miércoles, 19 de noviembre de 2025

Michael Ende o la ética de la fantasía

Texto: Omar Alcántara Islas en La Jornada
Imagen: Baúl del Castillo

 

Se cumplieron treinta años de la muerte de Michael Ende (Alemania, 1929-1995), escritor de literatura infantil que también supo seducir a los adultos con historias donde se mezclan elementos fantásticos con relevantes tomas de decisiones que afectarán profundamente el universo de sus personajes. Algunos de los que crecimos en los años ochenta tuvimos, sin saberlo, nuestro primer contacto con la obra de este autor mediante la adaptación cinematográfica, en 1984, de su novela La historia interminable (o La historia sin fin) de 1979, en la cual un enorme animal, semejante a un perro blanco (en el libro un dragón), emprendía su aventurero vuelo con su protagonista (Bastián) montado sobre su lomo.

A pesar de la buena recepción de la película en taquilla, esta solo adaptaba la primera parte del libro, por esta y muchas otras razones no tuvo la aprobación del escritor, quien se deslindó pronto del proyecto y llegó a llamarlo «un enorme melodrama comercial de plástico y peluche» (michaelende.de). A veces se establecen relaciones complicadas entre cine y literatura, aunque la mayor parte de estas son fructíferas, así sea para tener un primer contacto con un creador. Por otra parte, la historia de Bastián es la de un niño que lee y en su lectura descubre el poder de la imaginación.

En un relato, en particular, aparece una región llamada Fantasia, o la tierra de las historias, que está siendo amenazada por «la Nada», misma que representa la ausencia de creatividad y esperanza, entre otras cosas. Lo interesante es el modelo metatextual del relato que permite a Bastián, en un momento dado, ser el personaje más poderoso del libro que está leyendo, nada menos que La historia interminable, y sugiere que el lector de carne y hueso también tiene la libertad de establecer vínculos poderosos con la Fantasia para escapar de la Nada. Dicho así, en esta «puesta en abismo» hay una estrecha vinculación entre el poder de crear narraciones y nuestra capacidad de supervivencia, con lo cual, la novela propone modelos éticos o de comportamiento en nuestra realidad.

Nada más lejos de este artículo el planteamiento de que la ficción debe contener enseñanzas, según el antiguo precepto del poeta Horacio (Roma, -65 a -8 a. C.), para quien la literatura, además de entretener tenía que educar; muy por el contrario, quienes disfrutamos de las historias –cuentos, novelas, películas, videojuegos–, muchas veces buscamos que esos mundos alternativos, o paralelos al nuestro, nos lleven lo más lejos posible de este para olvidarnos, por un rato, de problemas o decisiones cotidianos; entonces, si hay alguna enseñanza en el camino, bienvenida sea, pero eso no sería lo principal, sino ser íntimos partícipes de esos mundos y experimentarlos como propios solo por el placer de extender los límites de la propia vida.

No obstante, en la obra de Ende confluyen en sintonía ambas experiencias horacianas (docere et delectare), así lo demuestra, de igual modo, su otra gran novela, Momo (1973), también conocida como «La extraña historia de los ladrones del tiempo y la niña que devolvió a las personas el tiempo que les habían robado», donde la pequeña que le da nombre al libro se enfrenta a los Hombres Grises –tal como se les designa en el texto–, quienes han convencido a la gente de venderles ese tiempo que pasan jugando, observando el mundo, platicando con los vecinos o haciendo las cosas con calma, para comenzar a dedicar su vida sólo a la eficiencia y la productividad.

Sin duda, una historia actual y conocida, pues entregamos minutos, horas, días, semanas, años… a los hombres grises, creyendo que ese tiempo dado a estos opacos personajes acabará por darnos éxito, dinero o libertad, en un hipotético futuro que es posible que nunca llegue, mientras tanto, vamos perdiendo fuerzas y alegrías en una vida de hámsters que solo hacen girar la rueda. Seamos sensatos, no dejemos de imaginar y démonos tambien tiempo para leer, parece recordarnos Ende a la distancia.

 

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