martes, 25 de agosto de 2026

2. En el que Chiquillo sitia el Castillo Escalofrío

Texto: Michael Ende
Imagen: Regina Kehn

 

Mientras tanto, lejos, muy lejos de la carretera en la que estaban Papá y Mamá Dick en su carromato, bebiendo té, preocupados por su hijo, Chiquillo se abría camino por entre la espesa espesura de un bosque. Por aquel entonces, teníamos auténticas selvas vírgenes con árboles gigantescos de miles de años, con desfiladeros por los que nadie había caminado, con plantas trepadoras y pantanos en los que bailaban por arriba y por abajo los fuegos fatuos. Y el inmenso bosque que aparece en esta historia se llamaba Bosquemiedo, pues era especialmente tenebroso.

Se decía que allí no solo habitaban osos y serpientes gigantes, sino también espíritus del bosque, duendes malvados y todo tipo de monstruos. Pero, sobre todo, allí vivía, escondido en algún lugar de su inaccesible castillo, el caballero bandido más temido de todos, al que Mamá Dick ya había mencionado con tanta inquietud: Rodrigo Bandido.

Nadie en todo el país se atrevía a pronunciar su nombre si no era con la mano delante de la boca y entre susurros, pues tan solo mencionarlo se consideraba peligroso. Existían innumerables historias sobre la maldad y ferocidad de aquel monstruo, pero sobre todo decían cosas increíbles acerca de su tremenda 
fuerza en la batalla, lo que le hacía totalmente invencible. Incluso los guerreros más valientes y los temerarios más atrevidos preferían correr aventuras más prometedoras y evitar el Bosquemiedo en la medida de lo posible. 

Sin embargo –o más bien justo por eso–, Chiquillo había decidido visitar a aquel hombre. Este asombroso propósito se tiene que explicar de inmediato, puesto que de lo contrario alguien podría crearse una falsa impresión de Chiquillo y tomarlo por un héroe o una persona de lo más valiente.
Pero él no era así, porque valiente es alguien que tiene miedo y lo supera. Sin embargo, Chiquillo no tenía ni idea de qué era el miedo y por consiguiente no le hacía falta superarlo.

Solo tiene miedo quien conoce el mal que hay en su interior y por tanto no lo busca. Y de eso tampoco tenía ni idea Chiquillo. No se imaginaba cómo podía ser. Así que más que una virtud, era un defecto. No tenía ni idea de qué se podía hacer ante semejante defecto. Había oído que quien no sabía diferenciar entre el bien y el mal sería un niño para siempre. Pero Chiquillo no quería eso. Él quería hacerse mayor y por esa razón se había marchado en busca de Rodrigo Bandido, quien sin duda era un 
experto en cuanto al mal.

La tormenta seguía rugiendo, la lluvia caía a mares, los rayos centelleaban, los truenos retumbaban y el vendaval agitaba todo el bosque con violencia. Chiquillo no iba lo que se dice vestido para su expedición. Su pequeña y delgada figura iba enfundada en un traje de arlequín que Mamá Dick le había cosido a mano con retales de los trajes que hacía para las marionetas. Unos trocitos coloridos de terciopelo, cuero, tela dorada, pelo de animal, seda, fieltro o lana. Por supuesto, el traje estaba completamente empapado y se le pegaba a las extremidades.

Tampoco llevaba gorro y su cabello pelirrojo iba todo despeinado. Parecía que aquella cara pecosa y aquellos ojos azules acabaran de caer del cielo. 

Al destellar un relámpago, se iluminaron las gigantescas y nudosas ramas de los árboles, unas formas extrañas semejantes a  piernas y brazos encorvados, rostros con ojos que miraban, narices cartilaginosas y bocas muy abiertas. El polifónico bramido y aullido del vendaval sonaba como un coro de voces quejumbrosas o amenazantes. Pero Chiquillo continuaba su marcha, sin dejarse impresionar en lo más mínimo. De vez en cuando, en la oscuridad, se daba en la cabeza con una rama que no había visto o se tropezaba con alguna raíz gruesa. Pero se volvía a levantar y proseguía su excursión de manera resuelta. 

Unas cuantas veces sucedió incluso que el viento arrancó los árboles, que crujieron al desplomarse y se llevaron por delante otros árboles. Pero Chiquillo trepaba por las ramas grandes que se interponían en su camino y continuaba andando por entre la maleza. 

En una ocasión metió el pie en algo que lo retuvo. Tiró y tiró, pero no pudo sacarlo. Era como si la raíz fuese una mano que le cogiera, porque el pie no podía librarse de aquellas garras. Chiquillo tiró con todas sus fuerzas, pero aquella cosa no cedía, y pensó que a lo mejor se trataba de un malvado gnomo de las raíces. 

—¡Oye —gritó Chiquillo—, suéltame! ¡Tengo que ir a ver a Rodrigo Bandido!

Apenas había pronunciado aquel nombre, cuando el pie quedó libre. ¿Acaso los árboles y los espíritus del bosque le tenían miedo? ¿O había sido pura coincidencia?

Solo había dado unos cuantos pasos cuando cayó allí mismo un potente rayo, a poca distancia de donde él se hallaba.

—¿Lo habré provocado yo? —se preguntó Chiquillo—. No me gustaría nada que hubiera sido simplemente por decir su nombre. 

Los mismísimos árboles de aspecto tenebroso parecieron asombrarse ante tanta indiferencia. De pronto sus rostros adquirieron una expresión de indignación y fue como si se susurraran los unos a los otros y cuchichearan entre ellos. 

—Pues vale —dijo Chiquillo—, ya me callo.

Y continuó caminando con paso firme y mucha calma. Un poco más tarde amainó por fin el temporal, tan solo duraba aún el viento, que llevó un jirón de nubes sobre la luna llena, de modo que a intervalos aclaraba y volvía a oscurecer; aunque en el suelo del Bosquemiedo, por donde se abría camino Chiquillo, no se notaba ninguna diferencia, puesto que las enormes copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz mortecina. 

Entonces, de pronto, el viento cesó y reinó un silencio sepulcral. Tan solo se oía el leve sonido de las gotas que caían de las hojas. La niebla se alzó del suelo. Los animales nocturnos, que hasta ese momento se habían ocultado en sus escondrijos, fueron apareciendo poco a poco y observaban con ojos brillantes, desde todos los rincones, al pequeño excursionista, que de manera tan campechana había entrado en su territorio.

El suelo cada vez estaba más cenagoso y en algunas partes crecían setas inmensas, algunas de ellas más altas que Chiquillo. El suelo ahora se empinaba a ojos vistas y disminuía la cantidad de árboles, de modo que, de vez en cuando, se podía ver la luna a través de las copas. 

Tras un buen rato subiendo cada vez más arriba, de repente, Chiquillo oyó en el silencio un crujido, y después otro. Siguió el ruido y bajo un gran avellano silvestre encontró un oso cascando nueces.

—¡Hola, oso! —saludó Chiquillo, y se acercó a él—. Deja algunas para mí. Tengo hambre.

El oso se dio la vuelta y se alzó gruñendo sobre las patas traseras. Era tres veces más alto que Chiquillo y miraba desconcertado al tipo diminuto vestido con aquel colorido traje tan extraño.

—No voy a hacerte nada —dijo Chiquillo.

Ya fuera porque el oso se hubiese hartado o porque le había desconcertado mucho su desfachatez, volvió a ponerse a cuatro patas y se marchó gruñendo.
Chiquillo lo miró con amabilidad y gritó:

—¡Gracias!

Luego recogió todas las nueces que pudo encontrar, se las metió en los amplios bolsillos de su traje y retomó su camino mientras partía una nuez tras otra con los dientes para comérselas. La luna ya había recorrido un buen trecho cuando el bosque de repente se abrió ante Chiquillo y le permitió ver unas peladas montañas rocosas, cuyas cumbres escarpadas despuntaban. Muy arriba, en el pico más alto, bajo la luz mortecina, distinguió un castillo. Nada más verlo a aquella distancia, le habría puesto los pelos de punta a cualquiera, pero no a Chiquillo, que asintió satisfecho y lanzó un silbido de admiración. Estaba seguro de que por fin había alcanzado la dirección postal correcta: el caballero Rodrigo Bandido, morador del Castillo Escalofrío, en la Montaña Pelos de Punta de Bosquemiedo.

El castillo se había construido con bloques de piedras negras y tenía cinco torres de diferentes alturas, y todas ellas, de una forma u otra, parecían torcidas e inclinadas. Las pocas ventanas que daban afuera, ya que los muros exteriores se fusionaban directamente con las empinadas rocas verticales, parecían cuencas de ojos vacías. La fortaleza no tenía foso, tan solo había una puerta en un lateral, aunque desde abajo no se distinguía si estaba abierta o cerrada. En conjunto, aquel castillo daba la impresión de estar bastante en ruinas.

Chiquillo comenzó el ascenso. El camino era un estrecho sendero sin barandilla que serpenteaba con curiosos giros alrededor de los altos pináculos. Por todas partes, durante el camino, allá donde había un poco de sitio, Chiquillo se topaba con una tumba, cuya cruz de piedra estaba clavada en el suelo de forma inclinada. En las lápidas a duras penas descifró unas inscripciones donde se leía lo siguiente:
 

Aquí yace el caballero Bogumil Amenázame,
muerto a manos de Rodrigo Bandido
tras tres días de combate.
¡Viajero, cuídate de continuar!

 

O:
 

Aquí descansa el esqueleto que tanto costó recoger
del gigante Untam Menuwel,
que tuvo la mala suerte de disgustar a Rodrigo Bandido.
¡Viajero, sal huyendo!

 

O:
 

Los pocos restos que quedan 
de los trece salteadores de la Banda de los Fieras,
que se toparon con Rodrigo Bandido,
están enterrados en una maceta.
¡Forastero, sal enseguida de aquí!


Cuanto más subía Chiquillo, más se tropezaba con calaveras por allí tiradas y montones de huesos. En una ocasión incluso tuvo que traspasar un enrejado de huesos humanos, que estaban forjados con cadenas oxidadas a la pared rocosa y llevaban puestos cascos. Por lo visto, se trataba de todo un grupo de caballeros que recibió su castigo por haber ido a visitar a Rodrigo Bandido sin que los invitaran. Ante tal formación de honor, probablemente a cualquier otro se le habría ocurrido que en realidad se estaba mucho mejor y más cómodo en casa, y que ya iba siendo hora de regresar. A cualquier otro menos a Chiquillo.

Cuando por fin había llegado muy alto, vio que el camino terminaba en una almena de piedra. Un puente levadizo pasaba sobre un abismo infinito y en el otro extremo se hallaba la puerta del castillo. Aquel puente estaba tan carcomido y las enormes cadenas tan corroídas por el óxido que no se sabía muy bien si aguantaría que lo atravesase alguien. Además, la puerta gigantesca estaba cerrada. Chiquillo colocó los pies sobre los tablones del puente, que crujió y chirrió, y algo se deslizó hasta caer al abismo. No obstante, el niño siguió avanzando. Una vez tuvo que saltar un agujero que había entre los tablones. Toda la construcción se balanceó de un lado a otro y las cadenas chirriaron. Pero entonces 
llegó a la puerta. 

En el centro había una aldaba con el rostro de un demonio que llevaba una gruesa anilla de hierro en la boca. Chiquillo movió la anilla y llamó un par de veces. Oyó como resonaba el ruido de forma fantasmal en el interior de la fortaleza, que por lo demás estaba totalmente en silencio. Llamó una vez 
más con mayor ímpetu y después gritó haciendo bocina con las manos ahuecadas:

—¡Eh, hola! Señor caballero Rodrigo Bandido, ¿puedo entrar, por favor?

No recibió respuesta ni tampoco apareció nadie. 
Chiquillo continuó llamando un rato más, pero fue en vano. 
Poco a poco se fue cansando, al fin y al cabo se había pasado en vela toda la noche, y casi se le cerraban los ojos.

—A lo mejor —se dijo a sí mismo— ha salido a hacer un recado. Seguro que vuelve pronto, de lo contrario habría dejado una nota en la puerta donde pusiera «Estoy de vacaciones» o algo por el estilo.

Se agachó en un rincón de la puerta y al momento se quedó tranquilamente dormido.

 

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