jueves, 4 de diciembre de 2025

1. En el que desaparece el protagonista y de repente...

Texto: Michael Ende
Imagen: Regina Kehn

 

En medio de la oscura Edad Media, a media semana, y además a medianoche, traqueteaba, avanzando a trompicones, un carromato alto y cuadrado, tirado por tres burros, por una carretera llena de baches y charcos. Rugía una tormenta horrible, y los relámpagos y los truenos iban uno detrás de otro, tan rápido que no se sabía qué trueno correspondía a qué relámpago. Llovía a cántaros y soplaba un vendaval.

Al decir «la oscura Edad Media», nos referimos a una época en la que no se había inventado aún la luz eléctrica, es decir, antes de que vuestros abuelos fueran niños pequeños. Y de eso hace sin duda muchísimo tiempo. Por aquel entonces, no existían las bombillas, los faros del coche ni las linternas, y por supuesto tampoco había alumbrado público. Por lo que es fácil imaginar que en mitad de la noche la carretera estuviera negra como boca de lobo. 

Si un caminante hubiera osado a esas horas ir por la carretera y se hubiera encontrado el carromato, habría oído de lejos, por encima del ruido de los truenos, el tintineo de las campanillas que colgaban de la brida y de las riendas de los tres asnos. Y con el resplandor del relámpago habría visto que el carromato parecía una casita encima de cuatro ruedas, cuyas paredes estaban todas cubiertas con divertidas figuras pintadas. Sobre su tejado puntiagudo, se alzaba una chimenea metálica; a izquierda y derecha, en los laterales, había ventanas con geranios en maceta, y en la parte trasera estaba la puerta a la casa con un tejadito extra encima. Sobre las ventanas a ambos lados se leía en grandes letras con florituras:

TEATRO DE MARIONETAS DE PAPÁ DICK

El señor director, un hombrecillo regordete, estaba sentado, cubierto con un gigantesco abrigo impermeable, en el pescante. El agua chorreaba de su sombrero de ala ancha, la cabeza se tambaleaba de un lado a otro al ritmo del traqueteo de las ruedas, y su cara redonda y sonrosada parecía amable y tranquila. Como se había quedado dormido, roncaba apaciblemente, y se diría que no le molestaba el estallido de los truenos en lo más mínimo. Igual de despreocupados continuaban avanzando  a paso lento los tres asnos, que sin duda estaban acostumbrados a buscar solos el camino. 

El interior del carromato tan solo lo iluminaba la tenue luz de una pequeña lámpara de aceite, que colgaba bamboleándose de una cadena corta sujeta al techo. En un rincón había una cocina y en la pared de atrás pendían toda clase de sartenes, cazuelas y cucharas de palo. Justo al lado se encontraba la zona del comedor, con una mesita, un banco y dos sillas. Todo muy práctico y pequeño. En la otra punta había empotrada una litera.

La parte de abajo era una amplia cama de matrimonio, y arriba, justo debajo del techo, había una cama estrecha y pequeña, a la que solo se podía acceder por una escalera. El resto del espacio estaba lleno de marionetas, que pendían de unos hilos del techo o estaban colocadas en sus soportes. Allí había princesas y reyes, burgueses, campesinos y brujas, magos, la Muerte y el Diablo, arlequines, turcos, caballos, dragones y caballeros, muchos caballeros. En el suelo se amontonaban cajas y cestos, en los que se guardaban los bastidores y todas las cosas pequeñas que aparecían en el teatro de marionetas: los sablecitos y los escudos, el cetro real, platitos y sillitas, arbolitos y barquitos, y muchas cosas más.  Bajo aquella luz titilante las marionetas parecían extrañamente vivas, se balanceaban de aquí para allá, como si bailaran las unas con las otras.

Sobre la barra de las cortinas, encima de la mesa del comedor, estaba posado un pequeño papagayo muy colorido, que había escondido la cabeza bajo el ala y dormía. En la amplia litera de abajo estaba tumbada Mamá Dick, debajo de un edredón de cuadros rojos, y roncaba igual de entregada que su marido fuera, en el pescante, solo que de forma mucho más delicada y melódica. La cama pequeña de arriba estaba vacía. Y la puerta de la casa en la parte trasera del carromato se abría y cerraba, se abría y 
cerraba con fuerza por el viento, una y otra vez. No cabía duda de que alguien se había olvidado de cerrarla bien. 

De repente hubo un gran estrépito, como si las ruedas del  carro hubieran chocado contra una roca enorme, y el vehículo entero se inclinó y volcó de lado. Se armó un alboroto al moverse todo. Hasta Mamá Dick se cayó rodando de la cama y el papagayo pudo sujetarse con las garras a la barra de las cortinas, pero quedó colgando cabeza abajo.

—¡Oh, cielos! —chilló—. ¿Qué ha sido eso?
Mamá Dick consiguió salir de debajo de un montón de marionetas y gritó:
—¡Eh, Papá Dick! ¿Qué ha pasado?
Fuera oyó la voz de su marido a través del silbido del viento:
—Dolly, Willy y Ully se han dormido un poco mientras avanzaban y se han metido en una zanja.
—¡Ephraim Emanuel Dick —respondió su mujer furiosa—, debería darte vergüenza! Les echas la culpa a los tres burros inocentes cuando en realidad te has quedado tú dormido. ¡Cómo se puede ser tan irresponsable!

Cuando le llamaba por el nombre completo, siempre era una señal de alarma para Papá Dick. Se volvió hacia la puerta del carromato y puso cara de mucha preocupación.

—¿Te has hecho daño, cariño?
—Nada que merezca la pena mencionar —respondió el papagayo—. Sócrates solo se ha doblado unas plumas de la cola.
—¡Cierra el pico, Sócrates! —exclamó Papá Dick—. No me refería a ti. ¿Cómo está mi querida esposa? ¿Va todo bien?

Mamá Dick salió por la puerta atrancada del carromato. Era tan sonrosada y regordeta como su marido y solo llevaba puesto un camisón y un gorrito de dormir. Después de darle a su marido un beso de reconciliación, examinó suspirando el carro volcado. 

—¿Crees que podremos volver a ponerlo en marcha? —le preguntó entonces.
 —Tenemos que intentarlo. En esta zona perdida de la mano de Dios no encontraremos a nadie que nos ayude. Con un poco de suerte no se ha roto nada. Los tres lo conseguiremos. Chiquillo tiene que ayudar también. Por cierto, ¿dónde se ha metido? ¿Sigue dentro?
—Creo que no —contestó Mamá Dick inquieta—. Pensaba que todo este tiempo había estado contigo.
—No, conmigo no ha estado —dijo Papá Dick.

Intercambiaron una mirada de susto y luego gritaron al mismo tiempo hacia el interior del carromato:
—¡Hola! ¡Chiquillo! ¡Chico! ¡Niño! ¿Estás ahí dentro? ¿Te ha pasado algo? ¡Di algo, hijito! ¿Estás vivo? ¡Chiquillo, contéstanos, por favor!
—Aquí dentro no hay nadie —chilló el papagayo— aparte de Sócrates.
 —¡Por todos los santos! —exclamó Mamá Dick y dio una palmada—. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi pobre hijo? Lo hemos perdido por el camino, pero ¿cuándo y dónde? ¿Qué le habrá ocurrido?

Y ambos se pusieron a dar vueltas en la oscuridad mientras gritaban lo más fuerte posible, en todas las direcciones, en aquel vendaval: 
—¡Chiquitín! ¡Chiquillo! ¡Pequeñín! ¡Contéstanos si nos oyes! 
¿Dónde te has metido? ¡Vuelve, hijito!

Pero la única respuesta fue el silbido del viento y el retumbar del trueno.
En realidad, el muchacho, por supuesto, no se llamaba Chiquillo. Le habían bautizado con el nombre de Hastrubel Anaximander Chrysostomos. El nombre provenía de un libro de cuentos muy antiguo, del que Papá Dick sacaba el material para sus obras de teatro. Pero nadie podía pronunciar un nombre tan complicado y menos aún retenerlo en la memoria, ni siquiera sus padres. Por eso lo habían llamado toda su vida simplemente Chiquillo, y así nos referiremos a él en el resto de esta historia. Ese tipo de nombres se pueden olvidar con mucha facilidad. 

Mamá Dick empezó a llorar.
—Es un pequeñín tan intrépido —sollozó— que espero que no se haya ido por su cuenta a hacer nada…
—Y que lo digas —dijo Papá Dick—. Es el hijo más terco que hayamos tenido y con el que menos se puede razonar.
—Pero si no tenemos más hijos… —lloriqueó Mamá Dick.

Papá Dick la cogió en sus brazos para que se tranquilizara y le acarició el pelo, lo que le descolocó el gorrito de dormir.
—Tranquilízate, mi amor —susurró—. Seguro que aparece pronto. A alguien como él no le pasará nada. Lo encontraremos, sin duda, y entonces le daré una buena azotaina. 
—¡No harás tal cosa! —lloriqueó Mamá Dick—. Eres un mal padre. Además, ¿y si es que le han secuestrado?
—¡Qué tontería! —exclamó Papá Dick—. Estamos viajando en una noche especialmente oscura para que nadie nos vea. Y encima, con este tiempo tan horrible ningún ladrón habrá estado al acecho.
—¡No te lo crees ni tú! —gritó Mamá Dick cada vez más desesperada—. Esta zona está llena de rufianes.
—Bueno, vale, pero ¿por qué iban a querer llevárselo? —preguntó Papá Dick, que no estaba muy seguro—. No somos más que unos titiriteros pobres. No podemos pagar un rescate. ¿Por  qué iba alguien a querer secuestrar a nuestro Chiquillo?

Mamá Dick se apartó de los brazos de su marido y retrocedió un paso. Se había puesto muy pálida.
—En algún lugar de estos bosques —dijo con dificultad— vive Rodrigo Bandido, que es el peor y más terrible de los rufianes. Es un ser totalmente cruel. Hace el mal solo por diversión. Le da igual todo. Y si tiene a nuestro Chiquillo…

No pudo continuar hablando. Y entonces empezó a llorar también Papá Dick. Se abrazaron el uno al otro y la lluvia cayó sobre sus rostros. 
—¡Oh, cielos! —graznó Sócrates desde el interior del carromato—. ¡Menuda suerte sería esa! Pero no debéis perder la cabeza. A lo mejor Chiquillo tan solo ha bajado a hacer pipí o algo parecido.
—En tal caso —respondió Papá Dick, interrumpiendo su sollozo—, nos habría llamado para que nos parásemos y le esperáramos. 
—¡Pero si estabas durmiendo, dormilón —increpó Mamá Dick a su marido, con un meneo—, no habrás oído nada en absoluto! Y el pobre niño estará deambulando de noche. 
—Tú también te has dormido —replicó apocado—. De lo contrario, te habrías dado cuenta de que había bajado del carro. 
—¡Jolines! —chilló el papagayo furioso—. ¿Sería alguien tan amable de volver a poner el carro sobre las ruedas? Sócrates sigue aquí colgado boca abajo en la barra de las cortinas, y tampoco ve nada porque la lámpara se ha apagado, por cierto. Nos quedamos aquí y mañana temprano, cuando salga el sol, Sócrates sobrevolará toda esta zona para buscar a Chiquillo. Y vosotros podréis hacer lo mismo a pie. Pero ahora no podemos hacer nada más que esperar a ver si viene él solo. Así que haced el favor de poner recto el carro para que Sócrates al menos pueda reflexionar como es debido.

Aquel papagayo era, como se aprecia, un pájaro muy práctico y no se ponía de los nervios con facilidad. Pertenecía a una raza especialmente pequeña y colorida; parecía un payaso, pero no le gustaba nada oírlo. Además, como les sucedía con frecuencia a estas aves, tenía muchísimos años, casi cien, y por lo tanto había tenido una vida extraordinaria.

Que se le entendiera tan bien al hablar tiene una explicación evidente: no solo estuvo con Papá Dick y Mamá Dick, sino con Abuelo Dick y Abuela Dick, que también eran titiriteros por el mundo, y había oído sus obras de teatro cientos y cientos de veces hasta poder repetirlas sin cometer fallos. Y como era un pájaro tan inteligente –por eso recibió el nombre de un conocido filósofo griego–, podía expresarse con un vocabulario tan amplio como cualquier catedrático.

Papá Dick encontró una rama fuerte y larga, que utilizó como palanca. Mamá Dick le ayudó a levantar el carro y se metió por debajo. Willy, Ully y Dolly, los tres burros, tiraron con todas sus fuerzas de los arreos y, tras varios intentos, lograron poner de nuevo el carromato sobre las ruedas. El lado que había tocado el suelo estaba bastante sucio, pero la lluvia no tardaría en limpiarlo. Por lo demás, no se había estropeado nada.

El matrimonio se subió al carromato y volvió a encender la lámpara de aceite. Después, recogieron todas las cosas que se habían caído y lo colocaron todo con cuidado. Al terminar, se sentaron el uno frente al otro en la pequeña mesa del comedor, se cogieron de las manos y se miraron con preocupación. Ninguno de los dos tenía ganas de irse a dormir. Mamá Dick suspiraba de cuando en cuando y decía una y otra vez:

—¿Qué vamos a hacer, Papá Dick?
Y Papá Dick respondía todas las veces: 
—No lo sé.
Finalmente, Sócrates sacudió su plumaje e infló el pecho.
—¡Beber té mientras esperamos! —gritó. 
Y eso fue lo que hicieron, puesto que no había nada más sensato que hacer por el momento. 

Fuera, delante del carromato, se encontraban Ully, Dolly y Willy bajo la lluvia, en plena tormenta. Aunque no les molestaba, porque estaban acostumbrados. Pero esta vez dejaron la cabeza y las orejas colgando

 

 

0 comments:

Publicar un comentario

Michael Ende. Artículos en español sobre su vida y obra.

Con la tecnología de Blogger.

*