor Fusi es un personaje entrañable para los clientes y los vecinos. Inquieto al ver que el tiempo se le iba sin haber dejado en su vivir algo que le prestigie, le ha asaltado la idea de que debe recuperar el tiempo y tras recibir la visita del agente correspondiente de los hombres grises ha decidido cambiar su estilo de vida.

El barbero afable se ha convertido en un ser huraño que solo busca en su trabajo ganar tiempo y dinero, aunque deje de hacerlo con la habilidad de antes y pierda la satisfacción que siempre le había proporcionado. De la misma manera corta su dedicación a los amigos, a Dorita, la amiga inválida, e incluso al cuidado de su madre. Para colmo, abandona el hábito del examen cuidadoso había realizado siempre antes de dormir. ¿Pero adónde había ido el tiempo ahorrado? El tiempo es una sucesión fugaz que solo se remansa psicológicamente cuando la fiesta o la obra buena, permiten el recuerdo gozoso y la satisfacción personal. Claro que ganaban más dinero, claro que podían vestir mejor; pero cada vez se volvían más nerviosos e intranquilos; sus rostros aparecían tristes y se estaban volviendo desagradables.

Un hecho llama poderosamente la atención: los hombres seducidos por el tiempo no soportan el silencio. Aturdirnos es mejor que dar ocasión para caer en la cuenta de la locura en que vivimos. Griterío en todo momento, griterío en toda la ciudad. Es insoportable adentrarnos en nuestro interior y constatar que nos hemos quedado vacíos. ¿Seguro que se trata de una novela fantástica?:

El propósito de ahorrar tiempo para poder empezar otra clase de vida en algún momento del futuro se había clavado en su alma como un anzuelo. Y entonces llegó el primer cliente del día. El señor Fusi lo atendió refunfuñando, dejó de lado todo lo superfluo, se estuvo callado, y, efectivamente, en lugar de en media hora acabó en veinte minutos. Lo mismo hizo desde entonces con todos los clientes. Su trabajo, hecho de esta manera, no le gustaba nada, pero eso ya no importaba. Además del aprendiz, contrató dos oficiales y vigilaba que no perdieran ni un solo segundo. Cada movimiento se realizaba según un plan de tiempos exactamente calculado. En la barbería del señor Fusi colgaba ahora un cartel que decía: “el tiempo ahorrado vale el doble”. (…)

Así que ya no podían celebrar fiestas de verdad, ni alegres ni serias. El soñar se consideraba, entre ellas, casi un crimen. Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio. Pero está claro que no se trataba de un ruido divertido, como el que reina allí donde juegan los niños, sino de uno airado y pesimista, que de día en día hacía más ruidosa la ciudad…

Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría.

Prosigamos con la narración. Se nos presenta a un hombrecillo normal, sencillo y bueno. El señor Fusi no era “un peluquero famoso, pero era apreciado en su barrio. No era pobre ni rico. Su tienda, situada en el centro de la ciudad, era pequeña, y ocupaba a un aprendiz.” Como a todo el mundo, de vez en cuando, al señor Fusi le venían momentos de melancolía. Aquél era un día gris, plomizo, también para su ánimo.

“-Mi vida va pasando, se decía para sí, entre el chasquido de las tijeras, el parloteo y la espuma del jabón. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? El día que me muera será como si nunca hubiera vivido… ¡Toda mi vida es un error!... Un insignificante barbero, eso es todo lo que he conseguido ser. Pero si pudiera vivir de verdad, sería distinto… Y se imaginaba algo importante, algo muy lujoso, tal como lo veía en las revistas.”

La verdad es que la cosa no era para tanto. Le encantaba charlar con sus clientes, opinar y escucharles. Su trabajo le gustaba y sabía que lo hacía bien. Pero hay momentos en que uno se olvida de todo eso…

Aparece en escena entonces un astuto ladrón de tiempo, un “hombre gris”, como se le llama en la novela. Los hombres grises encarnan un poder siniestro, puesto que se encargaban de inocular la prisa a todas las personas con el fin de que perdieran la paz, el sosiego y la capacidad de valorar las cosas que tenían. Les hacían ver que habían nacido para el éxito y que lo que importa en la vida es hacer muchas cosas, sin perder nada de tiempo en aquellas que no fuesen útiles.

Los hombres grises encarnan simbólicamente una versión moderna del “carpe diem”, la mentalidad del triunfo a toda costa por medio del propio hacer que sustituye el bien por lo útil, por el propio interés, por el éxito. El éxito estriba en trabajar mucho, en producir, en triunfar en el dominio de las cosas y de los hombres, de los negocios. En ganar más dinero y en tener aún más cosas, aquí y ahora, ya; del modo más eficiente y rentable. Averiguar cómo fun­ciona el mundo y aprovecharse de su funcionamiento, al máximo y a cualquier precio. Convencer, seducir, explotar, manejar eficazmente las apariencias para triunfar. Y así hacerse a uno mismo. La libertad a la que se aspira se reduce al poder adquisitivo.

Pues bien, el hombre gris convencerá al señor Fusi de que, en efecto, ha gastado su vida inútilmente. Su tiempo, le dice es un capitalazo, una fortuna que tiene que invertir con sagacidad. Y empieza a enumerar las cosas que el buen peluquero realiza cotidianamente y que según él son un despilfarro de tiempo porque no obtiene nada tangible a cambio; tiempo perdido. Lo que deberá hacer a partir de ahora será ahorrarlo:

“Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa, y dejar de lado todo lo inútil. En lugar de media hora, dedique un cuarto de hora a cada cliente. Evite las charlas innecesarias. La hora que pasa con su madre la reduce a media. Lo mejor sería que la dejara en un buen asilo, pero barato, donde cuidaran de ella, y con eso ya habrá ahorrado una hora. Quítese de encima el periquito. No visite a la señorita Daría más que una vez cada quince días, si es que no puede dejarlo del todo. Deje el cuarto de hora diario de reflexión, no pierda su tiempo precioso en cantar, leer, o con sus supuestos amigos. Por lo demás, le recomiendo que cuelgue en su barbería un buen reloj, muy exacto, para poder controlar mejor el trabajo de su aprendiz.”

Y añade enseguida:

“Bienvenido a la gran comunidad de los ahorradores de tiempo. Ahora también usted, señor Fusi, es un hombre realmente moderno y progresista. ¡Le felicito!”.

Y efectivamente, pensando que todo era idea suya, empezó a dejar de lado las charlas con sus clientes y a despacharlos casi en la mitad del tiempo.

“En la barbería colgó un cartel que decía: El tiempo ahorrado vale el doble”. Escribió una cartita breve, objetiva, a la señorita Daría, en la que decía que por falta de tiempo no podría ir a verla. Vendió su periquito a una pajarería. Envió a su madre a un asilo bueno, pero barato, adonde la iba a ver una vez al mes. También en todo lo demás siguió los consejos del hombre gris, pues los tomaba por decisiones propias.”

Pero “cada vez se volvía más nervioso e intranquilo, porque ocurría una cosa curiosa: de todo el tiempo que ahorraba, no le quedaba nunca nada. Desaparecía de modo misterioso…”

El caso es que nunca se paró a preguntarse por ello. Había caído en una especie de obsesión ciega. Y lo mismo le ocurría a mucha gente de la gran ciudad bajo el bombardeo de campañas en la radio, la televisión y los periódicos, que pregonaban las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo y traerían un día la verdadera libertad y la felicidad a los hombres. Pero la realidad era otra: Es cierto, tenían más dinero y gastaban más, vestían mejor… pero sus rostros eran de desagrado, cansancio y amargura. Y no tenían tiempo para escuchar a nadie que pudiera ayudarles. Ni podían celebrar verdaderas fiestas, alegres o serias. Ya no tenían verdaderos sueños ni eran capaces de soportar el silencio, ya que en él se intuía lo que estaba ocurriendo de verdad. Y por eso hacían ruido siempre que les amenazaba el silencio.

“El que a uno le gustara su trabajo y lo hiciera con amor no importaba; al contrario, eso sólo entretenía. Lo único importante era que hiciera el máximo trabajo en el mínimo de tiempo…” “-El tiempo es oro, ahórralo”, se les repetía, incluso en las propias escuelas.

Y así, la ciudad cambió. Las casas eran todas iguales porque era más barato y más rápido construirlas así. Todo estaba calculado y planificado con exactitud. Cada centímetro y cada instante. Era, en fin, un desierto de monotonía. Y como nadie daba su tiempo si no era por el propio interés, su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Y añade el narrador:

“Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues nadie para ellos tenía tiempo.”

Alguna vez hemos recordado lo que decía Viktor Frankl: “A menudo se tiene la impresión de que algunas personas caminan cada vez más y más de prisa con el fin de no plantearse si van en realidad a alguna parte”. Frente a ello, se trata de descubrir el tesoro que existe en cada instante, el único real, por otra parte, aunque efímero. "Saber" viene etimológicamente de "saborear", de pararse a apreciar el "sabor", la belleza y la singularidad de cada cosa -y de cada persona-, de dedicarle atención. De dejarla ser lo que es y captar su trascendencia, como una nota necesaria y única en la gran sinfonía de la creación.

Se trata, en fin, de caer en la cuenta -como el principito del que hablaba Saint Exupèry, gracias a su amistad con el zorro- de que el tiempo es vida, donación de sí, ocasión de obrar amando. Es una forma de darse sin perderse y una fuente de valor: "El tiempo que perdiste por tu flor es lo que la hace tan importante".

Este tiempo que es vida consciente y convertida en don, no tiene "precio" sino "valor". Y si el tiempo es vida, dar tiempo es dar vida, amar. El amor da valor a todas las cosas y también al tiempo efímero, cuando éste se convierte en don. Santa Teresa de Calcuta decía que "el valor de nuestras acciones no está en su cantidad, su magnitud o su espectacularidad, sino en el amor que ponemos al realizarlas". Pero el amor no sabe de prisas, lo que busca es “saborear”, permanecer, contemplar. Algo que olvidó el señor Fusi buscando desesperadamente no perder el tiempo para ser feliz.


SIN TIEMPO PARA LOS HIJOS
En el comienzo del capítulo 7 de Momo, el autor nos cuenta el caso de los niños que se acercaban por el anfiteatro donde vivía Momo para pasar algunos buenos ratos con ella y sus amigos Beppo Barrendero y Gigi, el contador de historias.

Los ladrones de tiempo –los “hombres grises”- habían extendido su negativa influencia por todas partes, y los efectos de ella son percibidos de modo especial, como vamos a ver, por los niños. Éstos notaban que sus padres, obligados a trabajar mucho tiempo fuera de casa, ya no tenían tiempo para dedicarles. A cambio, les compraban caros juguetes con los que pretendían compensar su ausencia.

Pero lo malo es que los vínculos personales iban dejando el sitio a la soledad. Y la soledad traía consigo, no solo el aburrimiento y la pérdida de la alegría, sino la percepción de que, en el fondo eran menos queridos de verdad. Dar tiempo es dar vida, pero cuando no se tiene tiempo para estar con los próximos, se produce un lento pero implacable enfriamiento de las relaciones. El llamado “tiempo de calidad” no es capaz de suplir un tiempo vital suficiente, el que consiste en “estar con” otra persona, sin prisas, dando lugar a la escucha, a las confidencias, al simple e insustituible “vivir juntos” los unos para los otros.

El termómetro más preciso de este vacío no es otro que el de una tristeza que se va haciendo habitual. La tristeza de no tener ya la certeza de ser querido de verdad.

El caso es que Momo, Gigi y Beppo empiezan a sospechar que está pasando algo:

“-Me da la impresión de que nuestros amigos vienen cada vez menos a verme. A algunos hace tiempo que nos los he visto” –dijo Momo.

“-Sí –opinó Gigi pensativo-, a mí me ocurre lo mismo. Ya no es como antes. Pasa algo.”

Beppo, asintió: “-Sí, es verdad. Se acerca. Ya hace tiempo que vengo observándolo. -¿El qué? –preguntó Momo. –Nada bueno, respondió Beppo. Y añadió: -Empieza a hacer frio.

–Pero cada vez vienen más niños, dijo Gigi. –Precisamente por eso –dijo Beppo. Pero no vienen por nosotros. Sólo buscan un refugio.”

Precisamente aquella tarde había varios niños nuevos, entre ellos uno más pequeño que se trajo una radio. Todos ellos se limitaban a sentarse, aburridos. A veces molestaban, porque sí, y lo estropeaban todo. A menudo había incluso gritos y peleas.

Y otra cosa interesante: Cada vez era más frecuente que los niños trajeran toda clase de juguetes caros –un tanque de mando a distancia, un cohete espacial, un robot…- con los que no se podía jugar de verdad. Eran tan perfectos que no dejaban nada para la imaginación. Por eso, al cabo de un rato, acababan volviendo a sus antiguos juegos, para los que bastaba un par de cajas, un mantel roto o un puñado de guijarros con los que imaginaban mil fantasías.

Pero aquella tarde no había forma de jugar…

“Porque el niño pequeño que se había traído una radio portátil… había puesto el aparato a todo volumen. Era una emisión de publicidad.” –Bájala, le dijeron. —Ni tú ni nadie tiene que mandarme nada. Puedo poner mi radio tan alto como quiera.

Pero al cabo de un ratito se calló, bajó la radio y miró para otro lado. Momo fue hacia él y se sentó, callada, a su lado. El niño apagó la radio.”

Gigi entonces les pidió que contaran algo de ellos y de sus casas. Y de repente los niños se pusieron tristes.

—Ahora tenemos un coche muy bonito —dijo al fin uno de ellos—. El sábado, cuando mi mamá y mi papá tienen tiempo, lo lavan. Si he sido bueno, también me dejan ayudarlos. Más adelante yo también quiero tener un coche así.

—Yo —dijo una niña pequeña—,puedo ir cada día al cine sola, si quiero. Allí piensan que estoy bien guardada, porque ellos no tienen tiempo para ocuparse de mí.

Después de una breve pausa añadió́: —Pero no quiero estar guardada. Por eso vengo aquí́ a escondidas…

—Yo ya tengo once discos de cuentos —dijo un chico pequeño—, que puedo escuchar cuantas veces quiera. Antes me contaba cuentos mi papá, por la noche, cuando volvía de trabajar. Eso sí que era bonito. Pero ahora no está nunca. O está cansado y no tiene ganas.

—¿Y tu mamá? —preguntó María. —También está fuera todo el día.

—Sí —dijo María—, en mi casa pasa igual… Cuando vuelvo del colegio, caliento la comida que nos han dejado. Entonces hago mis deberes. Y entonces... —se encogió de hombros—, bueno, entonces nos vamos a pasear, hasta que oscurece. Casi siempre venimos aquí.

Todos los niños asintieron, porque más o menos les ocurría lo mismo a todos.

—En realidad me alegro —dijo Blanco, aunque no parecía nada alegre—, de que mis padres no tengan tiempo para mí. Porque si no, empiezan a pelearse y me pegan.

De repente se dirigió hacia ellos el niño de la radio y dijo: —Pues a mí me dan mucho más dinero que antes.

—¡Claro! —contestó Blanco—. Lo hacen para librarse de nosotros. Ya no nos quieren. Pero tampoco se quieren a sí mismos. Nada les gusta ya. Eso creo.

—¡Eso no es verdad! —gritó, airado, el niño nuevo—. Mis padres me quieren mucho. No es culpa de ellos que ya no tengan tiempo. Por eso me han regalado la radio portátil. Es muy cara. Eso es una prueba, ¿no es verdad?

Todos callaron. Y, de pronto, este niño, que durante toda la tarde había sido un aguafiestas, empezó a llorar. Intentó ocultarlo y se frotó los ojos con los puños sucios, pero las lágrimas corrían en rayas claras por sus mejillas manchadas.

Los demás niños le miraban comprensivamente o miraban al suelo. Ahora lo entendían. En realidad, todos estaban en el mismo caso. Todos se sentían dejados en la estacada.

—Sí —volvió a decir el viejo Beppo después de un rato—, empieza a hacer frío.


“NO TENGO TIEMPO”
Momo estaba muy extrañada de que sus amigos, las gentes sencillas que vivían en el barrio, no vinieran a verla para que ella les escuchara y de ese modo se encontrasen a sí mismos. Todo apuntaba en la misma dirección: ya nadie tenía tiempo.

Hubo una vez en que tuvo que mediar en una discusión entre Nicola, el albañil, y Nino, el tabernero, y hacía ya mucho que no habían ido a verla.

Alguien le dijo que Nicola no aparecía apenas por su casa, pues trabajaba en un barrio de nueva construcción al otro lado de la ciudad y que ganaba un motón de dinero. Así que le estuvo esperando y se encontró con que llegó tardísimo y al parecer no muy sobrio. Se alegró mucho de ver a su amiga Momo, pero reconoció que, aunque tenía ganas de ir a visitarla, no tenía tiempo para asuntos… particulares.

“-Ya no es como antes, le dijo. Los tiempos cambian. Ahora se trabaja a otro ritmo, se va muy deprisa y todo está organizado hasta el último detalle. Te confieso que bebo demasiado, pero es que no puedo soportarlo: Demasiada arena en el mortero, ¿entiendes? Esas casas durarán poco. Chapuzas, eso son. Y lo peor no es eso. Las casas que hacemos no son casas. Son, son almacenes de gente. ¿Pero a mí qué? Me pagan y ya está. Antes era diferente, me sentía orgulloso de hacer un buen trabajo, pero ahora. Algún día, cundo haya ganado bastante, dejaré este trabajo y me dedicaré a otra cosa.

¿Sabes?, debería ir a verte. Mañana mismo, ¿vale? ¿O pasado mañana?... Pero Nicola no fue ni al día siguiente ni al otro. No fue. Puede que realmente no tuviera tiempo nunca.”

Así que a continuación, Momo fue a la taberna de Nino. Se encontró a su amigo y a Liliana su mujer en medio de una agria discusión. En un rincón estaba su bebé en un capazo y lloraba. Momo se acerco a él, lo tomó en las rodillas y le acunó hasta que se calló.

“-Ah, Momo, dijo Nino, ¿qué quieres? Ahora no tenemos tiempo para ti.

-Sólo quería saber por qué hace tanto tiempo que no venís a verme.

-No lo sé, -dijo Nino irritado. Tenemos otras reocupaciones ahora.

-Sí, dijo Liliana, ahora tiene otras preocupaciones. ¿Te acuerdas de aquellos viejos, mi tío Ettore y sus amigos, que antes siempre se sentaban en la mesa de la esquina?¡Los ha echado a la calle! No se hace una cosa así́. Es inhumano y cruel. Aquí́ no molestaban a nadie.

—Con el único vaso de vino tinto que cada uno de ellos podía permitirse cada noche no podíamos ganar nada, repuso Nino. Así́ no hubiéramos llegado a ningún lado. Sabes muy bien que no podemos seguir así́. El propietario me ha subido el alquiler. Tengo que pagar un tercio más que antes. Todo sube. ¡De dónde quieres que saque el dinero si convierto mi taberna en un asilo para viejos chochos? ¿Por qué tengo que cuidar de los demás? A mí tampoco me cuida nadie.”

Pero tras recapacitar, Nino y Liliana se acercaron con su bebé dos días más tarde para visitar a Momo. El tabernero se había disculpado con los viejos y con tío Ettore, y volvieron.

–Supongo que mi taberna no se convertirá en gran cosa, pero vuelve a gustarme…

Lo que no se imaginaba Nino es que los hombres grises volverían a la carga, y antes de lo que pensaba su vieja taberna se terminaría convirtiendo en un moderno autoservicio de comida rápida. Como era de esperar, con su taberna volvería a desaparecer también la sonrisa de su cara.


BEBENÍN, ¿LA MUÑECA PERFECTA?
En el fragmento siguiente, asimismo tomado del capítulo 7 de Momo, se ofrece una certera crítica a una mentalidad basada en el tener como fuente del máximo valor para las cosas, las acciones y las personas.

El mayor engaño de la mentalidad pragmática vigente en nuestros días es pensar que en el fondo somos lo que tenemos. Pero la verdad es otra: la persona es siempre más que lo que tiene y hace. Y sólo un amor incondicional, una amistad verdadera, es capaz de sacar a una persona del “anonimato” y de hacerla reconocerse valiosa por el mero hecho de ser ella misma.

La abundancia de cosas, de bienes de consumo, no es capaz de llenar el corazón humano. En el fragmento se habla de una muñeca extraordinaria –“Bebenín, la muñeca perfecta”-, pero donde dice muñeca podríamos poner el nombre de tantas cosas que han usurpado su lugar a las relaciones profundas entre las personas, singularmente el tiempo, el amor y la amistad.

Sin saberlo, Momo se había cruzado en el camino de los hombres grises…. Una tarde especialmente calurosa Momo encontró una muñeca en las escaleras laterales del anfiteatro… Era casi tan grande como la propia Momo y reproducida con tal verismo, que se la hubiera tomado por una persona pequeña, una damisela elegante o un maniquí de escaparate. Llevaba un vestido rojo de falda corta y zapatitos de tacón.

Momo la miraba fascinada. Cuando al cabo de un rato la tocó con la mano, la muñeca agitó un par de veces los párpados, movió la boca y dijo con voz rara, como si saliera de un teléfono:

—Hola. Soy “Bebenín”, la muñeca perfecta.

Momo se retiró asustada, pero entonces contestó, casi sin querer: —Hola; yo soy Momo. De nuevo, la muñeca movió los labios y dijo:

—Te pertenezco. Por eso te envidian todos.

—No creo que seas mía. Alguien te habrá olvidado.

Tomó la muñeca y la levantó. Entonces se movieron de nuevo sus labios y dijo:

—Quiero tener más cosas.

—¿Ah, sí? —contestó Momo, y reflexionó—. No sé si tendré algo que te vaya bien.

—Hola —sonó la muñeca—. Soy “Bebenín”, la muñeca perfecta.

—Sí —dijo Momo—, ya lo sé.

—Te pertenezco —contestó la muñeca—. Por eso te envidian todos.

—Eso ya lo has dicho…

—Quiero tener más cosas —repitió la muñeca.

—No tengo nada… (pero podemos) jugar a que vienes de visita —propuso Momo.

—Hola —dijo la muñeca—, soy “Bebenín”, la muñeca perfecta. Te pertenezco. Por eso te envidian todos.

—Escucha —dijo Momo—, así no podemos jugar, si siempre dices lo mismo.

—Quiero tener más cosas —contestó la muñeca, mientras pestañeaba.

Momo lo intentó con otro juego, y cuando éste también fracasó, con otro y otro más. Pero no salían bien.

Al cabo de un rato, Momo tuvo una sensación que no había sentido nunca antes: aburrimiento.

Entonces se asustó un poco. Porque muy cerca había un elegante coche gris ceniza, de cuya llegada no se había dado cuenta. Había un hombre que llevaba un traje de color telaraña, que fumaba un pequeño cigarro gris. También su cara era cenicienta. Momo sintió escalofríos.

—Qué muñeca tan bonita tienes —dijo con una voz monótona—. Todos tus amiguitos te la envidiarán. Seguro que ha sido muy cara, ¿no? —continuó el hombre gris. —Me parece que eres muy afortunada. Pero tengo la impresión de que no sabes cómo hay que jugar con una muñeca tan fabulosa.

—Quiero tener más cosas —sonó de repente la muñeca.

—¿Lo ves, pequeña? —dijo el hombre gris—, ella misma lo está diciendo. Con una muñeca tan fabulosa no se puede jugar igual que con otra cualquiera. Hay que ofrecerle algo, si uno no quiere aburrirse con ella.

Fue hacia su coche y abrió el maletero. —En primer lugar —dijo—, necesita muchos vestidos. Aquí tenemos, por ejemplo, un precioso vestido de noche. Y aquí hay un abrigo de pieles de visón auténtico. Y aquí una bata de seda. Y un equipo de esquí. Y un traje de baño. Y un traje de montar. Un pijama. Un camisón. Un vestido. Y otro. Y otro...

Poco a poco se formaba una montaña.

—Bueno —dijo,—, con esto ya podrás jugar un buen rato, ¿no es verdad? Pero al cabo de unos días también esto se vuelve aburrido, ¿no crees? Pues bien, entonces tendrás que tener más cosas para tu muñeca. Aquí hay, por ejemplo, un bolso pequeñito de piel de serpiente, con un lápiz de labios pequeñito y una polvera de verdad, dentro. Aquí hay una pequeña cámara fotográfica. Aquí un televisor de muñecas, que funciona de verdad. Aquí una pulsera, pendientes, … un sombrerito de primavera, palos de golf, frasquitos de perfume, sales de baño...

—Como ves —prosiguió el hombre gris—, es muy sencillo. Sólo hace falta tener más y más cada vez, entonces no te aburres nunca. Pero a lo mejor piensas que algún día la perfecta “Bebenín” podría tenerlo todo, y que entonces volvería a ser aburrido. Pues no te preocupes, pequeña. Porque tenemos el compañero adecuado para “Bebenín”.

Con esto sacó del maletero otra muñeca. Era igual de grande que “Bebenín”, igual de perfecta, sólo que se trataba de un joven caballero.

—Éste es “Bebenén”. Para él también hay interminables accesorios. Y si todo eso se ha vuelto aburrido, hay todavía una amiga de “Bebenín”, que también tiene un equipo completo que sólo le va bien a ella. Y para “Bebenén” hay también el amigo adecuado. Como ves, se puede seguir así interminablemente, y siempre sigue habiendo algo que todavía puedes desear.

—Y bien —dijo el hombre por fin, mientras expulsaba densas nubes de humo—, ¿comprendes ahora cómo se ha de jugar con una amiga así?

—Sí —contestó Momo. Empezaba a tiritar de frío.

—Entonces ya no necesitarás a tus amigos, ¿entiendes? Ahora ya tendrás bastantes diversiones, pues tendrás todas esas cosas bonitas y recibirás cada vez más, ¿no es verdad?. Y eso es lo que quieres, ¿verdad? Tú quieres tener esta fabulosa muñeca, ¿no? La quieres, ¿verdad?
Una lectura filosófica de Momo, de Michael Ende

Momo movió la cabeza.

—Qué, ¿qué pasa? —dijo el hombre gris, enarcando las cejas— ¿Quieres decirme qué le falta a esa muñeca perfecta?

Momo miró al suelo y reflexionó.

—Creo —dijo en voz baja— que no se la puede querer.

Durante un buen rato, el hombre gris no dijo nada. Finalmente hizo un esfuerzo.

—No es eso lo que importa —dijo con voz gélida. Momo le miró a los ojos.

—Lo único que importa en la vida —prosiguió el hombre—, es llegar a ser alguien, llegar a tener algo. Quien llega más lejos, quien tiene más que los demás recibe lo demás por añadidura: la amistad, el amor, el honor, etc.

—¿Es que a ti no te quiere nadie? —preguntó Momo con un susurro.

El hombre gris se dobló y se hundió un tanto en sí mismo. Entonces contestó con voz cenicienta:

—Tengo que reconocer que no me he encontrado con mucha gente como tú.


¿QUÉ ES EL TIEMPO?
Si tuviéramos que reducir a un solo tema el mensaje de Michael Ende en la novela Momo, sin duda habría que señalar el tiempo y su valor. Es conocido aquel texto de San Agustín en sus Confesiones:

“¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? … ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”

San Agustín, sin embargo, profundizó en la temporalidad como dimensión propia y constitutiva de las criaturas, que están sujetas al cambio. La temporalidad, afirma, es un pasar, un sucederse. Se manifiesta distendiéndose en tres momentos: como futuro -lo que todavía no es-, como pasado -lo que ya no es- y como presente -el tenue y misterioso "filo" entre el futuro y el pasado, entre lo que todavía no es y lo que ya no es. El presente es un "estado que no permanece", un devenir o pasar irretenible entre esas dos "nadas": lo que no es aún y lo que ya no es.

Nuestro ser es un "ser en la temporalidad", un fluir, "ser dejando de ser". De este modo se advierte claramente lo precario, fugaz y limitado de nuestra existencia.

Sin embargo, aunque sujeto a la condición de criatura sumida en el tiempo, en el hombre -imagen de Dios que posee memoria, entendimiento y voluntad- se da una cierta elevación; puede trascender de algún modo el fluir del tiempo con su conciencia: Con la memoria podemos hacer presente algo del pasado, y con la expectación (esperanza), anticipar de algún modo el futuro. Podemos traerlos en parte a nuestro fugaz presente, efímero pero intenso; el único real, pero precario.

El tiempo -la temporalidad- es la condición propia de las criaturas; es estar sometido a un pasar continuo, acercándonos a lo que está por venir para dejar inmediatamente de tenerlo, disuelto en lo que ya ha sido. Las cosas de este mundo son pasajeras, su ser es pasar, existir de manera sucesiva, “poco a poco”, ser dejando de ser al mismo tiempo.

Pero en Dios, añade San Agustín, no hay tiempo. Él es permanencia, un presente que no pasa. Es Eternidad, plenitud de ser. La eternidad no es una mera prolongación indefinida en el tiempo, sino la condición propia del Ser perfecto, una posesión plena y simultánea de una realidad presente y permanente: sin principio, fin, futuro ni pasado. Un presente de duración eterna.

Pero algo diremos de Momo también, claro está. Después de haberse encontrado la protagonista con los hombres grises, esos ladrones del tiempo que hacen vivir a los hombres de manera superficial y precipitada, se encuentra con una tortuga llamada Casiopea, que camina muy despacio pero avanza más deprisa que nadie, y que le conduce hasta el Maestro Hora: un misterioso personaje, especie de ángel que asigna vida y muerte a los humanos, y que enseña a Momo a comprender qué es el tiempo y su valor.

El tiempo, le dice, es personal e intransferible:

“-Cada hombre tiene su tiempo”.

“-Yo, le contesta Momo, no dejaré que nadie me robe mi tiempo”.


Y el maestro le propone a la niña un misterioso acertijo.

“Tres hermanos viven en una casa:
son de veras diferentes;
si quieres distinguirlos,
los tres se parecen.
El primero no está: ha de venir.
El segundo no está: ya se fue.
Sólo está el tercero, el menor de todos;
sin él, no existirían los otros.
Aún así, el tercero sólo existe
porque en el segundo se convierte el primero.
Si quieres mirarlo
no ves más que otro de sus hermanos.
Dime pues: ¿los tres son uno?,
¿o sólo dos?, ¿o ninguno?
Si sabes cómo se llaman
reconocerás tres soberanos.
Juntos reinan en un país
que ellos son. En eso son iguales.”

-¡Uy!, sí que es difícil. Exclamó Momo.”

(Y tras pensarlo durante un buen rato, Momo exclamó al fin:) “-¡El futuro! El primero no está: ha de venir: es el futuro… Y el segundo –prosiguió- no está porque ya se fue: es el pasado.

El maestro Hora asintió y sonrió encantado.

-Pero ahora se vuelve difícil… ¿Quién es el tercero? Es el menor de todos, y sin él no existirían los otros… Pero es el único que está… ¡¡Es ahora!! ¡Este instante! El pasado son los instantes que ya han sido y el futuro son los que han de venir. Así que los dos no existirían si no hubiera el presente. Eso es verdad.
Una lectura filosófica de Momo, de Michael Ende

-¿Pero qué significa lo que viene ahora? “Aún así, el tercero sólo existe porque en el segundo se convierte el primero…” Eso quiere decir que el presente sólo existe porque e futuro se convierte en pasado… Pero “si quieres mirarlo no ves más que otro de sus hermanos.” Y ahora entiendo también lo demás, porque se puede pensar que sólo existe uno de los tres hermanos… o ninguno, porque uno sólo existe porque también hay los demás. Se le revuelve a uno la cabeza…

-Pero el acertijo no ha terminado todavía –dijo el maestro Hora- ¿Cuál es el país e que los tres reinan juntos y qu ellos mismos son?

-¿El tiempo! –exclamó Momo, mientras batía palmas-. ¡Sí, es el tiempo! ¡Es el tiempo!

-Dime todavía cuál es la casa en la que viven los tres hermanos –le exigió el maestro Hora.

-Es el mundo –contestó Momo.

-¡Bravo! (…)

-¿Y qué es en realidad el tiempo? -Se preguntó la niña. Está ahí, pero no se le puede tocar ni retener. Es algo que siempre pasa… Quizá sea una especie de música que no se oye porque suena siempre. Aunque creo que ya la he oído alguna vez, muy bajito… Venía de muy lejos, pero sonaba muy dentro de mí.

El tiempo, dijo el maestro Hora, es algo que todo hombre lleva en su pecho. Y al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo…

Y entonces, preguntó Momo: -¿Eres tú la muerte?

El maestro Hora sonrió: -Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuviesen miedo, nadie podría robarles su tiempo de vida. Yo se lo digo con cada hora que les adjudico. Pero creo que no quieren escucharlo. Prefieren creer a aquellos que les dan miedo.”


EL VALOR DEL MOMENTO PRESENTE
A cada día le basta su afán (Mt. 6, 34). Son palabras de Cristo, invitando a confiar en la Providencia divina. Pero son también palabras de una gran sabiduría humana.

El pasado ya no existe, el futuro no sabemos si vendrá, y la vida se reduce al momento presente; por eso lo más realista es vivir con plena intensidad el ‘ahora’, haciendo sólo lo que nos pide en este instante la voluntad de Dios, arrojando el pasado a la misericordia, encomendando el futuro a la confianza y viviendo el presente con esmero, con paciencia y con amor.

Si bien se mira, el presente es el único tiempo real, pero es fugaz. Es un fluir, instante a instante.

Muy a menudo nos perdemos en la nostalgia de un pasado irrecuperable, a menudo enmarañado, cargado de frustraciones y de culpas… Nos refugiamos en él, le damos vueltas y más vueltas… encadenados a la melancolía o quizás al rencor. Y se nos olvida que tenemos que vivir aquí y ahora, junto a los que ahora nos rodean y caminan a nuestro lado.

Pero también puede que nos proyectemos con ansiedad hacia un futuro que la imaginación y la sensibilidad desfiguran como si se tratara de algo real, cuando sólo es un espejismo. Vivimos así atemorizados, o alimentando ensoñaciones que nos sacan de la realidad presente. El que sólo mira hacia un futuro irreal, con temor o con fantasía infantil, no afronta con madurez los acontecimientos y pruebas del momento; se evade, lo mismo que el nostálgico se refugia en lo que pasó, y se inhiben ambos de la responsabilidad presente dejando pasar con cada instante una ocasión irrepetible.

El pasado, lo ya vivido, es experiencia y legado, es lección para quien reflexiona y extrae consecuencias para un futuro, el ahora, que es resultado de lo que se ha vivido. A su vez, lo que está por venir se halla sujeto a mil contingencias. Cuando lo anticipamos, a menudo deformado por la imaginación y por la sensibilidad, y no vivimos responsablemente el ahora que lo hará posible, el futuro se convierte en fantasma que roba el sosiego y la paz.

¿Es que no hay que soñar? Sí, desde luego. Pero poniendo a continuación la mano en el arado, afrontando serena e intensamente el presente para sembrar el futuro con tenacidad y esperanza.

Hay sin embargo formas inadecuadas de vivir el presente; como el “carpe diem” hedonista: la mirada febril de quien vive a toda prisa y se afana por la satisfacción inmediata. Se vive atropelladamente, haciendo una cosa dentro de otra, dejando de atender a lo real y de saborearlo, secuestrados por el deseo de placer o por la melancolía. Sin paz.

También se prodiga entre nosotros desde hace algún tiempo una forma de concentrar la atención en el presente, influida por misticismos afines al budismo. Se muestra como una forma de autoconocimiento y autoayuda en la que se busca un equilibrio, una quieta identificación con el “todo universal”, pero sin trascendencia alguna. En la novela Momo, que venimos comentando, se intuye cierta familiaridad con ese género de inspiración; no obstante, permite hacer también una lectura más universal y trascendente, como la que venimos haciendo aquí.

El fragmento que hoy les acercamos, tomado del capítulo 7 de la novela de Michael Ende, habla de la belleza de esas “flores horarias” que llamamos instantes, de cada “ahora” irrepetible que llega y se va, y que debemos aprender a descubrir en su valor. Nuestra vida se compone de momentos presentes, misteriosos ojos de un puente frágil que une las riberas del tiempo y de la eternidad, del nacer y del morir. Atravesar cada uno de esos ojos mirando a Dios, atento a su Voluntad, es el secreto de la felicidad humana, incluso de la santidad. "Cada segundo -escribe San Francisco de Sales- viene a nosotros cargado de una invitación de Dios, y cada segundo se hunde en la Eternidad cargado de nuestra respuesta".

Haz lo que haces, lo que estés haciendo; hazlo bien, conviértelo en don. Ofrécelo al Señor. En todos los órdenes de la vida: si estudias, pon todo tu empeño, de igual manera que si estás orando o haciendo deporte. Incluso en tiempo de confinamiento obligado.

Durante su vida en la tierra, Cristo estaba donde tenía que estar. En vez de soñar su obra, la realizaba. En lugar de pensar cuando trabajaba en Nazaret: ‘es demasiado poco para mí’, decía: ‘aquí está mi tarea y mi lugar’. Hay que saber estar donde se debe estar… En un espacio pequeño, en una ocupación insignificante, un alma grande encuentra donde desplegarse. Profundiza. Trasciende. No es preciso cruzar todo el mundo… Basta trabajar donde Dios nos coloca, llenando de amor la obligación de cada instante. A cada día le basta su afán.

Rodeaba a Momo una penumbra dorada... Poco a poco, se fue dando cuenta de que se hallaba bajo una cúpula inmensa, totalmente redonda, que le pareció tan grande como todo el firmamento.

En el centro, en el punto más alto, había una abertura circular por la que caía, vertical, una columna de luz sobre un estanque igualmente circular, cuya agua negra estaba lisa e inmóvil como un espejo oscuro.

Muy poco por encima del agua titilaba en la columna de luz algo así como una estrella luminosa; era como un péndulo increíble que oscilaba sobre el espejo oscuro.

Cuando el péndulo estelar se acercaba lentamente a un extremo del estanque, salía del agua, en aquel punto, un gran capullo floral. Cuanto más se acercaba el péndulo, más se abría, hasta que por fin quedaba totalmente abierto sobre las aguas.

Era una flor de belleza tal, que Momo no la había visto nunca. Parecía componerse solamente de colores luminosos que Momo nunca había sospechado siquiera existieran.

Pero entonces, muy lentamente, el péndulo volvió a oscilar hacia el otro lado. Y mientras, muy poco a poco, se alejaba, Momo vio consternada que la maravillosa flor comenzaba a marchitarse… como si desapareciera para siempre algo totalmente irrepetible.

Pero al mismo tiempo comenzaba a abrirse al otro lado del estanque el capullo de una nueva flor, más hermosa todavía. (…) Momo se fue dando cuenta de que cada nueva flor era totalmente diferente a la anterior y que la que estaba floreciendo le parecía cada vez la más hermosa.

Le parecía que nunca se cansaría de este espectáculo.

Y Momo escuchó… Era la música que a veces oía, muy bajito y como de muy lejos, mientras escuchaba el silencio de la noche estrellada... Iba entendiendo poco a poco... Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos. Y comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a “ella”.

—Maestro “Hora” —murmuró—, nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es... tan grande —dijo por fin.

—Lo que has visto y oído, Momo —respondió el maestro “Hora”—, no era el tiempo de todos los hombres. Sólo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. Pero no se puede ver con ojos corrientes.

—¿Donde estuve, pues?

—En tu propio corazón —dijo el maestro “Hora”, y le acarició el revuelto pelo.


MORIR DE ÉXITO… POR FALTA DE SENTIDO
El libro de Michael Ende nos muestra cómo los ladrones del tiempo que manipulan a los hombres hasta eclipsar su conciencia, los “hombres grises”, deciden actuar contra Momo de una forma cruel: dañando a sus amigos y apartándolos de ella para que así no tenga a nadie a quien querer.

“-Esa niñita depende de sus amigos. –reflexionan los hombres grises reunidos-. Le gusta regalar su tiempo a los demás. Pero pensemos, por un momento, qué ocurriría si ya no hubiera nadie con quien pudiera compartir su tiempo… Nos limitaremos a apartar de ella a todas esas personas, de modo que ya no pueda encontrarlas. Entonces estará completamente sola. ¿De qué le servirá entonces el tiempo? Será una carga, incluso una maldición. A la corta o a la larga, ya no lo soportará.”

Es muy elocuente lo que se está diciendo: el tiempo –porque en el fondo es vida, nuestra vida- es para darlo. Si no se da, se convierte en una carga y una maldición. Es literalmente “tiempo muerto”, insoportable. El tiempo que no es entrega y servicio a “a los demás” está vacío, es la vivencia de una existencia vacía, sin verdadero sentido, vivida en falso.

Momo había estado retirada durante un año -que se le pasó rapidísimo, como si fuera un solo día- descubriendo la presencia en su corazón de ese tiempo que es vida verdadera, llena de sentido y de valor. Durante ese periodo de tiempo los hombres grises habían actuado eficazmente para corromper a sus amigos envenenando su corazón y apartarlos de Momo para siempre.

“Con Gigi Cicerone a los hombres grises les había resultado muy fácil. La cosa había empezado cuando apareció en un periódico un largo artículo sobre Gigi. “El último narrador auténtico”, había dicho el titular.

De resultas de eso, cada vez venía más gente al viejo anfiteatro para ver y oír a Gigi… Pronto le contrató una agencia de viajes que le pagaba una buena suma por enseñarle como si fuera un monumento. Los turistas llegaban en autocares.

Pero sus cuentos ya no tenían alas, aunque seguía negándose firmemente a contar dos veces la misma historia.

A los pocos meses le contrató la radio y después la televisión. Contaba sus historias tres veces por semana ante millones de oyentes y ganaba montones de dinero.

Por esa época ya no vivía cerca del viejo anfiteatro, sino en otro barrio, donde vivía toda la gente rica y famosa. Tampoco se llamaba Gigi, sino Girolamo.

Y dejó de inventar, como antes, historias nuevas. Ya no tenía tiempo. Y cuando hubo contado la última sintió, de repente, que estaba vacío y hueco y que no podía inventar nada más.

Ahora tenía tres secretarias eficientes que hacían los contratos por él, a las que dictaba sus historias, que le hacían la publicidad y regulaban sus citas. Ya no le quedó ningún momento para buscar a Momo.

Un día gris recibió la llamada de los hombres grises: —No hace falta que nos presentemos. Nos perteneces desde hace tiempo. No digas que no lo sabíais.

—Ahora soy un gran hombre, les dijo. ¡Veremos si podéis conmigo!

—Tú no eres nadie —dijo la voz—. Nosotros te hemos hecho. Tú eres un muñeco de goma. Nosotros te hemos hinchado. Pero si nos molestas, te haremos deshinchar. ¿Acaso crees en serio que lo que eres ahora lo debes a tu insignificante talento? Hemos sido nosotros los que hemos hecho realidad todos tus sueños.

—¡Eso no es verdad! —replicó Gigi——. ¡Es mentira!

—Precisamente tú quieres venirnos con la verdad. Antes gastabas tantas palabras sobre lo que es y no es la verdad. Pobre Gigi, no sacarás nada bueno si tratas de atenerte a la verdad. Te has hecho famoso con nuestra ayuda por tus embustes. Lo único que conseguirás es que tu éxito se vaya tan rápidamente como vino… ¿Acaso no es mucho más agradable ser rico y famoso?

—Sí —reconoció Gigi, con voz ahogada.

A partir de ese día, Gigi había perdido todo el respeto por sí mismo. Renunció a su plan y siguió como hasta entonces, pero se sentía un estafador. Y lo era. Antes, su fantasía le había llevado por caminos alados. Pero ahora mentía.

Se convirtió en el payaso, en el pelele de su público, y lo sabía; sus cuentos se volvían cada vez más estúpidos o sentimentaloides. Pero eso no dañaba su éxito; al contrario, se decía que era un nuevo estilo. Se convirtió en la gran moda. Pero a Gigi no le causaba alegría. Ahora sabía a quién se lo debía. Lo había perdido todo.

Pero seguía corriendo con el coche de una cita a otra, volaba en los aviones más rápidos y dictaba ininterrumpidamente sus viejas historias, con ropajes nuevos, a sus secretarias. Según todos los periódicos, era “sorprendentemente fructífero”.

Así, Gigi el soñador se había convertido en Girolamo el embustero.


EL VACÍO DE LA JAULA DE ORO
En nuestra anterior reflexión, dejamos al bueno de Gigi, el contador de historias amigo de Momo, encumbrado en el éxito y la riqueza, sumido en el utilitarismo difundido por los ladrones del tiempo, y convertido en un mentiroso. Era rico y famoso, pero era esclavo de las prisas, de la superficialidad y de las apariencias. Ya no era él mismo.

Hoy leemos en el capítulo 15 del libro de Michael Ende, que Momo ha regresado de nuevo a la ciudad, y buscando a sus amigos tiene noticia de que Gigi es la nueva estrella de la televisión, la radio y los periódicos y que solo se dedica a cosas importantes… Además, ahora vive en la zona más rica de la ciudad. Por eso, Momo decide ir a buscarle.

Pero el encuentro no puede ser más decepcionante. Gigi habla sin parar y no escucha. Sabe que su vida “de tejas abajo” es superficial y vacía, ya no es capaz de soñar. No vive en paz, sino disperso y apresurado, esclavo de las prisas y de su propia jaula de oro. Su vida en el fondo es un infierno… pero es un infierno “cómodo”, dirá. Aunque eso tampoco es verdad.

Gigi sabe que necesita Momo, pero quiere arrastrarla a su vida de lujo, apariencias y apresuramiento. Gigi necesitaba volver a ser Gigi, pero no le habría servido de nada que Momo dejar de ser Momo. Sólo podremos ayudar a los demás a sacar lo bueno de sí mismos cuando nosotros luchemos por ofrecerles también lo mejor de nosotros, y de verdad. Si esta comunicación profunda no es posible, la mera proximidad física se convierte en una insalvable distancia, y en una coexistencia insoportable.

La última casa, en lo alto de la calle, estaba rodeada de un muro de altura superior a un hombre. Y la puerta del jardín era de planchas de hierro, de modo que no se podía mirar al interior. No se veía por ninguna parte un timbre o una placa con un nombre.

En ese momento se abrió, de repente, la puerta y salió, a toda marcha, un gran coche de lujo. Momo tuvo el tiempo justo de salvarse con un salto hacia atrás y cayó.

El coche frenó con un gran chirrido de neumáticos. Se abrió la portezuela y Gigi saltó al suelo.

—¡Momo! —gritó, con los brazos extendidos—. ¡Es Momo en persona; mi pequeña Momo!

Momo se había levantado de un salto y corrió hacia él. Gigi la recogió y la levantó en sus brazos.

—¿Te has hecho daño? —preguntó, sin aliento, pero siguió hablando—:

Me sabe mal haberte asustado, pero tengo una prisa enorme, ¿entiendes? Ya vuelvo a llegar tarde. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Tienes que contármelo todo. Ya no creía que volvieras. ¿Has encontrado mi carta? ¿Sí? ¿Estaba todavía? ¡Tenemos que contarnos tantas cosas, Momo; han pasado tantas cosas mientras tanto! ¿Como te va? ¡Pero habla! Y el viejo Beppo, ¿qué hace? Hace siglos que no le veo. ¿Y los niños? ¿Sabes, Momo?, muchas veces pienso en la época en que todavía estábamos todos juntos y yo os contaba historias. ¡Qué tiempos tan bonitos! Pero ahora todo, todo es diferente.

Momo había intentado varias veces contestar a Gigi. Pero él no interrumpía su torrente de palabras, se limitó a esperar y mirarle. Tenía un aspecto distinto de antes, tan cuidado, y olía tan bien. Pero, de alguna manera, le resultaba muy extraño.

Mientras tanto, se habían apeado del coche cuatro personas más: un hombre con un uniforme de cuero de chófer y tres señoras de caras severas y muy maquilladas.

La segunda señora echó una mirada a su reloj.

—Si no vamos a toda velocidad, el avión se nos irá delante de las narices.

—Dios mío —contestó Gigi, nervioso—, es que ya no puedo hablar unas palabras con tranquilidad, después de tanto tiempo. Ya lo ves, Momo, no me dejan.

—Nosotras sólo hacemos nuestro trabajo. Usted nos paga para que le organicemos sus citas, estimado jefe.

[Entonces invitó a la niña a subir al enorme vehículo.]

—Ya lo ves. A eso hemos llegado. No puedo volverme atrás, ni aunque quisiera. Se acabó. Ya no me queda nada con qué soñar. Estoy harto de todo.

Miró por la ventanilla, triste.

—Lo único que todavía podría hacer sería cerrar la boca, no contar nada más, enmudecer, quizá hasta el fin de mi vida, volver a ser un pobre diablo desconocido. Pero pobre, y sin ilusiones... No, Momo, eso será el infierno. Por eso prefiero quedarme donde estoy. También es un infierno, pero por lo menos es cómodo... ¡Qué tonterías estoy diciendo! No podrás entenderlo.

Momo sólo le miraba y entendía que estaba enfermo, mortalmente enfermo. Intuía que los hombres grises no eran ajenos a ello. Pero no sabía cómo ayudarle cuando él mismo no lo quería.

En ese momento, el coche paró ante el aeropuerto. Allí ya esperaban a Gigi algunas azafatas uniformadas. Unos periodistas le fotografiaban y le hacían preguntas. Pero las azafatas le daban prisa, porque el avión tenía que despegar en pocos minutos.

Gigi se inclinó hacia Momo y la miró. De repente se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Escúchame, Momo —dijo en voz baja—, quédate conmigo. Te llevo conmigo en este viaje y a todas partes. Vivirás conmigo en mi hermosa casa. Puede que entonces se me vuelvan a ocurrir cuentos de verdad, como los de antes, ¿te acuerdas? Por favor, ayúdame.

A Momo le habría gustado ayudar a Gigi. Le dolía el corazón por ello. Pero sentía que ese no era el buen camino, que Gigi tenía que volver a ser Gigi y que no le serviría de nada el que ella dejara de ser Momo. También sus ojos se llenaron de lágrimas. Movió la cabeza. Y Gigi la entendió. Asintió, triste, mientras que las señoras, a las que él mismo pagaba para eso, se le llevaron. Volvió a saludar con la mano, desde lejos. Momo le devolvió el saludo, y ya había desaparecido.

Durante su encuentro con Gigi, Momo no había podido decir ni una sola palabra. Y habría tenido tanto que decirle. Le parecía que ahora, cuando le había encontrado, le había perdido de verdad.


TODO LO QUE NO SE DA, SE PIERDE
Hasta ahora hemos acompañado a la pequeña protagonista de este cuento, aprendiendo con ella el valor del tiempo, ese tiempo que es vida y que reside en el corazón, y que ha de convertirse en don para otros si no queremos que sea un tiempo muerto, devorado por la enfermedad mortal de la tristeza, del aburrimiento o de la banalidad.

Este tiempo es en realidad la oportunidad que se nos ofrece para embellecer el mundo; una ingente cantidad de instantes, de “ahoras” irrepetibles que hemos de convertir en don. ¿Os habéis dado cuenta de que al ahora lo llamamos también presente, porque tiene sentido de regalo? La lógica del don es paradójica: cuando uno da, y da de corazón, no pierde. En su libro La ciudad de la alegría, el escritor Dominique Lapierre recuerda un proverbio indio: “Todo lo que no es dado, es perdido”, todo lo que no se da, se pierde. Y es que en el fondo sólo se tiene lo que se da.

En una sociedad economicista, movida sólo por el deseo de tener y acaparar, esto no se entiende. Si das algo, lo pierdes, te quedas sin ello. Y por eso el tiempo se convierte en oro, en un capital que no debe darse gratis sino que ha de invertirse para obtener rendimiento, ganancias, para lograr algo a cambio. Hacer y tener: así razonan los hombres grises en el cuento de Michael Ende, y con ese razonamiento convencen y esclavizan a las gentes que, sin saber por qué, empiezan a correr y a correr, pensando en no perder el tiempo en cosas inútiles, para tener éxito y ser más ricos, para tener más cantidad de un tiempo que ya no es vida, sino humo, banalidad. Tiempo muerto. La radical esterilidad.

Sin embargo hay bienes que no se ven ni se miden, pero que hacen que esta vida valga la pena ser vivida. Son los bienes mayores, los más valiosos, los que precisamente no tienen precio: el amor personal, la amistad, el perdón, la experiencia de la belleza, la acogida sincera, el esmero que se pone en el trabajo bien hecho, la ayuda generosa, la heroicidad en lo pequeño como en lo extraordinario…

Este es el gran error: pensar que somos lo que tenemos, pensar que se puede comprar cualquier cosa, incluso el aprecio incondicional de los demás. ¿En qué consiste la situación más trágica para la persona? De acuerdo con la lógica de los hombres grises, la escasez de recursos, la pobreza o indigencia material.

Pero según la lógica de la donación, la de Momo, la auténtica pobreza sería más bien la escasez de alegría, la incapacidad de hacer del propio tiempo un don incondicional, gratuito; y por lo tanto el carecer de amigos. Porque, como dice el psiquiatra Viktor Frankl, “la puerta de la felicidad sólo se abre hacia afuera”.

¿Recuerdan lo que se dice en El principito? “Lo que hace importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella”. Pocas cosas hay que contribuyan tanto a crear lazos personales, vínculos y realidades valiosas, como el dedicar tiempo gratuitamente a los demás. ¿Por qué? Porque el tiempo nos pertenece en exclusiva, y una vez gastado, ya no vuelve. Es totalmente nuestro. Y así, al dedicar tiempo a alguien, ese alguien se hace único en nuestra vida. Porque somos nosotros los que nos damos en ese tiempo. Y eso es precisamente el amor. Darse, servir, dedicar tiempo y atención a quien amamos.


DEL MIEDO A LA CONFIANZA AUDAZ
Momo, después de haber contemplado las flores horarias, los “instantes” que residen en su corazón y la hermosura de ese milagro que es la existencia, se siente apesadumbrada y a oscuras. Al volver al lugar donde conoció a sus amigos, comprueba que todos han caído en la trampa de la avidez, de la codicia y de la explotación del tiempo; y se siente terriblemente sola y abandonada pues ya no hay quien la escuche.

Ella habría querido volver a encerrarse en su corazón para acariciar sus “flores horarias” y escuchar su eterna y misteriosa melodía, pero no termina de conseguirlo. La oscuridad se agranda. Es entonces cuando cae en la cuenta de algo muy profundo:

“Que durante este tiempo de oscuridad había pensado solo en sí misma, en su propio abandono, en su miedo. Cuando en realidad eran sus amigos los que estaban en peligro.”

Uno de los hombres grises le había dicho a Momo, a gritos:

“—Los hombres hace tiempo que son inútiles. Ellos mismos han convertido el mundo en un lugar donde ya no hay sitio para ellos. “Nosotros” dominaremos el mundo.”

Y se dio cuenta de que su tiempo le había sido dado para ayudar a sus amigos a ser mejores y felices.

“Eso era lo que vivía ahora: que hay riquezas que lo matan a uno si no puede compartirlas.”

Y entonces se produjo el cambio.

“El sentimiento de miedo y desamparo, repentinamente, se volvió en su contrario. Lo había superado. Ahora se sentía valerosa y confiada, como si ninguna fuerza del mundo pudiera hacerle nada; o, mejor dicho, ya no le importaba nada de lo que le pudiera ocurrir.”

Momo se lanza entonces a luchar contra los hombres grises para devolver su tiempo a los hombres, ese tiempo que es vida y gracia. Para ello tendrá que superar una espesa y asfixiante cortina de humo –que desde una clave cristiana bien podríamos interpretar como el pecado, puesto que surge de la putrefacción de la vida, del tiempo entregado a los hombres, bajo la insidia tentadora de los ladrones del tiempo y de la vida por los que los humanos se han dejado convencer: “es un infierno”, llega a decir Gigi, convertido en el triunfador pero desesperado Girolamo, “pero es cómodo…”

“Esa muralla de humo –explica el Maestro Hora a Momo- se compone de tiempo muerto… En cada hora que yo doy a los hombres se mezcla algo del tiempo muerto, fantasmal, de los hombres grises. Y cuando los hombres lo reciban, enfermarán de ello, enfermarán de muerte.

-¿Qué enfermedad es esa?, pregunta Momo.

—Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tiene ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

No vamos a detallar la confrontación entre Momo y los hombres grises. Baste decir que es el enfrentamiento entre la pureza, la ingenuidad, la esperanza, la vitalidad de una niña que no tiene ningún bien material pero que conoce los valores importantes de la vida: la amistad, la generosidad, la bondad y la escucha. Por otro lado, los hombres grises, fantasmas tristes y fríos, que viven robando tiempo, vida y sentido a los hombres.

El triunfo de Momo es el del bien sobre el mal, y llevará finalmente a que las gentes vuelvan a dedicar su atención a sus semejantes, a admirar la belleza de una flor y el canto de los pájaros… Todo culmina, como debe ser, con una celebración festiva, que durará hasta que el cielo se cubra de estrellas… Una fiesta de esas que brotan al lograr el bien que amamos; una fiesta que es un sí a la vida y gratitud.

“Y cuando hubieron acabado el júbilo y los abrazos y los apretones de manos y las risas y los gritos, todos se sentaron en las gradas de piedra, cubiertas de hierba. Se hizo un gran silencio. Y Momo se puso en el centro de la plazoleta. Pensaba en las voces de las estrellas y las flores horarias.

Y entonces se puso a cantar con voz clara.”


A LA PLENITUD POR LA ENTREGA SINCERA
Concluimos ya nuestra lectura del libro Momo, de Michael Ende. Es tiempo de hacer balance de lo que hemos ido considerando hasta aquí.

Momo no es un cuento de hadas para niños; es en realidad un poderoso mensaje para los adultos. En él se explica cómo el hecho de perseguir el éxito profesional o el dinero como único fin solo trae la infelicidad. Lo importante es saber emplear tu tiempo en escuchar, en ponerte en el lugar del otro, en ayudarle a conocerse, juzgarse y valorarse a sí mismo. Se trata de ayudarle a desarrollar lo mejor de sí.

Amar de verdad implica atender, comprender, aceptar y valorar. Pero todo eso requiere tiempo. Un tiempo que es vida cuando se convierte en don, y que se pudre y se hace infecundo cuando se quiere aprisionar con avaricia, cuando el amor ofuscado a los medios que facilitan la supervivencia nos hace perder de vista los verdaderos fines de la vida.

Momo es una niña con un don muy especial: sólo con escuchar consigue que los que están tristes se sientan mejor, los que están enfadados solucionen sus problemas o que a los que están aburridos se les ocurran cosas divertidas. De repente, la llegada de los hombres grises va a cambiar su vida. Porque prometen que ahorrar tiempo es lo mejor que se puede hacer, y pronto nadie va a tener tiempo para nada. Ni siquiera para jugar con sus niños. Momo es la única que no cae en la trampa, y sirve de piedra de toque para la conciencia de quienes la conocen y la tratan. Su descubrimiento del valor del tiempo y su pureza de corazón, que le hace ser fiel a sí misma incluso a contracorriente, nos dejan un tesoro de enseñanzas sobre la amistad, la bondad y el valor de las cosas sencillas.

Al mismo tiempo pretende mostrarnos que cada humano tiene un tiempo que es vida, un tiempo precioso que debe atesorar y emplear solamente en atender y compartir vida, afanes y gozos con los demás, en especial sus más próximos, sus vecinos.

Los antagonistas de la pequeña Momo, los hombres grises, son símbolo de una amenaza real: la pérdida de lo humano en la sociedad contemporánea. Estos diablejos, fantasmas cenicientos viven del tiempo ahorrado de los hombres, tiempo quitado a la familia, a los amigos, a la vida, y entregado completamente a la efectividad de un trabajo rápido, extenuante e impersonal.

“Ahorrar, ahorrar, ahorrar”, se convierte en el lema de la humanidad entera, hasta que ya nadie tiene tiempo para nadie. “Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría.” Como si no hubiera un más allá y todo se resolviera a golpes de voluntad humana. Se dice que “el tiempo es oro”, pero se nos olvida cada vez más que sobre todo «el tiempo es vida, y que la vida reside en el corazón».

Existir es ya un regalo. Convertir la vida en don y compartirlo es finalidad para la vida. El don es una forma de servicio que excluye la obligación de retorno. Puede haber en ella reciprocidad, pero ésta siempre es libre, gratuita. Uno no da para recibir nada a cambio, sino por interés sincero hacia el bien del otro a quien se ofrece el don.

El tiempo cobra verdadero valor dándolo, convirtiéndolo en escucha y servicio para otras personas. Pero ahorrándolo, como sugieren los tentadores sin alma, la vida se apaga y el tiempo se destruye, convirtiéndose en “tiempo muerto”. Llevados por la tentadora propaganda difundida a gran escala por los hombres grises, los humanos empiezan a desvivirse por nada en realidad. Sólo piensan en acaparar su tiempo para sí mismos y entonces es cuando de verdad lo pierden. La ciudad se llena de edificios de hormigón tristes y feos, todos semejantes. “No son casas, son “almacenes de gente”, dirá Nicola, el amigo albañil de Momo. Se multiplican los “depósitos para niños” para que aprendan a hacer cosas útiles para el futuro y han dejado de jugar. Sus padres, como todo el mundo, ya no tienen tiempo para dedicarse a ellos, y todos se mueven deprisa, trabajan deprisa, como si alguien les estuviera persiguiendo. En esta nueva sociedad, dominada por los hombres grises, ya no hay tiempo que perder: tiempo y vida para charlar, para sonreír, para soñar, ya no hay espacio para la imaginación, la creatividad, pero sobre todo ya no hay tiempo para escuchar, para dedicarlo a los que nos importan. La frase más repetida y triste, que inunda el mundo como una humareda asfixiante, es “no tengo tiempo”.

Momo es una metáfora brillante y a la vez terrible sobre la era del consumismo, de la tecnología, de la fama televisiva y mediática, de la ambición y del control social. Una era en la que ya no hay tiempo para los valores importantes en los que reside la felicidad, y en la que sólo queda tiempo para trabajar deprisa, para conseguir el éxito, para seguir la ola de la multitud dominada por el utilitarismo y el hedonismo. El tema era sin duda muy actual en 1974, cuando se publicó por primera vez el libro, pero lo es aún más hoy en día. Correr, correr… hacia ninguna parte.

“Cada día eran más los que se dedicaban a lo que ellos llamaban “ahorrar tiempo”. Y cuantos más eran, más los imitaban, e incluso aquellos que en realidad no querían hacerlo no tenían más remedio que seguir el juego.

Diariamente se explicaban por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo, que un día, regalarían a los hombres la libertad para la vida “de verdad”. En las paredes se pegaban carteles en los que se veían todas las imágenes posibles de la felicidad. Debajo ponía en letras luminosas:

“Los ahorradores de tiempo viven mejor. Los ahorradores de tiempo son dueños del futuro. Cambia tu vida: ahorra tiempo.”

Pero la realidad era muy otra. Es cierto que los ahorradores de tiempo iban mejor vestidos que los que vivían cerca del viejo anfiteatro. Ganaban más dinero y podían gastar más. Pero tenían caras desagradables, cansadas o amargadas y ojos antipáticos. Ellos, claro está, (…) no tenían a nadie que pudiera escucharles y les ayudara a volverse listos, amistosos o contentos. Pero incluso si hubieran tenido a alguien así es más que dudoso que jamás hubieran ido a verle, a menos que se hubiera podido resolver la cuestión en cinco minutos. Si no, lo habrían considerado tiempo perdido. Según decían, tenían que aprovechar incluso los ratos libres, con lo que tenían que conseguir como fuera y a toda prisa diversión y relajación.

Así que ya no podían celebrar fiestas de verdad, ni alegres ni serias. El soñar se consideraba, entre ellas, casi un crimen. Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio. Pero está claro que no se trataba de un ruido divertido, como el que reina allí donde juegan los niños, sino de uno airado y pesimista, que de día en día hacía más ruidosa la ciudad.


No se niega el valor relativo del tener y del hacer, sino que se afirma que, bien orientado, lo que hacemos y lo que poseemos se subordina al bien y al valor de la persona, del ‘ser mejor’ del otro.

Y es que además, el ser humano, en cuanto persona, no es una máquina de calcular, sino un ser asombrosamente capacitado para el don y que halla su felicidad precisamente en el don de si mismo. Porque este es el gran estupor: el ser humano es persona, es decir, un ser llamado a darse a sí mismo a través de su actividad, y que cuanto más da, más crece y es más plenamente humano.

La persona es el ser que puede darse a sí mismo sin perderse; antes bien, cuando se da a sí misma en lo que hace o en lo que da, se experimenta más plena y satisfecha.

No es que haya que despreciar o suprimir los contratos o el dinero mismo, o la dimensión instrumental de la vida. No. En absoluto. Pero se trata de medios y no de fines, de aspectos relativos a lo más valioso y digno: la persona humana misma y su dignidad constitutiva. Darse no es inadecuado a la naturaleza humana; todo lo contrario: es su vocación y coronación. Porque “el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (G. Spes, 24); porque –en última instancia- cada hombre y cada mujer es imagen y semejanza de un Dios Creador que es amor, puro don de sí.
 

Michael Ende. Artículos en español sobre su vida y obra.

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