viernes, 21 de noviembre de 2025

Michael Ende, de la A a la Z

Texto: Ana Garralón en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Imagen: Andy Kehoe 



Adulto

«El hoy llamado adulto, al que se ha remachado el cerebro con una noción de realidad que no deja de ser ridículamente pobre, considera todo lo maravilloso o misterioso como 'irracional', como 'fantástico' o 'escapista', o comoquiera que recen todos esos vocablos utilizados en sentido peyorativo».

Animismo
«Curiosamente, se les ha dejado a los niños una pequeña reserva para lo salvaje. Si a los niños se les domesticara inmediatamente, según este mundo seco de los adultos, se derrumbarían espiritualmente. Por eso se les ha dejado, más o menos hasta los seis años, una pequeña reserva donde pueden alimentar sus tendencias animistas, donde se imaginan a la naturaleza poblada de seres maravillosos y donde pueden tutear al sol y a la luna. Pero eso se les destruye en la escuela, y se les deja en claro que todo son amables mentiras».

Borges
«Borges me dio el coraje de adentrarme en mi propio camino, porque yo siempre he tenido que justificarme por el tipo de literatura que escribo».

Creatividad
«La fantasía es una fuerza anárquica en las vidas humanas, que está constantemente creando nuevas cosas, empuja todo lo estático, y cambia los sistemas de valores. Este fenómeno aterroriza a los adultos, quienes no quieren cuestionarse el orden existente. Porque la mayoría ya no tiene esa fuerza interior. Los niños, por otra parte, aman esta energía creativa y la sienten como su elemento natural».

Crítica
«No quiero enemistarme con todos los críticos, pero me he acostumbrado a críticas reseñadas en virtud del número de columnas y no por lo que contienen. Yo sé que esto suena muy provocador pero una crítica de cuatro columnas da a mi libro más interés que un elogio de diez líneas aunque sea igual de efusivo. El elogio de diez líneas, al día siguiente, todos lo han olvidado. Un artículo de cuatro columnas permanece en los lectores».

Didactismos
«Mi trabajo no está guiado en absoluto por intenciones pedagógicas o didácticas. Solamente razones artísticas y poéticas han guiado la elección de la forma que ustedes encuentran en mis libros».

Edgar Ende
«A través de él conocí otras realidades artísticas, el arte fantástico del surrealismo y la literatura. Nos entendíamos muy bien, él no me trataba como un niño, sino como un compañero de juegos. Cuando trabajaba en su estudio, yo también tenía un pequeño caballete y pintaba a su lado. Después mirábamos nuestros cuadros».

Evasión
«Una de las preguntas que se me formulan permanentemente en los debates es si la fantasía no significa una evasión de la realidad. Yo siempre contesto que no, que es una posibilidad de alcanzar la realidad».

Fantasía
«La realización fantástica es, sobre todo, la capacidad de pensar creativamente, de encontrar nuevos valores, de crear nuevas imágenes, de ver nuevas relaciones y, en este sentido, la fantasía es indispensable para acercarse a la realidad, ella no nos aleja de la realidad vital».
«Qué difícil es aprehender el concepto de lo fantástico. Nos hemos perdido en un concepto de realismo que ha llegado a ser tan pobre, tan necesitado, que simplemente no puede contener una categoría de la capacidad vivencial humana».

Historia de la literatura infantil
«Los principios de lo que hoy llamamos Literatura Infantil se remontan a los comienzos del siglo XIX. Antes había cuentos de hadas, pero no eran, en absoluto, 'exclusivamente para niños'. En el Desierto Cultural se supone que el pueblo inventó esos cuentos precisamente porque era ignorante e ingenuo. Nosotros, los de la reserva, estamos mejor informados: el pueblo no inventa esas historias, no hace más que transmitirlas concienzuda y muy exactamente. Los anónimos autores de cuentos de hadas eran en realidad hombres sabios que sabían muy bien lo que decían, hasta en sus más mínimos detalles. (...) Al comienzo de la Edad Moderna todo eso cambió. A partir de entonces el intelectualismo moderno empezó a desplazar a la antigua espiritualidad europea en todos los ámbitos».

Infancia
«En nuestro barrio había un hombre loco que nosotros los niños queríamos mucho, un pintor que llamábamos Fanti. Era un maravilloso contador de historias: nos narraba relatos salvajes y fantásticos y los ilustraba en un pedazo de papel que él siempre llevaba a mano. Eran ocasiones llenas de magia y suspenso que cortaban la respiración. Nunca lo olvidaré».

Justificación
«En los años sesenta, en Alemania, como en otros países, se estaba debatiendo, de una manera muy acalorada, el tema de la evasión en el arte. Todo aquello que no fuera una literatura estrictamente ligada a la realidad política y que no tuviera una finalidad emancipatoria se consideraba una obra superflua y escapista. Y, claro, el caso es que yo tenía que estar justificándome todo el rato por mis libros, y llegó un momento en que me harté».

Literatura infantil
«La reserva de la que proceso se llama Literatura Infantil. Pertenece a esas reservas que toleran, con sonrisa condescendiente, los habitantes del Desierto Cultural, a las que algunas asociaciones benéficas incluso miman, pero que todos, en el fondo, desprecian... como desprecian, por cierto, la mayoría de las cosas que tienen que ver con los niños».

Materialismo
«Los hombres grises son un principio que existe en nuestra sociedad, un modo de contemplar la vida, en el que sólo se valora lo que se puede pesar, medir y contar. Esto acaba matando todo lo que toca. Los hombres grises son el puro intelectualismo científico en el sentido materialista».

Pedagogía
«El desarrollo de mi personalidad fue interrumpido repentinamente por la entrada en el colegio en el año 1936. Intentaban enseñarme a leer, escribir y a cuadrarse (lo cual, entonces, era aún más importante) así que al poco tiempo saqué la conclusión de, una vez mayor, no elegir una profesión para la cual se exigieran estas habilidades».

Procedencia
«Mi procedencia se ubica en la despreciada literatura infantil, un enclave odiado por los misioneros del desierto cultural que no son otros que los representantes de la ilustración científica, de la racionalidad que son los mismos que envenenan el cielo, la tierra y las aguas».

Realidad
«La realidad no está constituida sólo por hechos, sino también por el significado que les damos a los hechos, y el significado cambia de decenio en decenio y de cultura en cultura. Y para llegar al significado de los hechos se necesita un acto creador, especialmente cuando -como hoy en día- se está frente a nuevas preguntas».

Soñar
«Desde la escuela me han hecho sentirme diferente: éste es un mundo en el que no se ama a los soñadores. Pero, por otra parte, nunca creí que los otros fueran como se comportaban. Siempre he pensado que, en el fondo, los otros son como yo, sólo que no lo saben».

Tortugas
«Me gustan las tortugas porque no sirven para nada. Son los más antiguos animales de la creación y si los miras tienen una extraña sonrisa, como si supieran cosas que nosotros desconocemos».



Los extractos que aparecen en esta selección han sido tomados de:
El Independiente (Madrid) 10 de julio de 1990.
La Revue des Livres pour Enfants. N.º 113. Primavera de 1987.
Diario 16 (Madrid). 27 de septiembre de 1990.
El País Semanal N.º 695. 5 de agosto de 1990.
Zeit Magazin (Alemania) N.º 47. 18 de noviembre de 1994.
Revista de Libros de El Mercurio (Santiago de Chile), N.º 131. 10 de septiembre de 1995.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Una lectura cristiana de “La historia interminable”

Texto: Santiago Leyra Curiá en Omnes
Imagen: Vladimir Kush


"La historia interminable" de Michael Ende tiene evidentes referencias filosóficas y literarias, pero conociendo la formación y la vida del autor no parece demasiado aventurado descubrir también un trasfondo cristiano en este clásico universal.



En 2024 se cumplen 40 años del estreno de la película germano-estadounidense “La Historia Interminable” (Wolfgang Petersen, 1984). Cuando se estrenó, fue la película más cara producida fuera de Estados Unidos o la Unión Soviética y se trataba de una adaptación de la primera mitad de la novela homónima del escritor alemán Michael Ende (Alemania, 1929-1995). Aunque para el autor del libro la película sólo era «un gigantesco melodrama comercial a base de cursilería, peluche y plástico», consiguió cautivar -con su inolvidable banda sonora de fondo- a toda una generación de niños que captaron así algunos de los más profundos mensajes que encierra este clásico de la literatura juvenil.
 

Biografía de Michael Ende
Michael Ende fue hijo único del pintor surrealista Edgar Ende (uno de los artistas “degenerados” según los nazis) y de Luise Bartholomä, una fisioterapeuta. Su infancia estuvo marcada por el ambiente artístico y bohemio en que se movía su padre. En su juventud participó en una agrupación antinazi llamada «Frente Libre Bávaro» mientras era estudiante,​ pero tuvo que dejar sus estudios para servir en el ejército alemán. Más tarde, su familia se mudó a una zona de artistas en Múnich, que dejó una gran influencia en Ende.

Después de entrar en la escuela antroposófica del filósofo Rudolf Steiner y de estrenar su primera obra de teatro “Ya es la hora” (dedicada a la matanza de Hiroshima), Ende estudió interpretación en la escuela de Otto Falckenburg de Múnich y publicó sus tres obras más famosas: “Jim Botón y Lucas el maquinista” (1960), “Momo” (1973, de corte surrealista y metafísico, prohibida en la Alemania comunista por la dura crítica social que representaba) y “La historia interminable” (1979). Se casó y vivió en Roma durante 26 años con la cantante Ingeborg y, a la muerte de su esposa, se casó por segunda vez con la japonesa Mariko Sato. Como anécdota, era un gran aficionado a las tortugas, que aparecen en varias de sus novelas.
 

El cosmos es un anfiteatro
En una entrevista que le hicieron a finales de 1983, Michael Ende afirmó que estaba “convencido de que fuera de nuestro mundo perceptible, existe un mundo real del cual proviene el hombre y hacia el cual se dirige nuevamente. Es una idea que discutí extensamente con mi padre, a quien le debo lo que soy y la idea del mundo como algo misterioso. Para mí la naturaleza no es una mera suma de química y física”, que le hubiera gustado tener hijos, que tendía a la depresión, que se consideraba cristiano, que creía “que vivimos en ese mundo prometido ahora mismo y que existe una jerarquía infinita de inteligencias superiores… como los llamados ángeles y arcángeles”. También manifestó que “la humanidad es el ombligo del mundo. Para mí, el cosmos es un inmenso anfiteatro donde los dioses y demonios miran lo que hacemos aquí, si no, no entiendo el por qué tendríamos que vivir”.

Ante la pregunta de por qué Dios permite el mal, contestó: “Porque es necesario, el mal es tan necesario como el bien. En la historia de la Salvación de Cristo, Judas es completamente necesario. Desdémona es tan importante como Iago. El punto de vista histórico y estético no conoce la moralidad”. Y también afirmó que ya no estaba interesado en la política porque fue uno de los que “en 1968 siguieron el esperanzador camino del movimiento estudiantil; sin embargo, los ortodoxos instauraron un terror psicológico en donde me sentí como el último niño. No podía creer que todo eso de Marx y el pelo largo nos llevara a una solidaridad real”.
 

Las referencias de «La Historia Interminable»
Su novela “La historia interminable” tiene evidentes referencias filosóficas y literarias. En esta aparentemente ingenua historia de aventuras aparece la idea del vacío y el concepto de «la nada»; el viaje del guerrero Atreyu; el pantano de la tristeza y la sabiduría de la vieja tortuga Morla, la suerte del dragón Falcor o Fujur; el poder de creer y las esfinges del Oráculo del Sur; la Emperatriz infantil; la teoría de los reflejos, la proyección y el coraje para confrontar tu verdadero ser; el valor para dejar atrás el miedo, el poder de los sueños y la importancia, en tiempos tan superficiales, de la imaginación.

Como en la filosofía griega, judía, hindú y otras, en esta novela se hace presente el concepto del ser o no ser y las consecuencias de negarte a ti mismo. Ideas de Hegel, Kant, Heidegger y el existencialismo de Sartre, se manifiestan en la historia de diferentes maneras, pero con un mismo mensaje: la nada es lo opuesto al ser, al verdadero ser. En la Puerta del Espejo, Atreyu se enfrenta a uno de los mayores retos del ser humano: la confrontación con el verdadero ser. Ahí, donde «las personas amables descubren que son crueles y los valientes se vuelven cobardes. Porque al confrontarse con el verdadero ser, la mayoría de las personas huyen corriendo». Este mensaje es parte del pensamiento de Jacques Lacan y su trabajo sobre «el ser». Desde el título del libro hay reminiscencias del eterno retorno de Nietzsche.
 

Las creencias y el sentido de la existencia
Durante toda la historia, Atreyu es rescatado en varios momentos por un dragón blanco de la suerte: el querido Fálcor o Fújur, presente en los momentos más difíciles, apoyándole y animándole a que vuelva a creer. Esta «suerte compañera» está presente en varias civilizaciones milenarias, como la china, y es parte de lo inesperado y sorprendente que el camino puede ser. Otro momento clave de la historia es el encuentro de Atreyu con Gmork, un lobo mercenario de «la nada», que le habla del poder de los sueños en la vida humana y cómo la fantasía no tiene fronteras. Cuando los humanos dejan de creer, desear y soñar, la ausencia existencial crece y atenta contra nuestro verdadero ser. Como dice Gmork en la novela, «si la gente deja de creer, pierde sentido su existencia y es fácil de controlar. Y quien sea que tenga el control, tiene el poder».
 

El trasfondo cristiano de «La Historia Interminable»
Conociendo la formación y la vida de Michael Ende, no parece demasiado aventurado descubrir también un trasfondo cristiano en este clásico universal. Algunos ejemplos podrían ser: la importancia de la lectura y de los libros (el libro de la historia-la Sagrada Escritura), la salvación viene de un niño (Bastián-Cristo), la redención a través de un aparente fracaso (Atreyu-Cristo), el papel principal en la historia de una niña (la Emperatriz infantil que vive en la Torre de Marfil-la Virgen María), la tristeza y la desesperanza como arma de las fuerzas del mal (el hundimiento del caballo Artax en el pantano de la tristeza, el nihilismo de la vieja tortuga Morla, el avance de la nada -la acción del demonio en las almas), la importancia de poner un nombre (el nombre de “hija de la luna” que pone Bastián a la Emperatriz infantil -el nombre que pone a Dios a todas sus criaturas y a las personas que encomienda misiones especiales en la historia de la salvación), cada nuevo comienzo cuando parece que todo está perdido (la reconstrucción de Fantasía por parte de Bastian -la redención de Jesucristo que hace nuevas todas las cosas después de la destrucción obrada por el pecado), etc.

Recuerdo haber visto la película de 1984 por primera vez en el cine con cuatro años y después muchas veces en el cine y la televisión. Aunque lógicamente por aquel entonces no entendía todo lo que escribo en este artículo, sus ideas me parecieron fascinantes y útiles para mi vida. Cuando en 1995 decidí entregarme por completo a Dios, recuerdo haber tenido presente la escena de la película en la que Atreyu vence el miedo y atraviesa el peligroso paso entre las esfinges del Oráculo del Sur para llevar a cabo la misión recibida. Que Michael Ende disfrute por siempre en el Verdadero Paraíso.

 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

111. Cuando los niños preguntan

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes
Imagen: Shutterstock

 

¿Le ha dado alguien la idea del libro o se le ocurrió a usted solo? Quiero decir: ¿Es Momo quizá una saga o algo que le han contado a usted y que luego usted ha escrito poniéndole más adornos?
No, fue totalmente idea mía.

 

¿Pero cómo le vino a usted la idea de escribir el libro?
Bueno, si tú echas una mirada a nuestro mundo, tiene que llamarte la atención que continuamente se inventen nuevos métodos para ahorrar tiempo, coches y aviones cada vez más rápidos, toda clase de máquinas, ordenadores que calculan a una velocidad pasmosa, robots que hacen el trabajo mucho más deprisa que un hombre, y sin embargo la gente tiene mucho menos tiempo que antes. Y de año en año, el estrés es cada vez mayor. En todo ello hay un error monstruoso, y hasta una verdadera estafa. Se habla constantemente del enorme progreso, pero las personas ni son más felices ni están más contentas por eso. ¡Al contrario! Si todo continúa así, los hombres perecerán, victimas de ese llamado progreso. Así que en mi libro yo he querido mostrar con una parábola qué elementos mentirosos están actuando, para destruirnos a nosotros y a nuestro mundo. Hay muchas posibilidades de decir la verdad. La parábola y el cuento es una de las mejores, porque en ellas uno puede limitarse a lo absolutamente esencial. 

Yo quisiera saber cómo se le han ocurrido a usted todas esas ideas de que Momo sabe escuchar tan bien y lo del anfiteatro y lo de los señores grises y la tortuga y las flores de las horas.
Las ideas le vienen a uno al escribir, durante el trabajo. A veces, una idea se presenta por sí sola, pero a veces hay que buscar y esperar mucho tiempo, yo no puedo responder a tu pregunta con detalle, claro, eso llevaría demasiado lejos. Pero una cosa quiero decirte: eso de tener ideas se puede conseguir con la práctica. Es, de verdad, una cuestión de entrenamiento. Quien no sabe tocar el piano se asombra de lo que es capaz un pianista. Pero el pianista tampoco lo ha sabido desde el principio, así, sin más. Se ha ejercitado muchos, muchos años. Con un escritor pasa lo mismo, sólo que él no hace música sino que tiene ideas-relatos.

¿Qué hay que tener en cuenta cuando uno quiere escribir un relato?
Sobre todo hay que imaginarse con gran exactitud todo lo que se quiere contar y describir, representándolo tan exactamente que uno lo vea realmente en la imaginación hasta en sus menores detalles. Esto no quiere decir que haya que describir todo hasta en los menores detalles. Cuando se hace la descripción basta con limitarse a lo esencia, a lo característico. O sea, hay que imaginarse mucho más de lo que hay después en el texto escrito. Y sin embargo, de una manera extraña y hasta misteriosa, esa representación exacta se transmite después al lector. Yo escribí una vez una historia que tiene lugar en una zapatería. Un amigo que la había leído pudo describirme después con toda exactitud esa zapatería; sabía dónde estaba la puerta, dónde estaba la fila de sillas con las banquetas delante para los pies, dónde el escaparate y la caja. Todo eso coincidía exactamente con la imagen que yo había tenido ante mi al escribir: aunque en la historia propiamente dicha no se había descrito detalladamente nada de eso.

¿Por qué escribe usted solamente relatos fantásticos? ¿O mezcla usted verdad y fantasía? Por ejemplo Momo es una historia que no puede suceder en la realidad.
Para responder a esta pregunta tendría que explicar tanto que haría falta un libro bien voluminoso. Aquí sólo puedo dar una idea general de ciertos motivos esperando que, si ustedes reflexionan sobre ellos, encontraran bastantes cosas, la primera es preguntarles lo siguiente: ¿qué significa, pensándolo bien, la palabra “realidad”? significa “lo que realiza algo, lo que es efectivo”. Entonces hay indudablemente muchísimas cosas que no se pueden ver ni tocar y que son realidad, por ejemplo, sentimientos, deseos, pensamientos. Si se quieren describir tales realidades que están en nosotros mismos, entonces sólo es posible hacerlo mediante imágenes que son distintas de las del mundo exterior. Son más bien como nuestros sueños. Todos soñamos a veces cosas raras. En el sueño todos, en el fondo, somos autores de cuentos. Por ejemplo, en un cuento yo puedo decir simplemente: “Yo estaba triste y deprimido”. Pero también puedo describir cómo llego a una zona pantanosa, inquietante, envuelta en nieblas, y siento como a cada paso que doy en ellas  me vuelvo cada vez más pesado. Creo que de esta manera se describe la vivencia de la desesperanza mejor y más claramente que si digo simplemente: “Yo estaba triste y deprimido”. En resumen, yo intento escribir a la manera de nuestros sueños. Y los sueños si existen, o sea, los sueños también son reales. No existe solamente una realidad, sino muchas realidades muy diferentes. O quizás sea mejor decir que sólo hay una realidad, pero que es como una casa con muchos pisos, y según en cual de ellos esté uno, se tiene una perspectiva diferente del mundo. Los pisos son nuestras representaciones, pensamientos y sentimientos. En otros tiempos o en otros pueblos se tenían otras representaciones, y por eso allí la realidad significaba una cosa distinta. Yo describo el mundo desde pisos diferentes. Algunas personas que nunca han salido de su piso dicen: “Todo eso no existe, si no, yo tendría que conocerlo”. Pensar así no es otra cosa que un hábito, pero un mal hábito.

¿Se pone a escribir usted así sin más, o concibe antes un plan del libro que va a escribir?
Eso es según. En los libros de Jim-Knopf me puse a escribir, efectivamente, sin plan ninguno. Empecé con la primera frase sin saber cómo iba a ser la segunda. La historia surgió según iba siendo escrita. Yo mismo estaba a veces verdaderamente interesado en cómo iba a ser la continuación. A veces pasaba semanas sin saber cómo iba a seguir y tenía que esperar hasta que me venía la idea adecuada. Por supuesto que después reelaboré todo varias veces, abreviándolo o ampliándolo o rescribiéndolo. Muy distinta fue la cosa con Momo o con La historia interminable, así hice muchos planes de la obra, los deseché, volví a hacer otras, etcétera. Y por supuesto que, al irlo escribiendo, cambiaba también mucho. El objeto más importante del despacho de un escritor es la papelera. La mayor parte de lo que se escribe se tira. Cuando vean un libro terminado, tienen que imaginar que el escritor ha escrito aproximadamente diez veces más. Lo que hay en el libro es sólo la selección que se hizo para la imprenta. 


Michael Ende o la ética de la fantasía

Texto: Omar Alcántara Islas en La Jornada
Imagen: Baúl del Castillo

 

Se cumplieron treinta años de la muerte de Michael Ende (Alemania, 1929-1995), escritor de literatura infantil que también supo seducir a los adultos con historias donde se mezclan elementos fantásticos con relevantes tomas de decisiones que afectarán profundamente el universo de sus personajes. Algunos de los que crecimos en los años ochenta tuvimos, sin saberlo, nuestro primer contacto con la obra de este autor mediante la adaptación cinematográfica, en 1984, de su novela La historia interminable (o La historia sin fin) de 1979, en la cual un enorme animal, semejante a un perro blanco (en el libro un dragón), emprendía su aventurero vuelo con su protagonista (Bastián) montado sobre su lomo.

A pesar de la buena recepción de la película en taquilla, esta solo adaptaba la primera parte del libro, por esta y muchas otras razones no tuvo la aprobación del escritor, quien se deslindó pronto del proyecto y llegó a llamarlo «un enorme melodrama comercial de plástico y peluche» (michaelende.de). A veces se establecen relaciones complicadas entre cine y literatura, aunque la mayor parte de estas son fructíferas, así sea para tener un primer contacto con un creador. Por otra parte, la historia de Bastián es la de un niño que lee y en su lectura descubre el poder de la imaginación.

En un relato, en particular, aparece una región llamada Fantasia, o la tierra de las historias, que está siendo amenazada por «la Nada», misma que representa la ausencia de creatividad y esperanza, entre otras cosas. Lo interesante es el modelo metatextual del relato que permite a Bastián, en un momento dado, ser el personaje más poderoso del libro que está leyendo, nada menos que La historia interminable, y sugiere que el lector de carne y hueso también tiene la libertad de establecer vínculos poderosos con la Fantasia para escapar de la Nada. Dicho así, en esta «puesta en abismo» hay una estrecha vinculación entre el poder de crear narraciones y nuestra capacidad de supervivencia, con lo cual, la novela propone modelos éticos o de comportamiento en nuestra realidad.

Nada más lejos de este artículo el planteamiento de que la ficción debe contener enseñanzas, según el antiguo precepto del poeta Horacio (Roma, -65 a -8 a. C.), para quien la literatura, además de entretener tenía que educar; muy por el contrario, quienes disfrutamos de las historias –cuentos, novelas, películas, videojuegos–, muchas veces buscamos que esos mundos alternativos, o paralelos al nuestro, nos lleven lo más lejos posible de este para olvidarnos, por un rato, de problemas o decisiones cotidianos; entonces, si hay alguna enseñanza en el camino, bienvenida sea, pero eso no sería lo principal, sino ser íntimos partícipes de esos mundos y experimentarlos como propios solo por el placer de extender los límites de la propia vida.

No obstante, en la obra de Ende confluyen en sintonía ambas experiencias horacianas (docere et delectare), así lo demuestra, de igual modo, su otra gran novela, Momo (1973), también conocida como «La extraña historia de los ladrones del tiempo y la niña que devolvió a las personas el tiempo que les habían robado», donde la pequeña que le da nombre al libro se enfrenta a los Hombres Grises –tal como se les designa en el texto–, quienes han convencido a la gente de venderles ese tiempo que pasan jugando, observando el mundo, platicando con los vecinos o haciendo las cosas con calma, para comenzar a dedicar su vida sólo a la eficiencia y la productividad.

Sin duda, una historia actual y conocida, pues entregamos minutos, horas, días, semanas, años… a los hombres grises, creyendo que ese tiempo dado a estos opacos personajes acabará por darnos éxito, dinero o libertad, en un hipotético futuro que es posible que nunca llegue, mientras tanto, vamos perdiendo fuerzas y alegrías en una vida de hámsters que solo hacen girar la rueda. Seamos sensatos, no dejemos de imaginar y démonos tambien tiempo para leer, parece recordarnos Ende a la distancia.

 

martes, 18 de noviembre de 2025

La prisión de la libertad

LA PRISIÓN DE LA LIBERTAD
 
Das Gefängnis der Freiheit
ISBN: 9788420427935
1993 K. Thienemanns Verlag
1993 Alfaguara

Muestra otra vez el lado cruel y sardónico que puede tener Ende en algunas ocasiones. Son relatos cortos, en los que el autor juega con las dimensiones de las cosas y la percepción de la realidad... de tal forma que al final se tiene la sensación de estar insertado en un cuento surrealista dentro de otro cuento... y así hasta el infinito. Este libro lleva al lector a un mundo de colores abigarrados, de enigmas, milagros y misterios. Ocho narraciones, excelentes, tristes, crueles, agradables...cada una de ellas con su propia perspectiva, una serie de relatos que no nos dejan indiferentes. Se basa siempre en el ser humano, en sus miserias, sus virtudes y su forma de ver el mundo. Se trata de un libro que trae la fantasía a nuestro propio mundo.
 
 
ÍNDICE 
1.    La meta de un largo viaje
2.    El pasillo de Borromeo Colmi
3.    La casa de las afueras
4.    Sin duda algo pequeño
5.    Las catacumbas de Misraim
6.    Notas de Max Muto, viajero por el mundo del sueño
7.    La prisión de la libertad
8.    La leyenda de Indicavía
 
 
 
 
ARTÍCULOS

Momo

MOMO 

O LA EXTRAÑA HISTORIA DE LOS LADRONES DEL TIEMPO Y DE LA NIÑA QUE DEVOLVIÓ EL TIEMPO A LOS HOMBRES.

Momo, oder Die seltsame Geschichte von den Zeit-Dieben und von dem Kind, das den Menschen die gestohlene Zeit zurückbrachte

ISBN: 968-19-0255-6
1973 K. Thienemanns Verlag
2001 Editorial Alfaguara
Ilust. Michael Ende
 
 
Momo es una niña huérfana que tiene el don de saber escuchar y comprender los problemas de los demás, sus amigos Beppo, el barrendero, y Gigi, un cuenta cuentos, cuidan de ella que vive en un antiguo teatro griego. Un día aparece en la ciudad un extraño hombre gris que comienza a comprar el tiempo de la gente, y Momo se va quedando sola. Este hombre pertenece a una asociación de hombres grises que están haciendo su propio negocio con la gente: les quitan el tiempo libre a cambio de rentabilizar sus horas. 
 
La gente tiene cada vez menos tiempo libre. Este no es sólo un libro para niños, es una invitación para reflexionar sobre el ritmo ajetreado de la vida moderna y el verdadero valor de la vida; al mismo tiempo es una crítica al capitalismo y al desarrollo sin medida que amenazan las relaciones solidarias entre las personas. Con una mezcla de realismo y fantasía.
 
 
PRIMERA PARTE
Momo y sus amigos

1.    Una ciudad grande y una niña pequeña
2.    Una cualidad poco común y una pelea muy común
3.    Una tempestad de juego y una tormenta de verdad
4.    Un viejo callado y un joven parlanchín
5.    Cuentos para muchos y cuentos para una

SEGUNDA PARTE
Los hombres grises

6.    La cuenta está equivocada pero cuadra
7.    Momo busca a sus amigos y se encuentra con un enemigo
8.    Un montón de sueños y unos pocos reparos
9.    Una buena asamblea que no tiene lugar y una mala asamblea que si tiene lugar
10.    Una persecución alocada y una huida tranquila
11.    Cuando los malos tratan de hacer de lo malo lo mejor
12.    Momo llega al lugar de donde viene el tiempo

TERCERA PARTE
Las flores horarias

13.    Allí un día y aquí un año
14.    Demasiada comida y muy pocas respuestas
15.    Encontrado y perdido
16.    Miseria en la abundancia
17.    Mucho miedo y más valor
18.    Cuando se prevé sin mirar atrás
19.    Los encerrados han de decidirse
20.    La persecución de los perseguidores
21.    Un fin con el que comienza algo nuevo

Breve epílogo del autor.
 
 
 

La historia interminable


1979 Die unendliche Geschichte (La historia interminable)
ISBN: 968-19-0254-8
1979 K. Thienemanns Verlag
1984 Editorial Alfaguara
Ilust. Roswitha Quadflieg
 
Narra la historia de Bastián Baltasar Bux, un niño de once años que debe salvar a un reino, el de Fantasia. La única manera de lograrlo, es darle un nuevo nombre a la Emperatriz, o lo que es lo mismo, no permitir que los hombres la olviden. El mundo de los humanos y Fantasia, se enlazan de una manera indivisible, de tal manera que el futuro de uno determinará el destino de otro. Si Fantasía desaparece, con ella se irán todos nuestros sueños e ilusiones. reinará la mentira y ambos mundos serán destruidos.
 


  1. Prólogo   
  2. Fantasia en peligro    
  3. E1 llamamiento de Atreyu    
  4. La vetusta Morla    
  5. Ygrámul el Múltiple    
  6. Los dos Colonos    
  7. Las Tres Puertas Mágicas    
  8. La Voz del Silencio    
  9. En El País de la Gentuza    La Ciudad de los Espectros    
  10. El vuelo a la Torre de Marfil    
  11. La Emperatriz Infantil    
  12. El Viejo de La Montaña Errante    
  13. Perelín, La Selva Nocturna    
  14. Goab, El Desierto de Colores    
  15. Graógraman, La Muerte Multicolor    
  16. Amarganz, La Ciudad De Plata    
  17. Un Dragón para Hynreck el Héroe    
  18. Los Ayayai    
  19. Compañeros de viaje    
  20. La Mano Vidente    
  21. El Monasterio de Las Estrellas    
  22. La Batalla de La Torre de Marfil    
  23. La Ciudad de Los Antiguos Emperadores    
  24. Doña Aiuola    
  25. La Mina de Las Imágenes    
  26. Las Aguas de La Vida   



El libro de los monicacos

EL LIBRO DE LOS MONICACOS
 
Das Schnurpsenbuch 
ISBN: 9788427900936
1969 K. Thienemanns Verlag
2009 Noguer y Caralt
Ilust. Rolf Rettich
 
Este es un libro que le plantea a los niños, adivinanzas, juegos, acertijos, humor, creatividad, imaginación... de manera que está leyendo poesía sin darse cuenta por que es muy entretenido, despierta curiosidad y también alegría. También puede escribir una poesía en la que ya han puesto la palabra final de las rimas.... 
 
Por otro lado es una idea completa en la que se han cuidado todos los detalles: no es el texto en sí a pesar de todo su atractivo, o las ilustraciones en sí a pesar de todas sus sorpresas, no es la traducción en sí que está hecha con mucho cuidado Es el conjunto: desde la dedicatoria hasta esas guardas de la encuadernación llena de monicacos escondidos entre las hojas, lo que hace del libro de los monicacos un libro único en su especie
 
 
ÍNDICE
  1.  Prólogo
  2. Qué es un monicaco
  3. Galería alfabética de monicacos famosos (1ª serie)
  4. El primer acertijo
  5. Un monicaco saluda a alguien a quien tiene cariño
  6. Nadie
  7. La tortuga
  8. La historia del deseo de todos los deseos
  9. El pintalluvias
  10. Un monicaco se esconde
  11. Fórmula mágica para encontrar una cosa perdida
  12. En busca de esposa
  13. La semana divertida
  14. El desfile de modas
  15. Éxito
  16. Un monicaco se niega a dar los buenos días
  17. Tres nuevos modos de echar suertes
  18. Hay cosas que no las hay
  19. Qué hace el monicaco en el libro de los monicacos
  20. La escuela increíble
  21. El conjuro no investigado
  22. Galería alfabética de monicacos famosos (2ª serie)
  23. Puntos de vista
  24. Para decirlo con cariño, siempre que llora mucho un niño
  25. La competición
  26. Las quejas de un monicaco
  27. Regalos de navidad
  28. El oráculo
  29. El poste indicador
  30. El domador
  31. Un monicaco hace el pino
  32. El gran faquir Ramasarán
  33. El segundo acertijo
  34. El monicaco está ofendido
  35. Conjuro contra la terquedad
  36. Discreción
  37. Galería alfabética de monicacos famosos (3ª serie)
  38. El bosque mas chico
  39. un monicaco cuenta algo
  40. Para susurrar mientras concilias el sueño
  41. La ballena mareada
  42. Una mala noche
  43. Conjuro contra los malos sueños
  44. El tercer acertijo
  45. La anguila eléctrica
  46. Una bobada
  47. Un monicaco amenaza a otro
  48. Contagio
  49. Funestas consecuencias de la distracción
  50. Problema de narices
  51. Concierto de monicacos
  52. Los extrapines
  53. Lo que el monicaco quiere ser
  54. Una poesía para que la escribas de propia pluma
  55. El munflo
  56. Charada alegre
  57. Cantarines
  58. Los Trolas
  59. Galería alfabética de monicacos famosos (ultima serie)
  60. La receta
  61. Las edades del monicaco
  62. Gava Gava Pirulí
  63. Un monicaco cavila
  64. Charada para gente con entendederas
  65. Formula mágica para volverse aplicado
  66. Galería alfabética de monicacos famosos (ultimísima serie)
  67. Un monicaco se despide de su lector
  68. La solución de los acertijos
 
 
ARTÍCULOS
 
López, Jaime. El libro de los monicacos 
 

domingo, 16 de noviembre de 2025

2. Un cuento de miedo completamente normal

Texto: Michael Ende en Carpeta de apuntes

Imagen: Zdzislaw Beksinski

 



En aquella época nos solíamos reunir en el Leopold, uno de esos bares de Schwabing comparables, en lo acogedor, a una sala de espera de tercera clase, pero que tenían la ventaja de cerrar a las doce de la noche. Le ponían a uno en la calle, sin más, y eso evitaba tener que decidirse uno mismo a irse a casa y a la cama, en lugar de seguir allí hasta las tantas de la madrugada y beber otra cerveza más, otro vino más –por qué diablos se hará eso–, lo cual constituía un problema, no solo por la correspondiente resaca del día siguiente sino por la falta de dinero de todos nosotros. Pero al Leopold se podía ir; toleraban que uno permaneciera allí horas ante una sola copa de vino. Hoy ya no sería posible eso. En cualquier caso, allí encontraba uno siempre algún amigo con el que poder discutir un poco (en aquel entonces éramos todos más o menos existencialistas, y quien se lo podía permitir llevaba un jersey negro de cuello alto), y si alguna vez llegaba a suceder que no hubiese ningún amigo, no había mas que esperar un poco. Más temprano o más tarde acababa llegando alguno.

La noche de la que quiero hablar se había reunido en torno a nuestra mesa de siempre toda una tertulia. Allí estaba, alto como un castillo el pintor Oskar P., que por los motivos que fuese, atendía por el nombre de Oki, con su diminuta mujer báltica, que ganaba dinero para él, parecía siempre como un poco indignada y se llamaba Ökchen. En realidad, su nombre era Inge, pero como en nuestro círculo había demasiadas Inges, sólo la llamábamos así. Estaba también Heinz H., bajito y así mismo pintor y autodidacta, el único de nosotros que había conseguido vivir en relativa armonía con dos mujeres, su esposa legal, alemana del norte, y su concubina austriaca. Allí estaban las dos, la esposa hacia punto, a la concubina le había dado otra vez por llorar un poquito (lo hacia con frecuencia y le gustaba) porque él, con su sonora voz que llegaba a las mesas vecinas, la criticaba por algo relacionado con su incultura. A su lado estaba sentado Eberhard S., un físico de apacible carácter que pese a su juventud estaba casi completamente calvo y trabajaba en Siemens. Aparte de éstos vi en la mesa a dos tertulianos no habituales: Inge S., una belleza de alrededor de los cuarenta, que trabajaba de animadora nocturna en alguno de los hoteles elegantes de Múnich, una mujer que tenía un sex appeal curiosamente indolente, de pantera. Más de la mitad de la juventud masculina de Schwabing había pasado por sus enseñanzas eróticas por lo que llevaba el sobrenombre de barco-escuela. Aquella noche había traído con ella a un chico joven, un estudiante de medicina –ella lo llamaba Butzi–, que ya al poco rato nos resultó a todos bastante cargante porque, con insoportable insistencia y sin darnos el menor respiro, hacía alarde de chicote tosco e ingenuo. Al parecer era de campo, de una familia de aldeanos, y se comportaba como si tuviese que enseñarnos lo que es el primitivismo bávaro.

Ökchen trataba de frenarle con algunas observaciones cáusticas, pero Butzi no las oía o no quería oírlas. Poco a poco enmudecieron todos, hasta que el ingenuo aldeano se encontró sin público y se le agotaron sus estúpidos chistes. El barco-escuela echó una mirada al reloj y dijo que pronto iba a ser hora de marcharse. Su trabajo empezaba a las doce y media en el hotel Regina-Palast. Parecía que la velada estaba definitivamente estropeada.

Hay un método comprobado para transformar, con seguridad casi infalible, un grupo excesivamente heterogéneo o aburrido en animado cenáculo. Es mejor no emplearlo demasiadas veces con las mismas personas, pero la primera vez funciona prácticamente siempre. Quien quiera puede convencerse él mismo de ello. Yo lo pongo aquí al servicio de la generalidad: sólo hay que plantear la cuestión de si hay de verdad o no espectros, fantasmas y cosas semejantes. Al cabo de pocos minutos, el grupo se ha convertido en una especie de tribunal de justicia, con un ministerio fiscal que defiende la posición del racionalismo ilustrado, con defensores, que por lo general aducen argumentos sacados de alguna publicación parapsicológica, y con testigos, que aportan experiencias propias, más o menos curiosas sobre el tema. Los indecisos adoptan por así decir la posición del jurado, los diferentes partidos se dirigen a ellos para convencerlos de la opinión respectiva.

Planteé, pues, la cuestión en medio de un silencio que ya comenzaba a pesar, y el intento dio resultado, como era de esperar. No había pasado mucho tiempo y ya la tertulia se hallaba en plena y acalorada discusión.

En el fondo yo había calculado que, ante ese tema, Butzi, el amante de la naturaleza, reaccionara con irónicas carcajadas y jactanciosos razonamientos, pero en lugar de eso noté que iba enmudeciendo cada vez más y que parecía como abatido. Terminó por no tomar parte en la conversación y permanecía sentado con los ojos clavados en la jarra de cerveza, que sostenía con ambas manos.

Yo le pedí que nos dijera lo que pensaba sobre aquel tema, pero él sacudió la cabeza. Los otros se dieron cuenta entonces de su extraño comportamiento e insistieron en que respondiera

– Yo he vivido eso –dijo en voz baja–. Y no vuelvo a reírme de una cosa así. Antes también reía, pero no vuelvo a hacerlo. Ya lo he vivido.

Ahora nos había picado realmente la curiosidad y no pensábamos ceder. Él buscaba escapatorias, pero nosotros no cejábamos. Cuando por fin vio que en vano trataba de defenderse comenzó a contar, primero tragando saliva, luego cada vez con mas apresuramiento, como si quisiera acabar con aquello lo antes posible.

«Todo pasó hace cosa de un año. Sí, hace casi un año exacto, en vacaciones. Yo estaba de excursión con un compañero de curso, estudiante de medicina también, un tío de una familia elegantísima, era barón. Lazarus von Altenberg, de Suabia. Entre los nobles hay hoy en día mucho pobretón y unos cuantos cargados de millones; ambos grupos no se tratan entre si. Él era de los pobretones. Quizá esa fuese la razón de por qué no tenía respeto de nada ni de nadie. No he conocido en toda mi vida un tío más desvergonzado. Éramos amigos. Sí, creo que se puede afirmar eso, en efecto. Éramos íntimos amigos.

«Así que habíamos quedado en hacer, durante las vacaciones del año pasado, una marcha a pie de quince días por el Jura Suabo. Pero no me preguntéis ahora por detalles geográficos de ningún género. Jamás me he interesado por tales cosas, ni siquiera en el bachillerato, así que no recuerdo ningún nombre de lugar, no se me ha quedado nada. Lazi –así le llamaba yo– había preparado previamente la ruta a seguir. Quería visitar algunas comarcas y varios castillos en ruinas que habían pertenecido a sus antepasados hace no sé cuántas generaciones. A mí, en el fondo, eso me interesaba poco, yo caminaba con él y dejaba que él decidiera lo que fuese. En mi tierra hay montañas más altas y el Jura Suabo no es que me impresione mucho.

«Los primeros días tuvimos una gran suerte con el tiempo, hacia sol y un calor moderado, hasta era posible bañarse. Hice sin embargo un descubrimiento que me produjo cierta sorpresa. Habíamos plantado las tiendas a orillas de un pequeño lago, junto a un bosque, yo me tire inmediatamente al agua. Pero mi amigo se negó tozudamente a hacer lo mismo. Volví a la orilla para cogerlo y tuvimos un pequeño forcejeo. Yo era más fuerte y le eche al agua sin más miramientos, desde una pasarela que servia de desembarcadero. Fue solo después cuando noté que no debí haberlo hecho. Aunque el agua solo le llegaba al abdomen, le dio un auténtico ataque de histeria y tuve que sacarle por la fuerza. No era solo que no supiese nadar: el agua le daba una especie de pánico absurdo, lo mismo que otras personas tienen claustrofobia o vértigo. La razón de ello no lo sabía él mismo, o no quiso decírmela. Bueno, lo cierto es que desde entonces me bañaba yo solo, cuando surgía la oportunidad y le dejaba a él en paz.

«Cosa de una semana después el tiempo empeoró. Empezó a llover y aquello no paraba. Nosotros nos limitábamos a caminar, lo más directamente posible, de un albergue a otro y casi siempre llegábamos chorreando y muertos de frío. La cosa ya no era muy divertida, pero mi amigo insistía en que continuásemos, diciendo que quizás mejorase pronto el tiempo. Lo que no era el caso, en absoluto, más bien empeoraba.

«Una vez llegamos a una pasarela del bosque, que hacía de puente sobre un arroyo que había crecido hasta convertirse en un caudaloso torrente y el agua había arrancado la pasarela. Yo propuse que tratásemos de cruzar a la otra orilla atravesando el agua por una parte mas estrecha, pero mi amigo no estaba dispuesto a ello. Sacó su mapa topográfico, que ya estaba bastante empapado, y dijo que mas abajo, a pocos kilómetros, había un puente más grande. Así que nos pusimos en camino.

«Para ser breves: no encontramos el puente. Probablemente, Lazi había confundido el arroyo del mapa con otro. Estaba oscureciendo y nosotros seguíamos dando vueltas por el bosque. Finalmente, tuvimos que reconocer que nos habíamos extraviado sin remedio. No sabíamos dónde estábamos.

«Si el tiempo hubiese sido propicio, habríamos encendido tranquilamente una hoguera y pasado la noche al sereno, pero seguía diluviando. Tampoco había cueva alguna o cualquier otro refugio; la cosa empezó a ponerse bastante poco apetecible. Seguíamos dando traspiés en la oscuridad esperando encontrar un pueblo o al menos una carretera, pues, al fin y al cabo, el Jura Suabo no es la selva virgen brasileña.

«Hacia las diez de la noche dimos, en efecto, con un pueblecillo que parecía como muerto. No veíamos luz en ninguna casa y una fonda donde pudiésemos coger una habitación no parecía que hubiese. Mi amigo maldijo en voz alta de todas las virtudes suabas, sobre todo del sentido del ahorro, que lleva a los naturales del país a dormirse con las gallinas.

«Finalmente, descubrimos un débil resplandor que pasaba a través de las rendijas de unas contraventanas cerradas. Pertenecían a una casa grande y vetusta, situada directamente al lado de una iglesia, en el centro del lugar. Se trataba, por todas las muestras, de la casa parroquial. Llamamos al timbre, y como no sirvió de nada, aporreamos la puerta. Ésta tardó bastante en abrirse.

«Ante nosotros había un hombre bajo y regordete, con una bata llena de zurcidos. Era calvo por delante, el resto de sus cabellos blancos le llegaba hasta los hombros. La cara parecía como fofa, pero nos miraba con amabilidad, y mientras le explicamos nuestra situación y le pedíamos hospedaje, mantenía la cabeza ladeada y la mano pegada al oído. Estaba bastante claro que era sordo. Cuando por fin nos entendió, nos ofreció su casa.

«Arrastrando los pies, marchó delante de nosotros, a través de un pasillo oscuro e inmensamente largo, de suelo enlosado, hasta llegar a su despacho, en el que apestaba a tabaco malo de pipa. Sobre la mesa, había encendida una sola lámpara, de pantalla verde. Se sentó detrás de la mesa y nos invito a acomodarnos en el sofá.

«Nuestra suposición resultó ser cierta, era, en efecto, el párroco del pueblo y se llamaba Magerle [“delgadín”], lo que causó a mi amigo una risa ahogada que el otro, sin embargo, no percibió. Nosotros también nos presentamos, y él nos hizo algunas preguntas, de dónde éramos, dónde estudiábamos y cosas así. Le dimos de buen grado la información, y por fin pareció conforme. Se disculpó por no poder ofrecernos nada, ya que la mujer que le llevaba la casa se había marchado a las siete, como siempre, y nosotros nos apresuramos a asegurarle que estábamos bien provistos de comida y que no queríamos molestarlo más, lo único que queríamos pedirle era que tuviese la bondad de permitirnos dormir allí. Añadimos que estábamos de acuerdo con lo que fuese y que no teníamos ningún tipo de exigencias

«Guardó silencio y se nos quedó mirando largo tiempo meditativamente. Yo pensé que quizá no hubiese entendido nuestra petición y la repetí en voz alta. Asintió sonriente, encendió la pipa y empezó a fumar con aire pensativo. Carraspeó luego y dijo:

- En el primer piso, justo encima de donde estamos, tengo un cuarto de huéspedes con dos camas y un lavabo. Si ustedes quieren, señores, lo pongo a su disposición con mucho gusto. Pero antes tengo que advertirles que en esta casa hay fantasmas.

«Nosotros nos miramos, mi amigo soltó una risita irónica y preguntó:

- ¿Qué dice que ocurre?

- Que hay fantasmas –respondió el señor Magerle amablemente-. Ustedes saben lo que eso quiere decir, ¿no? Hay un fantasma que se pasea por esta casa. Por lo demás, es inofensivo y no hace nada malo a nadie. Sólo que se pone a trajinar, nadie sabe en qué y por qué, sobretodo allá arriba. Por eso yo vivo y duermo aquí abajo. Lo mismo hacía mi predecesor y el predecesor de éste. Viene cada noche, entre las doce y la una.

- Por supuesto –solté yo sin darme cuenta-. ¿Cuándo si no?

«El párroco me miró sonriente.

- No estoy bromeando, querido joven. Se lo estoy diciendo para que estén preparados, pues no va con los gustos de todo el mundo el hacer experiencias de éste género. Es, de verdad, algo muy diferente de cuando se lee tales cosas. Ahora, la habitación lleva ya tiempo vacía, pero antes ha habido ocasiones en que mis huéspedes han sufrido crisis nerviosas o ataques cardíacos, pero sólo por el miedo, pues como ya he dicho el fantasma no hace nada malo a nadie, si ya esto no les molesta, entonces, señores, pueden utilizar ustedes las camas.

- No, seguro –dijimos ambos casi al unísono-. Una cosa así no nos molesta en lo absoluto.

«De nuevo nos observó el párroco un rato, chupando su pipa. Al cabo, hizo un gesto con la cabeza.

- Ustedes son estudiantes de medicina, científicos, y quizás encuentren ridícula la pregunta de un viejo cura de pueblo, pero pese a ello quiero hacérsela. ¿Saben ustedes rezar?

- ¿Qué quiere decir exactamente? –pregunté yo.

- Bueno, el Padrenuestro, por ejemplo.

- Para ser sincero –respondió mi amigo riendo-, no sé si me sale entero. La clase de religión hace ya mucho que pasó a la historia, por desgracia.

- Inténtelo –respondió el señor Magerle con voz seria-. A veces sirve.


«Luego nos invitó a seguirle. Salimos al pasillo. De allí, una amplia escalera de madera de roble, ennegrecida por los años, llevaba al primer piso, el pasillo de arriba era algo más estrecho, y la tarima del suelo crujía cuando pasábamos a lo largo de una serie de puertas. Nuestro anfitrión abrió la última y encendió la luz.

- Ésta es su habitación, señores.

«Entramos en una pieza bastante grande, pero de techo bajo con vigas. Olía a moho y a polvo, en la pared de enfrente de la puerta había una ventana, los pesados cortinones estaban corridos. En la pared izquierda, separadas sólo por una mesilla de noche, había dos potentes camas de madera, los enormes edredones de plumas y los almohadones carecían de fundas, al lado, en la pared había un lavabo con solo un grifo, enfrente, en la pared de la derecha, se veía una gran chimenea inglesa, con leña apilada en su interior. En los lugares libres se elevaban estanterías llenas de libros viejos y polvorientos, y en el ángulo entre la ventana y la chimenea había una especie de pupitre alto, con una gran Biblia, encuadernada en piel.

- Siento mucho -dijo el señor Magerle- que no estén hechas las camas, pero como he dicho el ama se ha ido ya y yo no sé dónde guarda ella las sábanas. Claro, no contábamos con esto.

- Oh, no se preocupe usted –le interrumpí yo–. Nos las arreglaremos muy bien así. Le estamos realmente muy agradecidos.


«Yo me caía de sueño y ya solo quería dormir. El párroco se dirigió hacia la puerta y metió la llave en la vetusta cerradura de hierro.

- La dejo metida por dentro –explicó-, por si prefieren echar la llave. Por más que…

- No, muchas gracias –dijo mi amigo en voz alta-. No será necesario.

- Como quieran. Les deseo buenas noches –murmuró el viejo abriendo la puerta. Pero luego se dio otra vez media vuelta y añadió–: Hace un poco de frío aquí, y si quieren, pueden encender la chimenea. Hay leña en abundancia.

- Muy amable, señor cura –exclamé yo–, y muy buenas noches también.

«La puerta se cerró, nosotros nos miramos y empezamos a reírnos como dos payasos. Nos había costado mucho contener hasta ese momento las carcajadas.

- ¡No es posible, no es posible! –exclamó mi amigo arrojándose sobre una de las camas–, no, de verdad que esto no es posible. ¡Ay, cuánto me gustan estos suabos y su poética imaginación! ¿Tú crees que se puede dar con un personaje semejante en cualquier otro rincón del mundo?

- ¿Quieres que te diga una cosa? –dije yo, sentándome a su lado–. Tengo la impresión de que ese tío loco se lo cree él mismo.

- ¡Qué va! –respondió Lazi–. Qué poco conoces tú a este género de listillos. Se esta mondando de risa pensando que nos ha metido el miedo en el cuerpo.

- No, en serio –insistí yo–, él no ha mentido. Está chaveta, eso es todo.


«Mi amigo se incorporó.

- ¿Tú piensas que le falta un tornillo?

- Si, exactamente.

«Lazi se sentó delante de la chimenea y encendió las astillas ya preparadas. Las llamitas prendieron en los leños de haya y el fuego empezó a crepitar.

- No sé, pero me parece curioso todo esto –dijo mi amigo–. En contra de lo que dice, es casi como si hubiera estado esperando visita.

«Yo ya estaba bostezando:

- No necesariamente, las camas no están hechas y ni siquiera hay un poco de pan con mantequilla o un vaso de cerveza…

«Nos despojamos de nuestra ropa húmeda y la colgamos sobre dos sillas que pusimos cerca del fuego. La habitación estaba caldeándose agradablemente. Sacamos de las mochilas nuestros chándals, también unos calcetines de lana secos y nos los pusimos, echamos luego mano de nuestras provisiones y de los termos y comimos y bebimos. En alguna parte de la casa, un reloj dio once campanadas. Lazi se echo a reír de pronto:

- ¿Quieres que te diga una cosa? –dijo mientras seguía comiendo–, independientemente de si ese viejo estrafalario está loco o sólo se hace pasar por tal, yo estoy casi seguro de que va a montar algún espectáculo, con sábanas y con ¡uhhhhhh! Y ¡buhhhhhhh! Tendríamos que darle un pequeño escarmiento para que de ahora en adelante se lo piense, si le compensan los cuentos de miedo. ¿Tú que opinas?

- Cómo tú quieras –respondí ya medio dormido. Disponíamos cada uno de nosotros de una gran linterna de bolsillo, que colocamos en la mesilla, Lazi apagó la luz eléctrica y nos metimos bajo los edredones de plumas. La habitación quedó iluminada únicamente por el parpadeo de las llamas, y fuera seguía oyéndose el golpeteo de la lluvia. Debí quedarme dormido pues de pronto noté que Lazi me sacudía y susurraba a mi oído:

- ¡Eh, despierta! ¡Creo que empieza la función!

«Me costó trabajo recuperar la conciencia y en el primer momento no sabia donde estaba.

- ¿Qué pasa? –murmure–. Déjame en paz, por favor.

- ¡Pero escucha! –dijo mi amigo con un cuchicheo. El ruido parecía venir de abajo, del pasillo enlosado. A decir verdad, no sé cómo describirlo. Parecían como explosiones, pequeñas y vibrantes, que se repetían a intervalos irregulares, o como si alguien diera golpes en el suelo con una barra de hierro, o también, no sé, como pasos lentos, pesados, oscilantes hasta cierto punto, de unos zapatos de metal.

- Ahí viene –susurró mi amigo–. Cuando esté subiendo la escalera, le damos un empujón. ¡Venga!

«Yo le contuve:

- No, oye, nada de empujarle hacia abajo. Eso podría acabar mal.

- Bueno, entonces solo le damos un buen susto. Venga, date prisa.

«Agarramos nuestras linternas, abrimos sigilosamente la puerta y nos deslizamos al pasillo, negro como un túnel. Allí, tanteando la pared, avanzamos hasta la amplia escalera de roble y nos colocamos, el uno al lado del otro, en el descansillo superior.

- Cuando yo diga ¡uno, dos tres!, enciendes la linterna –me susurró Lazi al oído.

«Teníamos las linternas preparadas, los pesados pasos, o como se les quiera llamar, se acercaban lentamente a la escalera, entremedias se oía ahora también un sonido extraño, como si arrastrasen algo o como si tintinease algo, y una especie de jadeo, una respiración lenta y bronca, como de quien tiene un asma muy fuerte, y sin embargo era…, no sé como decirlo, no estaba claramente localizado, quiero decir, tenia una especie de resonancia, un eco de otra procedencia.

«Ahora, el ruido subía paso paso, con enervante lentitud, los peldaños de la escalera, que chirriaban como si cedieran bajo un peso inmenso, cuando el ruido había llegado aproximadamente a la mitad de la escalera, Lazi me susurro al oído.

- Ahora: ¡uno, dos, tres!

«A un tiempo encendimos ambos las linternas, el cegador cono de luz iluminó con claridad meridiana la escalera: pero allí no había nada, no había absolutamente nada, solo el ruido seguía avanzando hacia nosotros, peldaño tras peldaño.

«Completamente trastornados por el pánico instantáneo que se había apoderado de nosotros, regresamos precipitadamente a nuestro cuarto, cerramos de golpe la pesada puerta, y mi amigo dio varias vueltas a la enorme llave. Después, nos metimos de un salto en la cama, con una mano tiramos del edredón tapándonos hasta la barbilla, y con la otra dirigimos el cono de luz de la linterna contra la puerta.

«Los pasos, lo que fuese, se acercaron y de pronto se detuvieron. Se hizo un silencio total, hasta el fuego de la chimenea dejó de crepitar, solo seguía oyéndose fuera el rumor acompasado de la lluvia. No sé cuanto tiempo duró aquel silencio, pero creo que fueron por lo menos diez minutos. Yo tenía ya la esperanza de que todo hubiera pasado cuando oí que a mi amigo le castañeteaban los dientes. Pero no pude dirigir la vista hacia él, sino que miraba como hipnotizado hacia la puerta. Y entonces percibí también lo que él indudablemente ya había visto antes que yo: los pesados tableros tallados empezaron a combarse, la puerta entera se abombaba hacia dentro, como si fuese de goma, pero sin el menor ruido, una y otra vez, y la terrible presión ejercida desde fuera parecía aumentar cada vez mas. Noté como el sudor frío me goteaba por la nariz.

«Entonces se paró de pronto, como si la fuerza se hubiese agotado, por un instante no ocurrió nada más, pero al cabo empezaron a llover golpes contra la puerta, como si diez gigantes, locos de furia, apalearon la puerta con pesados martillos y con barras de hierro. Yo creí que el marco entero iba a salirse del muro, pero esta vez no se movía nada, la hoja de la puerta ni siquiera temblaba.

«De nuevo hubo un silencio bastante largo; al cabo, vi que la llave de hierro, que seguía encajada en la cerradura, se movía lentamente y a intervalos, me picaba la piel de la cabeza, pues los pelos se me estaban poniendo literalmente de punta. El cerrojo se descorrió, el picaporte se movió hacia abajo, y centímetro a centímetro se fue abriendo la puerta hasta que se halló de par en par.

«En el mismo instante la habitación se volvió fría como el hielo. No digo que yo sintiese frío, sino que el aire de la estancia se volvió tan helado que veía delante de mí la propia respiración, jadeante. Se apagaron luego las llamas de la chimenea y solo quedó un rescoldo de brasas. Los conos luminosos de las linternas temblaban: apenas podíamos sostenerlas.

«El extraño y áspero jadeo, con aquel eco ultraterreno, empezó otra vez, y los pasos, arrastrándose pesadamente, entraron en la habitación. Se acercaron a los pies de mi cama y se detuvieron allí. No sé cuánto duró aquello, a mí me parecieron horas. Luego, los pasos se dirigieron a la cama de Lazi y se pararon allí. Ahora pude echar por primera vez una mirada a su rostro, y a penas lo reconocí, tan desfigurado estaba. Los ojos se le salían de las órbitas y la boca estaba completamente abierta, como si se ahogase. Quise llamarlo, pero la voz no me salió del cuerpo.

«Finalmente los pasos se apartaron de él y se arrastraron hasta el pupitre que había en el rincón. Vi cómo se abría sola la gran Biblia, luego las hojas se movieron de acá para allá, como agitadas por un fuerte vendaval. Todo el tiempo se oía el áspero jadeo. Al cabo de un rato cesó aquel hojear fantasmagórico, y de la chimenea se levantó una brasa, que flotó en el aire y fue a posarse sobre una página del libro, donde resbaló en una y otra dirección y finalmente, con una pequeña explosión se deshizo en un chisporroteo.

«Los pesados pasos recorrieron el cuarto, se detuvieron otra vez ante la cama de Lazi, avanzaron renqueantes hacia la puerta, que se cerró de un portazo, y se perdieron poco a poco en un rincón de la casa, el fuego de la chimenea volvió a arder con claras llamaradas, como si nunca se hubiese apagado, y la estancia estaba agradablemente caldeada.

«Había terminado la pesadilla.

«Lo primero que hice fue ocuparme de Lazi, que estaba muy mal. Se había dejado caer en los almohadones, tenía la cara verdosa, los ojos extraviados, de forma que solo se veía lo blanco, y el pulso era prácticamente inexistente, le froté las manos, le di unos golpecitos en las mejillas y le llamé por su nombre, pero pasó un rato hasta que recobró a medias la conciencia. Por suerte guardaba yo todavía en la mochila una pequeña cantimplora con un poco de aguardiente de genciana, y le hice tragar un poco.

«Cuando por fin estuvo algo mejor y pudo levantarse, examinamos lo primero la puerta. Estaba cerrada con llave. Nos miramos en silencio, y Lazi sacudía continuamente la cabeza. No sé por qué, en el fondo, pero conversábamos en voy muy baja.

«Fuimos después hacia la Biblia, que seguía abierta, encima del pupitre. Una página tenía, en uno de los márgenes, un quemado, y un pasaje estaba subrayado con carbón. Decía así: Padre Abraham, envía a Lázaro para que meta la punta del dedo en agua y humedezca mi lengua, pues me abraso en este fuego.

«Tuve que sujetar a mi amigo, pues las piernas se le doblaron de golpe. Lo arrastré hasta su cama y le di otro sorbo de genciana; el último resto me lo tomé yo.

- Yo quiero irme de aquí –murmuraba todo el tiempo– hay que largarse de aquí. Vámonos, te lo pido por favor, vámonos ahora mismo…

«Fuera seguía oyéndose el rumor de la lluvia, la noche era oscura como boca de lobo, y de todos modos no hubiéramos sabido adonde ir, así que intenté calmar a mi amigo, en la medida de lo posible. Pasé una silla junto a su cama y le cogi la mano hasta que, agotado, cayo en una especia de letargo. Así pasamos el resto de la noche.

«Al día siguiente, el párroco nos recibió con un abundante desayuno. El ama ya había llegado y preparado todo. Una señora mayor, delgada, con una sombra de bigote y zapatos extraordinariamente grandes, que, sin saludar, nos pasó el café sobre la mesa y se marchó.

«El estrafalario viejo nos dirigió una mirada escrutiñadora, mientras que nosotros tomábamos el desayuno sin gran apetito. En su blando rostro se dibujaba la misma sonrisa que el día anterior.

- ¿Han dormido bien los jóvenes señores? –quiso saber.

«Lazi permanecía en silencio, por lo que fui yo quien respondió:

- No es que pueda decirse eso, precisamente.

«El párroco asintió:

- Me lo imaginaba

- ¿Es que no ha oído usted nada de ese… ruido infernal? –pregunte.

«Él sacudió la cabeza:

- No, en el resto de la casa nunca se oye nada. Ni siquiera en la habitación de al lado.

«Parecía estar esperando que contásemos algo, pero ninguno de los dos tenía ganas. Sólo cuando habíamos terminado, dije yo:

- Por cierto, el agujero negro que hay en la antigua Biblia…, bueno, no tenemos la culpa nosotros.

- ¿Culpa? –preguntó él– ¿Qué quiere decir usted?

- Bueno, solo quería decir que no somos nosotros los autores del quemado.

«Magerle clavó la mirada en Lazi y dijo en voz baja:

- Eso es otra cosa.

«Como mi amigo seguía sin decir nada, yo le di las gracias por la hospitalidad con que nos había acogido, y nos pusimos en camino.

«La mañana era bastante fría y soplaba el viento, pero había dejado de llover. Después de haber camino cosa de una hora llegamos a una estación de ferrocarril y nos montamos en el primer tren. Tácitamente estábamos de acuerdo en poner término a la excursión. Regresamos a Munich. Lazi no dijo una sola palabra durante todo el viaje.»


El narrador se bebió de un trago la jarra de cerveza y se recostó en la silla.

Entre sus oyentes empezó un runruneo de comentarios. La esposa legal reanudó la labor de punto que, al final, había dejado caer.

- La verdad, no sé que pensar –decía Oki a su mujer, que le asediaba con preguntas en voz baja.

Eberhard S., el físico, sonreía sardónicamente.

El barco-escuela observaba a Butzi sorprendida y con un cierto orgullo de propietaria, como si no hubiese notado hasta aquel momento qué extraño ejemplar había adquirido, y preguntó:

- ¿Se ha terminado tu historia?

- Sí –respondió él–. La mía se ha acabado, pero la verdadera historia empieza ahora. Sólo que no la puedo contar, porque no la sé. Se refiere a Lázaro.

- ¿Y eso? –preguntó Heinz H. – ¿Qué pasó con él?

- Yo apenas pude sacar nada de él –respondió Butzi, quien daba de pronto la impresión de estar cansado y no parecía tener ganas de seguir hablando–. Después de nuestra experiencia común, casi no lo he vuelto a ver. Me rehuía, no sé por qué. Lo único que he podido saber es que hace varias generaciones hubo en aquella comarca un antepasado suyo que ahogó a su propio hermano para ser el único heredero del patrimonio familiar. Pero la cosa no se aclaró nunca, porque no encontraron el cadáver. A la viuda del asesinado la obligó a casarse con él. De esa unión maldita nació un único hijo que fue el antepasado directo de mi amigo, de lo que no tengo idea es de la posible relación de todo ese asunto con la vieja casa parroquial.

- Pero eso sería justamente lo interesante –exclamó la concubina austriaca–. Tiene usted que preguntárselo, absolutamente.

Butzi hizo una mueca para dibujar una sonrisa desprovista de alegría:

- Ya lo haría si pudiese. Pero desgraciadamente no puedo. Mi amigo ha muerto.

Durante un momento reinó un consternado silencio

- ¿Cómo murió? –preguntó Ökchen.

Butzi vacilaba, al parecer no le apetecía dar una respuesta.

- ¿Una enfermedad? –le insistía Ökchen– ¿un accidente? ¿O fue un suicidio?

Butzi hacía girar la jarra vacía entre las manos y dijo quedamente:

- Se ahogó… en una palangana.

Los oyentes intercambiaron miradas y parecían a punto de soltar la carcajada, pero el rostro de Butzi tenía una expresión que contuvo a todos. Parecía que no había sido una broma, en absoluto, había incluso palidecido un poco y tenía en las mejillas unas manchas rojas.

- ¿Qué significa eso? –preguntó el pequeño Heinz H. alzando un poco la voz.

Butzi respiró profundamente y dijo sin mirar a ninguno de nosotros:

- Yo no estuve presente, así que no sé cómo paso. Fue hace dos meses. Él vivía en la Amalienstrasse, cerca de la universidad, su habitación tenía una ventana que daba al patio interior, no costaba mucho, pues él no tenía dinero. Un cuchitril, sin calefacción ni agua corriente, al parecer, había puesto la palangana de lavarse en el alfeizar y se había lavado allí, con la ventana abierta, la persiana era de las que se suben y bajan con una correa colocada en la pared. Era vieja y mohosa y por la razón que sea la correa tuvo que haberse roto, la persiana le cayó seguramente en el cuello como una guillotina, aplastando su cabeza contra la palangana. Cuando lo encontraron un día después, casi no podían levantarla.

Butzi alzo la vista, y nos miró a todos, uno después de otro.

- Bueno –dijo con una sonrisa forzada–, eso es todo. Más no sé.

Nuestra obesa camarera, Zonzi, vino a nuestra mesa y nos conminó bruscamente a vaciar los vasos y a pagar.

- ¡Esto se ha acabado, señores! Una quiere también irse por fin a casa y a la cama, y mañana por la mañana amanece otra vez. Siempre son ustedes los últimos.


El Leopold se había ido vaciando, en efecto. Pagamos y nos marchamos. A Butzi se lo llevó el barco-escuela en su coche. Eberhard S. y yo caminamos juntos un rato, pues teníamos el mismo trayecto. Permanecimos callados los dos hasta llegar a su portal.

- ¿Qué te ha parecido la historia? –pregunté.

- No sé –dijo él–. Un cuento de miedo completamente normal. Los pasos, la respiración jadeante, el frío súbito… todos clichés que ya se conocen de muchísimos otros relatos, no demasiado original, excepto el asunto de la palangana, quizás.

- Pero así son ésos fenómenos –objeté yo–. En todos los relatos son siempre los mismos. Eso habla en realidad en pro de su autenticidad.

- ¿Quieres decir con eso que te crees esa historia?

Yo asentí.

- ¿Y tú?

Él se echó a reír y me dio unas palmaditas en el hombro.

- No, hijo mío, ni tampoco creo en papá Noel, si es que no me lo tomas a mal, pero tengo que admitir que le ha puesto un suspense enorme. Ya es algo, antes no lo hubiese creído capaz de eso. ¡Que duermas bien! Adiós, hasta otro día.

- Adiós –dije yo-. Que duermas bien también.


Y me puse a pensar a dónde podría ir aún para estar con gente.

Michael Ende. Artículos en español sobre su vida y obra.

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